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La familia Telerín

Eran otros tiempos… cuando la familia Telerín formaba parte de nuestras vidas. A las ocho y media, en invierno, y a las nueve, en verano, se emitía por televisión un breve espacio anunciando el final de la programación infantil e invitando a los niños a irse a la cama.

Aún recuerdo su canción, de estribillo pegadizo y sencillo:

… ¡vamos a la cama

que hay que descansar

para que mañana

podamos madrugar!

La familia Telerín nació en TVE. Sin embargo México fue uno de los países, al otro lado del charco, que adoptaron a estos niños.

El impacto popular llegó al extremo de hacerse una película con ellos: El mago de los sueños.

Y no me preguntes el porqué. No tengo ni idea. Pero el abuelo se refería a nosotros como la familia Telerín.

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Hoy toca recordar una anécdota de un bonito fin de semana en Puebla. Tenías trece meses y estábamos a finales de julio.

Quería darle a mamá una pequeña recompensa por la mala racha que habíamos pasado. Así que tiré la casa por la ventana y contraté la tarifa ejecutiva en el Hostal del Arcángel, hotel de categoría especial, lo que nos daba derecho a una piscina y un lobby exclusivo.

Llevaba un par de semanas en un trabajo nuevo. Aunque el contrato decía que el puesto implicaba coche de empresa, la empresa remoloneaba y aún andábamos motorizados con nuestro viejo coche, con más de quince años y cuyo modelo y marca incluso se me han olvidado.

Repito, y esto es importante: llegaríamos a un muy buen hotel, como clientes de los de cuello estirado, en un coche… no, no, miento… en un trozo de hojalata con cuatro ruedas y un volante –posiblemente la bolsa de tus pañales valía más que esa carcacha (1)-.

Otro detalle a considerar es que era una sorpresa para mamá. Le vendí la historia de que iríamos a algún sencillo hotelucho.

El viernes, después del trabajo, pasé por casa para recogeros a ti y a mamá. Como era de esperar salimos más de una hora tarde sobre lo previsto. Tampoco era tan grave, porque calculando, con paradas de pipí y de bocata incluidas, llegaríamos un poco antes de las once de la noche al hotel.

De México a Puebla todo es autopista. Sólo hay dos dificultades en la hora y media de recorrido: el tráfico congestionado para salir de la ciudad y un pequeño puerto de montaña poco antes de llegar al Estado de Puebla.

El puerto Río Frío de Juárez no deja de ser una chincheta –en el argot ciclista- para cualquier vehículo, con pocas curvas y pendientes suaves y largas. ¡Claro está que nuestro coche se atragantó con la chincheta! A un paso de la cima del puerto, el motor se paró. Nada me avisó: ni humo, ni ruido, ni vibraciones –me refiero a convulsiones distintas al traqueteo normal de tal vejestorio-. Con la propia inercia del coche logré estacionarlo en el arcén.

Ni qué decir que mis conocimientos de mecánica se asemejan a mi capacidad de jugar en la NBA.

Al tiempo que el último hálito de luz se reflejaba en el cielo, las sombras ya se habían adueñado de la autopista. Instintivamente puse las luces de emergencia. Segundos después las apagué junto al resto de luces, evitando que hiciéramos pública ostentación de presas fáciles para carroñeros de autopista –¡que haberlos haylos!-.

Eché mano del manual de naufragios en tierra adentro. Traducido, ni idea de qué hacer. Sólo recuerdo que, como el capitán del Titanic, procuré demostrar seguridad y entereza. Eso sí, yo no tenía orquesta que me acompañara. Y también he de reconocer que, aunque preocupante, la situación no era desesperada. Porque había un plan A: una llamadita con el celular (2) al servicio de asistencia en carretera.

—¡Üð" i_p— (3), no hay cobertura!

Sí, la situación ya era desesperada.

Le pido a mamá que se encierre bien en el coche por dentro y empiezo a caminar en absoluta obscuridad por el arcén buscando un teléfono de socorro de esos de las autopistas –llamémosle el plan B-.

A paso ligero, un par de kilómetros más adelante alcancé la cumbre –me refiero a la del puerto, no a la de la fama-. Allá arriba no había ni un restaurancillo, ni un teléfono ni nada, sólo una fresca que cortaba el cutis… y despejaba la mente. Por ello, al menos lo creo así, se me ocurrió que allá arriba sí podía haber cobertura.

Con la emoción de haberlo conseguido y la preocupación por saber si todo estaba bajo control en el coche, bajé corriendo hasta el mismo.

La espera se hizo eterna. El reloj remoloneaba y sus manecillas estaban de brazos cruzados. Una hora y pico después vimos las luces de la grúa. Encendí las luces de mi coche y le lancé un par de ráfagas.

Y punto final.

¡Que te lo crees tú! El vía crucis no había hecho más que empezar.

El siguiente punto a tener en cuenta era dónde llevar el coche un viernes noche.

El conductor de la grúa nos indica que tiene que llevarnos a algún pueblo o ciudad con hostal, ya que hasta el día siguiente nadie nos va a arreglar el coche. Y tenía toda la razón del mundo. Así que sopesando pros y contras y valorando la microeconomía decidimos que lo mejor era ir directamente al hotel de Puebla, el que ya teníamos pagado.

La grúa no era de las que suben el coche a su plataforma. ¡Qué va!, lo enganchó y lo izó lo suficiente para arrastrarlo sobre dos ruedas. El conductor se encargó de todo, mientras nosotros tres nos acomodábamos en la cabina de la grúa.

Ya estábamos en el área metropolitana de Puebla cuando observo por el espejo retrovisor humo en el coche. Alarmados paramos para ver qué ocurre. A pesar de la enorme columna de humo y el fuerte olor a quemado, vimos que no había fuego. Habíamos estado arrastrando el coche con el freno de mano echado. Las consecuencias eran más que visibles.

Pudimos soltar el freno de mano, que por suerte aún no estaba pegado. Y decidimos continuar. Nuestro destino quedaba apenas un par de kilómetros más adelante.

El estacionamiento del hotel, que no era subterráneo, se extendía frente a su fachada principal. La nuestra, sí me refiero a nuestra entrada, como te imaginarás, fue de película cómica. Ésta es la escena, propia de una nominación a un oscar: Una grúa arrastrando un trozo de hojalata aún humeante, haciendo maniobras para aparcarlo junto a coches de las gamas medias y altas. No habían pasado un par de minutos cuando un empleado del hotel se acerca para llamarnos la atención y avisarnos de que ése era un estacionamiento privado.

Tuve que ir pitando a la recepción para aclarar el asunto y presentar mi documentación que acreditara la reserva. La profesionalidad en el hotel fue extrema, ya que no observé la mínima sonrisa, aunque por dentro seguro que eran un volcán de carcajada.

Respecto a mamá, no sé qué fue mayor si la sorpresa por el hotel elegido o la vergüenza que pasó.

Ya era la una y media, bien pasada, de la madrugada cuando entramos en la habitación.

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Ese día, me figuré que éramos la familia Telerín, yendo todos juntos a la habitación mientras todo el mundo nos observaba.

Carlos Benito CBC

(1) Carcacha: Máquina, aparato o vehículo inútil y desvencijado.

(2) Celular: móvil.

(3) Üð" i_p—: Taco que, por respeto, no pienso repetir aquí.

Sin pateras, sin coyotes… los emigrantes que no se cuelan

Fe de erratas. El siguiente post no se basa en ningún estudio sociológico. Desde 1995 he sido inmigrante de una forma u otra. Primero lo fui yo en México, después lo han sido mi ex esposa y mi hija, aquí. Sé de lo que hablo. Claro está, el enfoque está personalizado y las vivencias son las de un afortunado, con billete de avión y papeles en regla. Además, pretendo que el contenido sea inocuo.

No hace mucho un lector mexicano me criticaba de contar puras historias. Y no ha sido el único; mucho antes, en los albores de este blog, otro, éste español, me acusaba de escribir una telenovela. En el medio, he recibido también algún que otro “perdigonazo” por peliculero. Y ello me demuestra que alguna emigración, esa que yo llamo de lujo, es un fenómeno social que nos aparta de cualquier estereotipo.

En un mundo globalizado, son cientos de miles las personas que fluyen entre países por corrientes migratorias controladas y transparentes. Para no alargarme, bastan varios ejemplos: jubilados nórdicos en urbanizaciones mediterráneas, estudiantes españoles con una beca Erasmus, directivos gringos en Barcelona, ejecutivos de la Corporación Mondragón en México, mandos intermedios de Zara en China… Y algunos de ellos arrastran –y uso a sabiendas el término arrastrar por su connotación negativa- a sus familias. En este post me refiero en concreto a ese emigrante cuyo nivel de vida es superior al del ciudadano medio del país que le acoge.

Estudiantes, trabajadores, jubilados… realmente sus vidas son de lo más normales, salvo esos pequeños o grandes detalles. La comida no es siempre la misma, aunque te la hagas en casa, la grieta cultural, aunque inapreciable, siempre es profunda y la distancia a los tuyos no deja de ser enorme; siempre y cuando el idioma no te amargue la existencia. Quien tal vez sufra un poco más son aquellos miembros de la familia que no encuentran un acomodo, o bien laboral o bien de ocio, a su discurrir cotidiano.

Estudiantes, trabajadores, jubilados… con profesores, jefes, vecinos, compañeros, parejas, ligues y todo tipo de relaciones similares a las de sus países de origen.

Estudiantes, trabajadores, jubilados… en los pasillos de un supermercado, en la ventanilla de un banco, en un atasco en el coche, en la hora punta en el metro, sentados en un restaurante, paseando en un parque, en la sala de un cine y en cualquier otra situación habitual que se puede vivir en sus países de origen.

Sin embargo, tampoco deja de ser cierto lo que dije en su día: “Cuando sales del refugio del hogar, de la familia y de la propia cultura, el día a día se puede convertir en el guión de una telenovela o de una película. Otra cosa distinta es que te apropies del guión y te metas en el papel que te asignaron o que simplemente pases de todo y sigas a tu rollo. Es decir, en el extranjero pasan cosas sorprendentes a cada momento y en ti está que te integres en su sociedad y que vivas esas cosas o que te encierres en tu gueto”.

Y es que cuando algo va más allá de aquello a lo que estás acostumbrado, en el extranjero, y aceptas ese papel que el guionista te ha asignado, de forma automática la vivencia se convierte en una anécdota digna de ser contada.

Y es por eso que hay emigrantes, de estos de lujo, que al volver a su país no tienen nada extraordinario que relatar. Y son aquellos que no quisieron integrarse, que hicieron de su vida un calco de la de su país de origen, que se encerraron en el círculo de sus connacionales.

Por el contrario, para personas incluso de “perfil gris” sus vidas en el extranjero han sido ricas en vivencias y experiencias.

La integración social y cultural es la diferencia.

Carlos Benito CBC

Sobre este blog

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Con sabor a frijoles... del D.F. a Monterrey, ida y vuelta

... desde los 27 que no vivo en Portu, hace ya casi dos décadas. Me convertí en un nómada, nómada laboral, en pos de un plato de garbanzos. Primero Castilla y León, más tarde Madrid... a pesar de no haber salido de la península me sentía extranjero en esas tierras -mi Portu es mucho Portu-. Más tarde viví casi diez años en México -ellos agradecen que utilicemos la x y a nosotros no nos cuesta nada- y curiosamente allí nunca me sentí extranjero. Ahora me toca vivir en Cataluña... y soy doblemente extranjero... porque añoro más que nunca mi Euskadi y porque me obligan a utilizar un idioma que me cuesta horrores aprender -yo lo siento más que nadie pero lo de los idiomas no es mi fuerte y a estas alturas de mi vida...-.
… desde la adolescencia me ha acompañado un utópico pensamiento: “Libertad… hermosa bandera, desgarrada pero erguida… que se abre paso como el trueno, contra el viento…” Que nadie se equivoque… cualquier cosa menos pretensiones políticas.
Carlos Benito CBC

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