La mano de la novia
El amor inflama todo aquello a su alcance. O bien empieza con un foco de calor constante que finalmente acaba por prender o, tal vez, con una simple chispa que coge fuerza al momento. En nuestro caso yo iría más allá y se me antoja una explosión surgida del destino.
Esta deflagración se llevó por delante muchas cosas. La primera fue mi cultura europea. Más tarde mi natural recato para alardear en público. Esto coincide con dos pasos protocolarios que algunas parejas utilizamos para sellar la unión de pareja: pedir la mano de la novia y la boda.
Vayamos por partes. Mamá y yo, nosotros, decidimos vivir juntos antes de casarnos. Hablo por mí, cuando digo que no veía el matrimonio como algo inminente, aunque sí me veía inevitablemente casado. Habíamos tocado el tema y lo habíamos pospuesto para más adelante. La razón es obvia: cuando una relación es abanderada por el amor, todo lo demás es secundario. Sí, recuerdo que “oficializamos” nuestra relación con un beso y nuestro compromiso en El callejón del beso de Guanajuato -de lo que hablaré otro día-.
Los abuelos mexicanos no aceptaban nuestra convivencia en pareja fuera del matrimonio. Y esa era la única razón por la que mamá sufría bastante en aquella época.
Sabes lo importante que es la familia; y mucho más para un mexicano. Por eso decidimos casarnos. Si ese era el problema del alejamiento, también era la solución.
La primera vez que conocí a los abuelos, meses antes de todo esto que estoy contando, ya observé lo estrictos y tradicionales que eran. Pero el día que les comunicamos que nos casábamos, me quedé sorprendido del grado de apego a las tradiciones del abuelo. Nos dijo que él no se daba por enterado mientras yo no pidiera formalmente la mano de la novia.
Reconozco que eso me sonó a película en blanco y negro. Y nuestra primera reacción fue de enfado. Pensamos que era una excusa más para no aceptar nuestra relación. Pero como sabes bien, a necio no me gana nadie. Así que me propuse seguir las reglas del juego y pedir la mano de mamá, siguiendo las costumbres mexicanas.
Me apoyé en compañeros del trabajo a los que pedí que me explicaran todo el ritual al completo. Incluso llamé a Mirian, la amiga de la abuela, para solicitar su ayuda.
Primero compré el anillo de compromiso, en las tiendas especializadas de
Finalmente llegó el día tan temido. Era sábado y los abuelos habían organizado una reunión muy íntima en su apartamento. Lógicamente también estaban los tíos y habían invitado a Mirian, que vino acompañada de su hijo Ricardo. Mamá se compró un vestido para la ocasión y yo me presenté con traje y corbata y un ramo de flores para la mamá de la novia.
La velada fue bastante fría debido al exceso de protocolo –alguien se olvidó que éramos gente corriente y no divos de
La respuesta del abuelo fue más fría aún, desde su púlpito pleno de autoridad y orgullo de macho mexicano. Recuerdo palabras como responsabilidad, tradición, familia... y algo más de blablablá. Todas sus palabras parecían huecas y en ese momento diluidas por la fuerza de los sentimientos de mamá y míos, esto es, amor, responsabilidad y respeto –todas con mayúsculas-. Para concluir, me concedió la mano de mamá. Claro está, si existía el consentimiento expreso de mis padres.
Y fue entonces cuando tuve que leer un fax de los abuelitos españoles mostrando su conformidad con el matrimonio. Ésta fue la última y ridícula escena de algo muy parecido a un sainete.
La reunión prosiguió con demasiados gestos de formalidad y pompa.
A la fecha aún no sé cómo una sociedad moderna mantiene tradiciones tan arcaicas y machistas como pedir la mano de la novia.
Desde ahora te digo, mi campeona, que, cuando te llegue el momento, siempre que seas mayor de edad, te doy mi bendición para que vivas con la persona que tú elijas. Estoy a tu disposición para darte los consejos que necesites y mi opinión sobre tu futuro compañero, si me
Carlos Benito CBC
Sobre este blog
Con sabor a frijoles... del D.F. a Monterrey, ida y vuelta
jarrillerorojiblanco... desde los 27 que no vivo en Portu, hace ya casi dos décadas. Me convertí en un nómada, nómada laboral, en pos de un plato de garbanzos. Primero Castilla y León, más tarde Madrid... a pesar de no haber salido de la península me sentía extranjero en esas tierras -mi Portu es mucho Portu-. Más tarde viví casi diez años en México -ellos agradecen que utilicemos la x y a nosotros no nos cuesta nada- y curiosamente allí nunca me sentí extranjero. Ahora me toca vivir en Cataluña... y soy doblemente extranjero... porque añoro más que nunca mi Euskadi y porque me obligan a utilizar un idioma que me cuesta horrores aprender -yo lo siento más que nadie pero lo de los idiomas no es mi fuerte y a estas alturas de mi vida...-.
… desde la adolescencia me ha acompañado un utópico pensamiento: “Libertad… hermosa bandera, desgarrada pero erguida… que se abre paso como el trueno, contra el viento…” Que nadie se equivoque… cualquier cosa menos pretensiones políticas.
Carlos Benito CBC
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