El primer asalto fue la petición de mano. Más tarde pasamos de capítulo para llegar a la boda civil. Ya como mero trámite pendiente restaba la ceremonia religiosa.

Por tradición, en un entorno no abiertamente anti-religioso, es el clímax nupcial. Sin embargo, para nosotros, tal y como se habían desarrollado los acontecimientos, no pasaba de ser un trámite.

La idea inicial era celebrar dos pequeñas ceremonias en fines de semana consecutivos a finales de agosto, primero la civil y más tarde la religiosa, la primera en el Distrito Federal, la segunda en Guanajuato. La planificación no es que fuera difícil, simplemente se duplicaba por ser dos eventos distintos. Pero, en el fondo, nada del otro mundo. Más llamadas y más visitas.

Si quieres, lo más engorroso era viajar hasta Guanajuato y elegir el templo. Pero… ¡qué va! Visitar esa ciudad siempre es un placer inmenso. Tras analizar pros y contras y tener muchas dudas elegimos la Basílica de Nuestra Señora de Guanajuato.

Con la antelación necesaria cerramos la contratación del juez, por un lado, y la de la iglesia, por otro. Todo iba sobre ruedas.

En la última visita previa, para ultimar la negociación de la recepción, el párroco nos partió por medio. Resulta que él daba por hecho que estábamos haciendo el curso de catequesis nupcial en México D.F.. A pesar de ser responsabilidad suya el no haber tratado este punto en su momento, se negó a celebrar el matrimonio sin ese requisito. Su necedad nos obligó a retrasar todo hasta el próximo día disponible.

El 28 de septiembre fue la fecha elegida. Y la ceremonia civil permanecía inamovible, un mes antes.

En el abanico de posibilidades, la ex-Hacienda de San Javier y el Castillo Santa Cecilia eran nuestros hoteles preferidos. Pero por razones presupuestarias el banquete lo daríamos en el hotel Misión Guanajuato.

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La víspera nos hemos alojado en la casa de Andrés, tío de la novia. Entre camas y colchones tirados por el suelo cada uno duerme donde puede.

Es un día especial. Igual que cualquier otro, distinto a los demás. Las horas caen con parsimonia. No hay nada que hacer para mí, mas que esperar. Todo está listo. La novia, como todas las mujeres, está envuelta en un remolino de prisas. Todo está pendiente: horas de peluquería y estética.

Comemos un tentempié.

Ya se acerca la hora de los preparativos para mí. Saco el smoking alquilado, lo extiendo sobre la cama y preparo la ducha. Repaso la ropa. ¡Vaya!... ¿y la pajarita? Pregunto a mi ayudante de cámara en este viaje: la mamá de la novia. Como loca deja lo que está haciendo y empieza a buscarla por todas las maletas, el coche, armarios… Finalmente el tío Andrés y yo nos vamos a comprar una pajarita. Por suerte aún disponemos de un colchoncito de tiempo. Volvemos con las manos vacías. Es sábado por la tarde y los comercios ya han cerrado. Mientras yo me preparo, mientras lucho contra los nervios, el tío Andrés organiza por teléfono entre sus conocidos una búsqueda por toda la ciudad. Afortunadamente el conocido de un amigo tiene un vecino que es camarero y su uniforme incluye una pajarita. El tiempo se nos ha echado encima. Así que quedamos en que de camino a la iglesia pasaremos a recogerla.

A pesar de que salimos todos de la casa del tío Andrés, llegamos a la iglesia por separado, yo en mi coche, la novia en el coche de Rafa. Al igual que en la boda civil, hay pocos invitados, sobre treinta personas, que nos esperan en la explanada de la entrada de la Basílica.

Con unos minutos de retraso, llega la novia, impresionante en su vestido, diseñado y confeccionado personalmente por su mamá. Todos estamos embobados viéndola subir con ese porte por las escaleras de la fachada principal, cuando el párroco, con cara de pocos amigos, sale a apremiarnos a los invitados, a los padrinos y a mí a que entremos en el templo para ocupar nuestros lugares.

Los primeros asientos están vacíos, designados para todos nosotros. El resto de bancos están casi abarrotados. Me extraña ver decenas de feligreses cuando yo esperaba una homilía en familia.

La ceremonia transcurre como tantas otras. A su término nos trasladamos al hotel.

Tras la sesión de fotos pasamos a la cena. Un sencillo y delicioso menú de cocina mexicana abre paso a la fiesta.

Una banda en vivo ameniza la velada con las canciones típicas populares, que son las mismas a ambos lados del charco. Lógicamente el pop rock mexicano también forma parte del repertorio. Juan, el hermano de la novia, pide al batería que le ceda su sitio en un par de canciones. Mario (1), amigo de infancia de Juan, pide el micrófono y una guitarra. Ambos se funden perfectamente con el resto de los miembros de la banda y todos juntos suenan maravillosamente. Brenda, la novia, se une a ellos y canta dos canciones demostrando que su voz se defiende a un buen nivel.

Respecto a las bodas españolas, la peculiaridad más destacable es que los amigos del novio lo mantean con la simple ayuda de los brazos. Ellos, todos bilbaínos, en cuanto les comentan la tradición no dudan ni un minuto. Mientras disfrutan como enanos, yo no lo paso nada bien. La duda sobre los reflejos de los manteadores después de muchos cubatas, incrementa mi temor a que la novia enviude demasiado pronto.

Ya es tarde. La banda hace tiempo que recogió. Las luces del salón acaban de apagarse y los rezagados terminan de despedirse.

Repaso mentalmente el día: una comunión de dos culturas en un entorno colonial idílico.

Empieza una historia en común para dos destinos que hasta poco antes discurrían separados.

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Han pasado varias semanas. Hemos vuelto de nuestra luna de miel por España, que ha servido para que mi familia conozca a su nueva hija y hermana.

Hablando por teléfono con el tío Andrés, nos cuenta el aspecto más relevante de nuestra boda, del cual fuimos en todo momento ignorantes. El domingo 29 de septiembre, un día después de la misma, en los medios de comunicación locales se hace referencia al acontecimiento social del año: una joven mexicana del D.F. contrajo matrimonio, el día anterior, con un conde español en la Basílica de Nuestra Señora de Guanajuato, repleta de feligreses ávidos por vivir el momento.

Sí. Sí. Ese supuesto conde español… soy yo.

Después de tanto tiempo aún no sé quién fabricó el rumor y cómo éste se fraguó en una realidad.

Carlos Benito CBC

(1) Mario es un virtuoso de la guitarra española, quien ya ha participado en conciertos de música clásica de prestigio internacional.

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05 Mar 2009

Por todo lo alto

La vida me sonreía.

Había conocido la compañera perfecta. Tras el trago de pedir la mano de la novia, la boda ya estaba ahí. Habíamos decidido dos pequeñas ceremonias, la civil en el Distrito Federal y la religiosa en Guanajuato, en fines de semana consecutivos –en México la boda por la Iglesia católica no exime del trámite de la civil-.

A pesar de tener que sufrir a un ser despreciable por jefe, mi trabajo me agradaba y me recompensaba con un salario mucho más que atractivo. Y, sobre todo, me permitía vivir en un apartamento de ensueño.

Poco a poco me sentía parte de esa tierra.

Sí, en efecto, tenía el viento en popa.

Como ya explicaba en un post anterior, en aquellos tiempos vivía en la colonia Polanco, calle Lamartine, en un dúplex. Era un sexto piso, pero al ser todo el bloque de pisos dúplex, realmente ocupaba las plantas once y doce del edificio. Contiguo al salón, una hermosa terraza se extendía por toda la fachada.

Un pero, mi vértigo. Pero la vista, impresionante –y de noche, todo un lujo-. Recuerdo el Parque de Chapultepec y su Castillo, las torres de los hoteles de Polanco, las luces del restaurante giratorio Bellini coronando el World Trade Center y sólo una ínfima parte del urbanizado valle de México.

La boda civil, en su totalidad, la celebramos en el apartamento.

Juan Carlos, máximo responsable mexicano de la empresa –recuerda que el staff directivo estaba copado por bilbaínos de Mecánica de la Peña-, me ayudó a contratar al juez. A pesar del pastón que cuesta que vaya el juez a tu domicilio, hace falta “tocar algunas teclas” para que le hagan un hueco en su agenda a un simple mortal.

El sábado 24 de agosto a las dos de la tarde, en el salón del apartamento, nos reunimos los padrinos, los testigos, los compañeros más cercanos de la empresa por parte mía y los familiares más directos y un par de amistades de la familia por parte de la novia. Un grupo de presentes muy reducido, sobre las veinte personas. Las circunstancias impidieron que me acompañara nadie de mi familia.

El juez y su secretaria, de pie, de espaldas a la terraza. Nosotros, los novios, sentados, frente a ellos. Detrás nuestro, un poco adelantadas las sillas de los padrinos –la tía Cecilia y mi amigo Iñaki- y más atrasadas el resto de las sillas de los invitados. A la izquierda del juez un precario atril para firmar los documentos del matrimonio.

La ceremonia fue breve. El juez se permitió un sencillo discurso acorde a la ocasión, para ganarse sus honorarios. Las palabras de compromiso precedieron a la entrega de anillos y al beso ceremonial.

Marido y mujer, en ese momento. Dos locos enamorados unos instantes antes y durante muchas primaveras después.

El protocolo se rompió y los abrazos, enhorabuenas y parabienes de rigor camparon a sus anchas. La discreta música de fondo que había ambientado el ritual nupcial dio paso a sones de alegres rancheras.

El descorche de varias botellas de champán anunció un par de brindis por los novios. Mientras tanto el servicio de camareros que habíamos contratado reorganizó el espacio del salón para ofrecer el frugal banquete.

Tuvimos que esperar un buen rato, aderezado con mucha alegría, conversaciones, música y fotos, hasta que las paellas, bandejas de croquetas y alguna tortilla de patata llegaron directamente del restaurante vasco Naiara.

La música mexicana, la comida española, todo ello regado por una caja de tinto rioja. No preparamos mesa alguna, el ágape se sirvió al estilo servicio buffet.

Los novios no tuvimos la oportunidad de comer mucho pues andábamos de corrillo en corrillo compartiendo el momento con nuestros invitados. Tuvo que ser la mamá, la que nos obligó a sentarnos un rato y nos trajo ella un poco de comida. Todo ya estaba frío, pero la paella sabía a gloria y las croquetas, creo que las de la vergüenza, estaban deliciosas. Finalmente, sobró comida y faltó bebida.

Después de que los camareros recogieran, algún desalmado cometió la torpeza de pedir que los novios abrieran la sobremesa con un baile, ¡claro está! un vals. La encerrona incluía un cd ya colocado en el equipo de música. Sin embargo, solicitamos silencio e, improvisando, avisamos a los presentes que habíamos elegido un tema totalmente distinto, nuestra canción, para bailarla.

Cambié el disco compacto, y los acordes de una guitarra acústica nos invitaron a unirnos en un íntimo baile. Para todos fue una sorpresa –incluso la mayoría no habían escuchado jamás esa canción... ni ese idioma-. Lau teilatu (versión estudio) creó el escenario sobre el cuál nos comprometimos, realmente, en matrimonio el uno con el otro –todo lo anterior, ante la grandeza de ese momento, no dejaba de ser un puro paripé-.

La reunión prosiguió con la consiguiente fiesta, que acabó en una discoteca para los jóvenes.

Con todo, el día se resume en ese momento mágico, mejilla con mejilla, susurrándonos, moviendo los pies bajo el influjo de Itoiz.

Carlos Benito CBC

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Fe de erratas. El siguiente post no se basa en ningún estudio sociológico. Desde 1995 he sido inmigrante de una forma u otra. Primero lo fui yo en México, después lo han sido mi ex esposa y mi hija, aquí. Sé de lo que hablo. Claro está, el enfoque está personalizado y las vivencias son las de un afortunado, con billete de avión y papeles en regla. Además, pretendo que el contenido sea inocuo.

No hace mucho un lector mexicano me criticaba de contar puras historias. Y no ha sido el único; mucho antes, en los albores de este blog, otro, éste español, me acusaba de escribir una telenovela. En el medio, he recibido también algún que otro “perdigonazo” por peliculero. Y ello me demuestra que alguna emigración, esa que yo llamo de lujo, es un fenómeno social que nos aparta de cualquier estereotipo.

En un mundo globalizado, son cientos de miles las personas que fluyen entre países por corrientes migratorias controladas y transparentes. Para no alargarme, bastan varios ejemplos: jubilados nórdicos en urbanizaciones mediterráneas, estudiantes españoles con una beca Erasmus, directivos gringos en Barcelona, ejecutivos de la Corporación Mondragón en México, mandos intermedios de Zara en China… Y algunos de ellos arrastran –y uso a sabiendas el término arrastrar por su connotación negativa- a sus familias. En este post me refiero en concreto a ese emigrante cuyo nivel de vida es superior al del ciudadano medio del país que le acoge.

Estudiantes, trabajadores, jubilados… realmente sus vidas son de lo más normales, salvo esos pequeños o grandes detalles. La comida no es siempre la misma, aunque te la hagas en casa, la grieta cultural, aunque inapreciable, siempre es profunda y la distancia a los tuyos no deja de ser enorme; siempre y cuando el idioma no te amargue la existencia. Quien tal vez sufra un poco más son aquellos miembros de la familia que no encuentran un acomodo, o bien laboral o bien de ocio, a su discurrir cotidiano.

Estudiantes, trabajadores, jubilados… con profesores, jefes, vecinos, compañeros, parejas, ligues y todo tipo de relaciones similares a las de sus países de origen.

Estudiantes, trabajadores, jubilados… en los pasillos de un supermercado, en la ventanilla de un banco, en un atasco en el coche, en la hora punta en el metro, sentados en un restaurante, paseando en un parque, en la sala de un cine y en cualquier otra situación habitual que se puede vivir en sus países de origen.

Sin embargo, tampoco deja de ser cierto lo que dije en su día: “Cuando sales del refugio del hogar, de la familia y de la propia cultura, el día a día se puede convertir en el guión de una telenovela o de una película. Otra cosa distinta es que te apropies del guión y te metas en el papel que te asignaron o que simplemente pases de todo y sigas a tu rollo. Es decir, en el extranjero pasan cosas sorprendentes a cada momento y en ti está que te integres en su sociedad y que vivas esas cosas o que te encierres en tu gueto”.

Y es que cuando algo va más allá de aquello a lo que estás acostumbrado, en el extranjero, y aceptas ese papel que el guionista te ha asignado, de forma automática la vivencia se convierte en una anécdota digna de ser contada.

Y es por eso que hay emigrantes, de estos de lujo, que al volver a su país no tienen nada extraordinario que relatar. Y son aquellos que no quisieron integrarse, que hicieron de su vida un calco de la de su país de origen, que se encerraron en el círculo de sus connacionales.

Por el contrario, para personas incluso de “perfil gris” sus vidas en el extranjero han sido ricas en vivencias y experiencias.

La integración social y cultural es la diferencia.

Carlos Benito CBC

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23 Feb 2009

La mano de la novia

El amor inflama todo aquello a su alcance. O bien empieza con un foco de calor constante que finalmente acaba por prender o, tal vez, con una simple chispa que coge fuerza al momento. En nuestro caso yo iría más allá y se me antoja una explosión surgida del destino.

Esta deflagración se llevó por delante muchas cosas. La primera fue mi cultura europea. Más tarde mi natural recato para alardear en público. Esto coincide con dos pasos protocolarios que algunas parejas utilizamos para sellar la unión de pareja: pedir la mano de la novia y la boda.

Vayamos por partes. Mamá y yo, nosotros, decidimos vivir juntos antes de casarnos. Hablo por mí, cuando digo que no veía el matrimonio como algo inminente, aunque sí me veía inevitablemente casado. Habíamos tocado el tema y lo habíamos pospuesto para más adelante. La razón es obvia: cuando una relación es abanderada por el amor, todo lo demás es secundario. Sí, recuerdo que “oficializamos” nuestra relación con un beso y nuestro compromiso en El callejón del beso de Guanajuato -de lo que hablaré otro día-.

Los abuelos mexicanos no aceptaban nuestra convivencia en pareja fuera del matrimonio. Y esa era la única razón por la que mamá sufría bastante en aquella época.

Sabes lo importante que es la familia; y mucho más para un mexicano. Por eso decidimos casarnos. Si ese era el problema del alejamiento, también era la solución.

La primera vez que conocí a los abuelos, meses antes de todo esto que estoy contando, ya observé lo estrictos y tradicionales que eran. Pero el día que les comunicamos que nos casábamos, me quedé sorprendido del grado de apego a las tradiciones del abuelo. Nos dijo que él no se daba por enterado mientras yo no pidiera formalmente la mano de la novia.

Reconozco que eso me sonó a película en blanco y negro. Y nuestra primera reacción fue de enfado. Pensamos que era una excusa más para no aceptar nuestra relación. Pero como sabes bien, a necio no me gana nadie. Así que me propuse seguir las reglas del juego y pedir la mano de mamá, siguiendo las costumbres mexicanas.

Me apoyé en compañeros del trabajo a los que pedí que me explicaran todo el ritual al completo. Incluso llamé a Mirian, la amiga de la abuela, para solicitar su ayuda.

Primero compré el anillo de compromiso, en las tiendas especializadas de la calle Madero, cerca del Zócalo. Era de oro, rematado con una piedra de circonia de corte redondo -la posterior historia de este anillo también merece otro post-.

Finalmente llegó el día tan temido. Era sábado y los abuelos habían organizado una reunión muy íntima en su apartamento. Lógicamente también estaban los tíos y habían invitado a Mirian, que vino acompañada de su hijo Ricardo. Mamá se compró un vestido para la ocasión y yo me presenté con traje y corbata y un ramo de flores para la mamá de la novia.

La velada fue bastante fría debido al exceso de protocolo –alguien se olvidó que éramos gente corriente y no divos de la pantalla-. En el momento que consideré oportuno, me dirigí al abuelo, claro está, en voz alta, para hacer partícipe a todos de mis palabras. Hice públicas mis buenas intenciones en mi relación, confesé mi amor a la novia, trasladé a los presentes nuestro compromiso que ya nos hicimos meses antes y para terminar le solicité al abuelo la mano de la novia. Llevaba días ensayando un discursito preparado y diplomático y el caso es que no le hice ni caso e improviseé, dejandome llevar por mi estilo frío y directo, al más estilo europeo.

La respuesta del abuelo fue más fría aún, desde su púlpito pleno de autoridad y orgullo de macho mexicano. Recuerdo palabras como responsabilidad, tradición, familia... y algo más de blablablá. Todas sus palabras parecían huecas y en ese momento diluidas por la fuerza de los sentimientos de mamá y míos, esto es, amor, responsabilidad y respeto –todas con mayúsculas-. Para concluir, me concedió la mano de mamá. Claro está, si existía el consentimiento expreso de mis padres.

Y fue entonces cuando tuve que leer un fax de los abuelitos españoles mostrando su conformidad con el matrimonio. Ésta fue la última y ridícula escena de algo muy parecido a un sainete.

La reunión prosiguió con demasiados gestos de formalidad y pompa.

A la fecha aún no sé cómo una sociedad moderna mantiene tradiciones tan arcaicas y machistas como pedir la mano de la novia.

Desde ahora te digo, mi campeona, que, cuando te llegue el momento, siempre que seas mayor de edad, te doy mi bendición para que vivas con la persona que tú elijas. Estoy a tu disposición para darte los consejos que necesites y mi opinión sobre tu futuro compañero, si me la pides. Y por supuesto, mientras tú lo consideres oportuno, estoy abierto a que des una fiesta de presentación del compromiso. Pero nunca, nunca, deberás pedirme permiso para andar tu propio camino, repito, siempre que seas mayor de edad.

Carlos Benito CBC

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Hablar de violencia en México no es algo gratuito. Hace meses escribí un post en el que me solidarizaba con esa sociedad, harta tanto de delincuencia de poca monta como de bandas organizadas. Fue entonces cuando me comprometí a contar mi pequeña anécdota personal en el Distrito Federal –tengo pendiente relatar una historia de chantaje vivida en primera persona en Monterrey-.

Fue un jueves de octubre de 1995, a penas tres meses viviendo en México. Como ya he contado antes, nuestro fin de semana habitualmente empezaba el viernes noche –aunque luego nos tocara trabajar el sábado y el domingo por la mañana-. Sin embargo, no era extraño que algún jueves saliéramos a tomar algo.

Habíamos tomado unas cervezas y un tentempié en el Freedom de la Zona Rosa (1). Junto a la charla relajada y la música de fondo, unas cuantas miraditas a las chavas (2) del lugar y nada de “ligoteo” –“as usual”, no vayamos a pensar otra cosa-. Poco a poco, recogíamos velas y nos dirigíamos a nuestros puertos, los unos a sus apartamentos o pisos y el otro al hotel. Además de los bilbaínos permanentes en las oficinas –me refiero a los solteros, claro, esto es, Lucio, los Iñaki-, esa noche me acompañaba el otro Juan Carlos, que acababa de llegar de Urduliz.

Éste último se quedaba en el hotel, a tres cuadras (3) del lugar y el resto nos debíamos repartir en dos taxis ya que en un bocho (4) no caben cuatro pasajeros. Como Iñaki Ramos y yo éramos vecinos, íbamos en uno; Lucio y el otro Iñaki, en otro. A la una y pico de la madrugada los taxis pululan en busca de pasajeros y la espera se hizo inexistente. Es más, la parada a sendos taxis la hicimos simultáneamente.

Todo siguió su curso habitual. El taxista tenía sus “pintas”, joven, pelo largo, un pitillo en la mano y muy huraño. Nada extraño. También nos podía haber tocado un platicador (5) simpático padre de familia. Dimos el destino final y el taxi no se salió del rumbo habitual. Yo estaba sentado a la izquierda, justo detrás del conductor.

En Gutemberg, en la antesala del cruce con Mariano Escobedo, un semáforo en rojo nos obliga a parar. Antes de que reanudara su marcha, sin posibilidad tan siquiera de reaccionar, se habían montado dos individuos en el bocho portando sendas navajas.

- ¡Ustedes dos quietos, ni un movimiento! –gritó el cabecilla mientras se sentaba entre Iñaki y yo-. Arranque, ¡vamos! –sentí el frío del metal en mi garganta antes de que nos ordenaran que cerráramos los ojos-.

El compinche iba en cuclillas en el lugar del copiloto –recordad que en el taxi no hay asiento del copiloto- amenazando con otra navaja a Iñaki.

El taxista obedeció e inmediatamente pidió calma a los asaltantes. Textualmente dijo:

- Todos tranquilos, ¿sale (6)? Que nadie se ponga nervioso. Mis clientes son europeos, seguro que les darán todo lo que tienen y nadie tiene que salir herido. ¡Cuidado con los cuchillos, que no quiero problemas en mi taxi!

Su actitud pareció tan valiente, que si la analizas a posteriori, en todo su contexto, se me antoja fruto de su impostura. Aunque no presenciamos en ningún momento un detalle que relacionara a taxista y atacantes, siempre hemos creído que estaban conchabados.

Primero nos pidieron vaciar los bolsillos, uno a uno, recordándonos constantemente que no abriéramos los ojos. Empezaron conmigo. Se tomaron todo el tiempo del mundo mientras el taxi avanzaba por las calles vacías de la ciudad. Se quedaron con las llaves. De la cartera examinaron uno a uno cada papel, se quedaron con el dinero y me devolvieron el resto de la cartera, intacta, con todos los documentos. Tuve que entregar la americana del traje, la corbata, el reloj, el cinturón y los zapatos. Me palparon el resto del cuerpo, desde los pies hasta el cuello, buscando tarjeteros o billeteros ocultos. La amenaza de que no abriéramos los ojos fue una constante.

Luego le llegó el turno a Iñaki. Fue entonces cuando abrí los ojos y me puse a mirar por la ventana. Desconocía la zona por la que andábamos.

- Le dije que cerrara los ojos –y nuevamente sentí el frío del acero en el cuello-.

- Tranquilo ¿sale? Todo está bien. ¡Los cuchillos quietos! –salió en mi defensa el taxista.- Acaben rápido, ya. ¡Que todos estamos muy nerviosos!

El coche seguía dando vueltas mientras, no me digas por qué, mi mente seguía abstraída de todo, sin preocuparme de lo más inmediato.

- Ya está. Escuchen todos. Usted, bájele la velocidad. Ustedes cuando yo les diga, se bajan del taxi. Paramos el taxi, y se bajan. Sin mirar.

Oí como se abría la puerta. Le gritaron a Iñaki que bajara. Me agarraron del brazo y me ayudaron a avanzar, en la obscuridad, hacia la puerta. A la voz de “ahora” abrí los ojos y vi que el taxi aún seguía en movimiento, justo cuando me empujaron hacia fuera. La inercia y el desconcierto hicieron que me fuera tambaleando unos cuantos metros hasta que al final perdí el equilibrio totalmente.

Escuché el ruido del motor al acelerar al máximo y cuando miré ya no había nada.

Iñaki se acercaba hacia mí. Estábamos bien. Desorientados al principio, hasta que Iñaki ubicó la fábrica de cervezas de La Corona en la Colonia Granada. Por suerte, estábamos cerca de casa, a unos quince minutos andando. Pero en mangas de camisa y descalzos, la travesía sería penosa. Paramos otro taxi. Le explicamos lo ocurrido y nos hizo el favor de llevarnos a casa. Le pedimos que volviera al día siguiente para pagarle, pero se negó en redondo –era el tributo del colectivo para resarcirnos-. Como estábamos sin llaves, tuvimos que llamar a otro compañero bilbaíno, casi vecino, al que levantamos de la cama para que nos dejara dormir en su casa.

Un cálculo racional de lo que duró el incidente del taxi, que por fortuna acabó en simple anécdota, nos indica que estuvimos veinte minutos secuestrados. Mi percepción siempre ha sido que duró apenas unos minutos.

Al día siguiente empezó otra aventura: conseguir un cerrajero que nos abriera las casas y nos cambiara las cerraduras, ir a comisaría a poner la denuncia y llegar tarde a la oficina, donde nos esperaban ansiosos para que les contáramos lo ocurrido.

Todos coincidían: éramos afortunados. Los secuestros exprés suelen acabar con las víctimas sin dinero y con una buena paliza encima, en el mejor de los casos.

Desde entonces siempre doy un consejo para parar un taxi en México: primero, antes de montarte, mirar a la cara al taxista y si no te da confianza, pedirle que siga, aunque se cabree. Segundo, cerrar el taxi por dentro con pestillo y subir la ventanilla del copiloto, por mucho que el conductor se enfade. Lo más seguro es usar el servicio de teletaxi, pero no siempre está a nuestro alcance.

Carlos Benito CBC

(1) Zona Rosa: En el Distrito Federal es la zona de ocio turístico por excelencia, que recoge en sus calles numerosas tiendas, bares de copas y restaurantes.

(2) Chava: Muchacha.

(3) Cuadra: Manzana.

(4) Bocho: Beetle Volkswagen (nuestro escarabajo). Es un utilitario muy habitual en el país, y en la capital, la flota de taxis está conformada casi en su mayoría por este modelo, al que se le quita el asiento del copiloto, con lo que sólo quedan hábiles los asientos traseros para los pasajeros.

(5) Platicar: Charlar.

(6) Sale: Vale

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A principios de marzo del 2004, en coche, dejábamos Monterrey. Nuestro destino era Barcelona, con parada previa en Distrito Federal. Yo tenía un par de días por delante para despedirme de mi familia mexicana y de ese país. Ellas se quedarían hasta el final del curso para más tarde reunirnos en la Ciudad Condal.

Las últimas semanas no fueron fáciles. Durante las mismas dejé jirones de mi corazón por diversos motivos. Dos asuntos me agotaron. Por una parte, la transición laboral fue complicada. Mi nueva empresa en Barcelona me presionaba para que me incorporara inmediatamente, mientras la empresa en Monterrey forzaba retrasar mi marcha.

Por otro lado, preparar el traslado marítimo de nuestros enseres resultó de lo más estresante. Primero los diferentes presupuestos y las negociaciones telefónicas fueron un juego de niños comparado con la mudanza en sí misma. Como siempre, quien se "comió el marrón" de organizar y empacar fue mamá. Sobretodo el problema fue organizar, decidir qué se iba al container y qué condenábamos a regalarlo y separarlo de nosotros.

Sin embargo, lo duro, lo que hace que todo un adulto hinque la rodilla de su entereza, fueron las despedidas.

A nivel personal, sólo dejamos atrás un par de amigos, no más. El adiós a los compañeros de trabajo y los vecinos se superó fácilmente con la ilusión de un nuevo futuro. Quien sí tuvo un antes y un después en el ámbito social fue Alazne: su amigo Rodri, sus amiguitas del colegio y su profesora se convirtieron en una etapa pasada en su vida.

Y hablando de despedidas, echar una última mirada a la ciudad desde el coche cuando la autopista se empinaba y dejábamos atrás, a nuestra derecha, las montañas de Cumbres fue desgarrador. Además, ya veníamos un poco tocados, porque poco antes tuvimos que despedirnos de nuestra casa en la colonia Privado Villalta (1) y echar una última mirada al Cerro de la Silla.

Casi cuatro años de buenos momentos y también de experiencias muy amargas dejan huella. Monterrey no me dejó nunca indiferente. Eso sí, cuando volví a Barcelona y, de vez en cuando, abría la ventana de los recuerdos, sólo veía postales hermosas sin olor ni sabor ni tacto ni sonido de la ciudad regia (2). Ahora, ya desde hace años, con el impulso de la añoranza, cada una de sus imágenes vuelve a mi mente acompañada de emociones y sentimientos.

Esta ciudad merece o yo se lo debo, aún no lo sé, esbozar un breve collage de mis estampas regiomontanas (2).

No voy a olvidar que es una urbe mexicana, lo que significa mayormente casas unifamiliares, distancias a recorrer siempre en coche y, a simple vista, un nivel social medio inferior al español, esto es, más pobreza. Pero curiosamente, dentro del área metropolitana se encuentra el municipio de San Pedro, que es la ciudad con mayor renta per cápita de todo Latino América. En su conjunto, todo ella muestra modernidad y riqueza junto a una pobre clase media mexicana.

Culturalmente el regiomontano se identifica más con su vecino del norte que con el resto del país.

Para el turista no hay mucho que admirar: el curioso Cerro de la Silla, el Parque Fundidora, un par de museos y… Para el visitante el abanico se amplia: o desde una parada a un simple puesto de tacos a comer en los restaurantes especializados en el cabrito, icono gastronómico de la ciudad, o un paseo por las calles del centro o una cerveza en algún localito con una actuación en directo o una copa en un piano bar de algún hotel o una escapada a la cercana Cola de Caballo, una visita al mercado de los Cavazos o un par de horas en cualquiera de sus centros comerciales o incluso una tarde de campo en Chipinque.

Ahora que he tocado el tema de la comida, me traen un recuerdo muy especial Tacos Fede, los tacos de arrachera (3) al lado de mi trabajo, los restaurantes regios los Generales –buffet de comida cien por cien mexicana- y Sierra Madre, los nacionales Chilis e Italianis, el pollo rostizado de El Pollo Feliz y las hamburguesas de Carl’s Jr.. Los buffets dominicales del Hotel Presidente y los del viernes noche del Hotel Crown Plaza eran todo un lujo que nos podíamos permitir una vez al mes. Mención especial para el entrañable japonés Nikkori –la última vez que cené allí no pude esconder mis ojos acuosos-.

Como padre, disfruté del primer día escolar de Alazne.

Para no entrar en polémica, me limitaré a señalar que el TEC es una de las mejores universidades en Latinoamérica.

Lo que me resulta difícil explicar es su paisaje. De hecho es una urbe dominada por su orografía, ya que diferentes cadenas montañosas cruzan la ciudad o finalizan en ella, rasgando la misma. Siempre me pareció muy hermosa.

Sé que algo se me queda en algún rincón de la memoria. Pero ahora ignoro qué es.

¡Por supuesto!, nuestro Athletic tiene una calle dedicada.

El único gran problema es que Monterrey está lejos de todo. Saltillo, que está apenas a una hora en coche, a pesar de ser capital del estado vecino, no deja de ser un pueblecito grande. La más cercana gran ciudad –San Luis Potosi- se encuentra a seis horas.

Por lo demás, al igual que en otros sitios, encontré ventajas e inconvenientes. Pero, lo que no podré es hablar mal, sin más, desde mi púlpito europeo, y escupir la mano de la ciudad que me acogió.

Y también sería indigno no reconocer que llegamos a Monterrey a causa de mi trabajo y que siempre estuvisteis a mi lado, apoyándome. Gracias mamá. Gracias Alazne.

Carlos Benito CBC

(1) Colonia: Se corresponde con nuestros barrios, pero con identidad administrativa propia. La colonia Privada Villalta se ubica a los pies del Cerro de la Silla, icono identitario de la ciudad.

(2) Regio, regiomontano: Topónimos de Monterrey.

(3) Arrachera: Después de tantos años aún no he sabido muy bien qué es. Es un corte de carne sacado, creo, de la pared del estómago de la res, que se ha de limpiar muy bien para eliminar un pellejo que la cubre y que se macera para corregir su dureza. Delicioso con guacamole.

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¡Qué rabia! ¡Vaya suerte la mía! Es viernes por la noche y yo con un gripazo de los de aupa. Por supuesto estoy en la camita con el cuerpo cortado (1), viendo la tele. Ya se acercan las ocho de la noche y a pesar de sentirme realmente molido, no tengo ni pizca de sueño.

Los síntomas empezaron el jueves. Al principio no sabes si se trata de un pequeño catarro o de un brote típico de rinitis por la contaminación de la ciudad de México. Pero el viernes al despertarme se mostró en toda su dimensión: gripe. Lo peor es que en la oficina tenía un par de asuntos importantes que resolver. Y ¡ya se sabe!, cuando te despiden o decides marcharte, tarde o temprano, sale la coletilla de que nadie es imprescindible… pero en el día a día, muchos sí lo somos realmente. Así que me pasé la mañana en la oficina y después de comer me fui directamente a la cama.

Me acaba de llamar Iñaki para avisar que pasan a hacerme una visita. Están todos en la casa de Lucio ya que no hay nada programado para este viernes, ni discoteca, ni ninguna fiesta y nadie tiene ganas de irse a la zona Rosa (2) a tomar nada. Creo recordar que es la primera vez que nuestra agenda social está vacía en un viernes noche. Yo tengo excusa… pero ellos… Aunque el apartamento de Lucio está enfrente de mi dúplex -lo veo desde mi ventana-, le miento a Iñaki y le digo que su llamada me ha despertado, que mejor prefiero descansar.

En aquellos tiempos vivía en la colonia Polanco, calle Lamartine, en un dúplex alquilado a la Sra. del Mazo, hermana de Alfredo del Mazo (3). Era un sexto piso, pero al ser un bloque de pisos dúplex, realmente ocupaba las plantas once y doce del edificio. Lógicamente las habitaciones estaban en el piso de arriba. Así que esa noche estaba en una cama en una planta duodécima. Además a los doce pisos hay que añadirle la altura del estacionamiento, que no es subterráneo. Altura suficiente para que no me gustara nada acercarme a la terraza, ya que padezco de vértigo.

Un poco después de las ocho y media, vuelvo a la cama después de cenar una socorrida sopa de sobre. Los efectos conjuntos de la digestión y de la enfermedad se ponen de acuerdo y empiezo a amodorrarme, con la tele encendida de fondo.

La sensación es extraña, desconocida, casi mareante, como si la cena me hubiera sentado mal. Abro los ojos e intuyo que algo no va bien. No consigo acertar qué está fuera de lugar. Me encuentro mucho peor que hace unos minutos. Creo que mi estado febril ha empeorado de forma repentina. Parpadeo conscientemente para recuperarme de esa sensación de vértigo, de desequilibrio que me embarga. Es entonces cuando veo la lámpara balanceándose, giro mi cabeza hacia la puerta de la habitación y también está moviéndose. El armario castañetea sus puertas. Aunque todo lo demás, la cama y el mueble auxiliar del televisor parecen firmes, sin movimiento, soy ya consciente de que estoy viviendo mi segundo temblor en mi vida –mi bautizo sísmico fue unos meses antes, en septiembre, a primera hora de la mañana en la oficina, en un octavo de un inmueble con tres pisos de estacionamiento no subterráneo; la magnitud fue de 7,3 en la escala Ritcher y sentí cómo todo el edificio oscilaba metro y pico sobre su eje; y pasé miedo mucho miedo-.

Instintivamente me aferro a las sábanas, hundiendo los dedos en el colchón y dejo de respirar, los ojos bien abiertos. Todo yo estoy en actitud de espera, a la defensiva, sumiso a lo que tenga que venir. La mente está en blanco, o tal vez, superactiva, enfocada en la supervivencia, concentrada ante el menor riesgo. Una eternidad. Ajeno al sonido. Inmóvil.

El silencio se quiebra ahora con mi respiración agitada, con puertas aún en movimiento, con el pulso de la ciudad, con el sonido de la televisión, que ya ofrece un busto atemorizado informando sobre el terremoto. El cerebro ha recuperado ya sus parámetros, siento miedo, indecisión, preocupación. Bajo a la otra planta, me asomo a la ventana, pienso en refugiarme en la mesa del comedor, finalmente me acerco al pilar maestro del edificio –como indican las normas básicas a seguir en caso de un temblor-. No estoy allá ni un minuto cuando decido abandonar el edificio. Recojo las llaves y salgo en pijama. Recapacito. Vuelvo a entrar en el piso.

Decido calmarme y ponderar la situación. El seísmo acabó hace unos minutos. El edificio parece en buenas condiciones. La visión que me ofrece mi terraza indica que todo lo que alcanza mi vista se muestra en pie. Me siento en la cama ante el televisor para escuchar las noticias. Ha sido de los grandes, los primeros datos hablan de 6,6 en la escala Ritcher, no llegó al minuto de duración y, hasta el momento, no se reportan daños en la ciudad. El tráfico se ha sumido en un caos circulatorio, con conductores desconcertados y algunos semáforos inutilizados –en casa nunca se fue la luz-. Avisan de seguras réplicas.

Tras mi primer temblor que sufrí en la oficina, el fenómeno telúrico mexicano, y mi curiosidad por entenderlo, me regaló con mucha información desconocida hasta entonces: temblores y réplicas, movimiento oscilatorio y movimiento trepidatorio, la arquitectura en la ciudad de México diseñada expresamente para soportar los enojos de la tierra y la torre de Pemex, edificio que puede balancearse sobre su eje hasta dos metros sin peligro de derrumbe, la magnitud del terremoto del 85 y el anunciado “big one”, la falla de San Andrés que domina el contorno de la costa del Pacífico mexicano y californiano y el suelo blando de la ciudad, ya que ésta se construyó en la antigüedad sobre un sistema de lagos y canales…

Es por eso que ahora temo por las réplicas que con seguridad van a venir. Vuelvo a ser consciente del gripazo que tengo. Palpo mi fiebre con el torso de la mano en la frente y me noto muy caliente. La cabeza me duele. Pero no tengo remedio. Me pongo un chándal encima del pijama y salgo a la calle.

Lógicamente evito el ascensor. Cruzo el estacionamiento del Superama (4) y me planto al otro lado de la calle Horacio. Toco el timbre del apartamento de Lucio y me integro en su reunión.

Juan Carlos, Rafa, Iñaki, Lucio y yo intercambiamos nuestra experiencia sobre el sismo, ellos con unas cervezas en la mano y yo con un café que me acabo de preparar. Las horas pasan con música, algún bocata, cervezas y cubatas y una agradable conversación. Yo hago unos esfuerzos increíbles por mantener el tipo. Me duele la cabeza, se me cierran los ojos de fiebre, pero no estoy dispuesto a subir de nuevo al piso.

Un poco después de media noche, esto es, ya en sábado veintiuno de octubre del 95, soy el último en despedirme de Lucio y no tengo más remedio que volver a casa.

Por suerte, ya en la cama, mi estado febril gana la batalla a mis temores y caigo redondo en un sueño profundo.

Carlos Benito CBC

(1) Cuerpo cortado: Expresión mexicana que refleja el malestar típico de un estado febril: ligeros dolores musculares, escalofríos, fiebre, dolor de cabeza…

(2) Zona Rosa: Zona de ocio y turística por excelencia del D.F., donde coinciden multitud de restaurantes, bares de copas y espectáculos…

(3) Alfredo del Mazo González: Político mexicano del entonces partido dominante PRI, que desempeñó varios cargos importantes, tanto a nivel estatal como nacional.

(4) Superama: Cadena de supermercados en la ciudad de México.

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“Si tienes una oportunidad, tómala; el tren nunca para dos veces en la misma estación”. ¡Cuántas veces habremos oído y dicho alguna frase parecida pero con el mismo significado!

Si trasladamos la anterior reflexión al terreno del destino, podríamos deducir que éste es lineal. Avanzamos de la mano de nuestro hado. Nos llegan oportunidades, las tomamos o las ignoramos; entonces decimos que tomamos decisiones. A veces ni cuenta nos damos que ellas estaban allá, a nuestro alcance; y entonces sentimos que simplemente sobrevivimos. Y suele ocurrir que, sin pretenderlo, nos encontremos en medio de un torbellino que nos arrastra; entonces nos excusamos con las circunstancias. Pase lo que pase, la constante es que avanzamos hacia el siguiente instante, conscientes de que no hay vuelta atrás.

Para llevar la contraria, quiero exponer una experiencia personal que parece insinuar que mi destino estaba empeñado en que yo conociera a una persona –a quien a partir de ahora me referiré como “EllA”-, fuera como fuera, y a pesar de nuestras “miopías”.

En un principio, un quiebro del destino eligió el oeste cuando yo hacía meses que señalaba de forma insistente hacia el este y no me cambió de hemisferio cuando yo ya había escogido un lugar en el hemisferio sur. Y es así como un jarrillero acabó en el verano del 95 en la mayor jungla urbana del planeta, México Capital. EllA era natural del Distrito Federal.

Mi destino afinó un poco más y redujo el campo de acción. Yo trabajaba en unas oficinas en la colonia (1) Anzures. Y EllA estudiaba en una academia en la misma colonia. Yo pasaba allá mañana y tarde, EllA sólo las mañanas, a una cuadra (2) de distancia, a penas cien metros. De julio del 95 al siguiente marzo, seguro que coincidimos en la banqueta (3) más de una vez. Pero nos resistíamos a seguir el guión previsto.

Además el destino suponía lo difícil de la misión y añadió un vínculo personal por medio. Diego era el mensajero (4) de la empresa y dependía directamente de mí. Su hermana era la mejor amiga de EllA y también estudiaba en la misma academia. De julio del 95 al siguiente marzo, Diego me había hablado más de una vez de su hermana y su escuela. Aún así, nuestros caminos se negaban a encontrarse.

Trece de marzo, fecha en la que el destino descansa.

Aunque lo parezca, no es un miércoles más. Tanto trabajo como cualquier otro día. Quizás más, tal vez, distinto, porque, con la cabeza a punto de estallar, a las siete y media tiro la toalla. Raro en mí, realmente cansado, decido marcharme una hora antes de lo normal.

Paso por el despacho de Iñaki y le invito a tomar una cerveza, para despejarme. Raro en nosotros, porque de lunes a miércoles, todas las semanas, cada uno se va directamente a su casa, sin cervezas ni reuniones sociales –de jueves a domingo la historia es bien distinta-. Iñaki acepta. Él también se siente muy cansado y necesita romper la dinámica de la semana. Pero aún le quedan diez minutos para acabar el “nosequé”.

En una oficina, en un "diez-minutos" cualquiera, te puede devorar el monstruo de "lo-necesito-para-mañana". Así que le advierto a Iñaki que yo me adelanto, que paso por el supermercado de casa a comprar unas cosillas y que nos vemos en media hora en el Freedom de Polanco.

En otro punto de la ciudad, EllA y su prima conducen hacia Polanco. Sus planes eran otros, pero ese día están sin dinero, a penas para pagar un estacionamiento. Habían sopesado las posibilidades de locales que ofrecieran barra libre para mujeres y se decantaron por el Freedom de Polanco.

En mi mundo, como no he calculado bien los tiempos, llego más tarde. Iñaki no está. Me surge la duda respecto a si ya llegó y al no verme se largó a su casa. Elijo una mesa del bar –al igual que todos los Freedoms, éste se divide en la zona de bar y en la de restaurante-. Pido una cerveza y espero, a mi rollo, con la música de ambiente, con mis asuntos en la cabeza.

En otra mesa del bar, EllA y su prima, con sendas cervezas en la mano, observan cómo entro en el local, cómo busco a alguien, cómo dudo y finalmente elijo una mesa cercana a la suya. En seguida me etiquetan como directivo europeo, en espera de su pareja –se supone que si hubiera sido mexicano, o bien hubiera ido a recoger a mi pareja o bien la hubiera esperado fuera del local, pero nunca hubiera sido tan descortés de entrar yo solo por mi cuenta; también, de acuerdo a su experiencia, era raro ver a un hombre entrar solo en un bar, así que daban por hecho que hubiera una pareja por medio-.

En mi mesa, ya casi me he acabado la cerveza e Iñaki no aparece. Le doy un margen de diez minutos. Si no, me voy a casa. Estoy incómodo. Desde hace un rato las dos chicas de al lado parecen “nerviosas”. O me están tirando los tejos o… me están tirando los tejos. No es día para ligar. Además estoy solo ante el peligro.¡Valiente cobarde! Me piden fuego. ¡Hasta creo que me han guiñado un ojo! Pero yo, firme, con el temple de un torero.

En su mesa, yo ya he sido calificado de gay redomado. Si paso de ellas, la conclusión parece sencilla.

Finalmente, Iñaki llega.

Ya nada me salva. Para ellas, finalmente llegó mi pareja.

Decidimos cenar unos nachos. Le pongo en antecedentes del “juego” de la mesa de al lado. Él tampoco está por la labor. El plan es cenar e irse cada uno a su casa.

Antes de que lleguen los nachos, la prima de EllA se sienta en nuestra mesa. La excusa de un cigarro antecede a un ataque en toda regla. Respiro, ya que la víctima es Iñaki. Cuando la situación parece inalterable, decido llamar a la otra chica. Salgo ganando. Me ha tocado la guapa. Mejor dicho, me ha tocado el gordo. ¡Está pero que muy guapa!

Su mesa queda vacía. Mi mesa, a partir de entonces nuestra mesa, comparte dos conversaciones, un plato de nachos, que nadie prueba, y tres destinos, el de Iñaki, el de la prima y el nuestro, el de EllA y el mío.

Esta historia la he relatado innumerable de veces. Siempre te piden que cuentes cómo conociste a tu esposa. Nos divertía que yo contara mi parte de la historia y que ella contara su parte, para que nuestros oyentes hicieran finalmente una composición de lo ocurrido ese día.

Hoy me he permitido recopilar para ti, campeona, la historia de la ama y la mía, juntas.

Carlos Benito CBC

(1) Colonia: Las ciudades se dividen en colonias y urbanizaciones, como nuestros barrios, pero con identidad administrativa propia.

(2) Cuadra: Manzana.

(3) Banqueta: Acera.

(4) Mensajero: Persona que se dedica a hacer los recados administrativos en la empresa, tales como recoger cheques de los clientes, tareas menores en el banco, sacar fotocopias... En México, cualquier empresa tiene dos puestos seguros: el director general y el mensajero.

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Esta mañana escuché en TVE una noticia que me extrañó gratamente, y que lo lógico es que acabe en el baúl de los desconocimientos del gran público europeo.

La UNAM, Universidad Nacional Autónoma de México, ha desarrollado un proyecto para obtener diamantes sintéticos a partir del tequila. Y el proyecto ha acabado en clamoroso éxito. Este país, cuna del tequila, y su máximo productor a nivel mundial, desde ahora podría derivar parte de este licor a la industria.

Sí, lamentablemente hay un problema. Por ahora no veremos a la primera dama mexicana con joyas fabricadas a partir de un chupito de tequila. Y es que los diamantes obtenidos son tan diminutos que sólo se pueden ver a través del microscopio.

Sin embargo, se estima que las utilidades industriales serán importantísimas. Por ejemplo, dando un baño de polvo de diamantes a una broca, se conseguirá la máxima dureza posible en ella. Otra futura salida será la de sustituir el silicio por polvo de diamantes en los microchips. Y parece ser que también se podrían fabricar bisturís de alta precisión.

El paso para la ciencia es importante. Otra cosa es que el mismo encaje con los intereses económicos de los pocos consorcios o prohombres que dirigen el mundo.

Y por si alguien se ha hecho ya la pregunta de qué pintan unos mexicanos culminando un proyecto de calibre mundial, creo justo dejar en el aire un apunte. Y no es cuestión del amor que tengo a este país y sus habitantes, es que he de resaltar que los mexicanos están considerados unos “cracks” en el área de la programación informática. Las compañías del ya famoso Silicom Valley y empresas del nivel de la NASA se nutren de informáticos de la India y de México, considerados los mejores del mundo. ¡Ahora parece que destacan en la alquimia!

Ya vemos que los mexicanos sirven para algo más que para echarse una siesta arropados por sus sombreros a la sombra de un cactus.

Carlos Benito CBC

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24 Dic 2008

Otro regalo navideño

Estas son tus primeras Navidades en las que ya sabes con total seguridad de dónde vienen Santa Claus y los Reyes Magos. El año pasado algo intuías, mucho dudabas, en el colegio se murmuraba… pero aún no podías olvidar cómo tres años antes apareció en la sala una bici, justo aquella que tanto te gustaba, cuando estábamos todos juntos comiendo los turrones.

No te preocupes. El misterio de los regalos desapareció, pero éstos seguirán. No te olvides de escribir tu carta.

Hace meses empecé a escribir un blog por razones diversas. Pronto me di cuenta de que aquellos textos que se referían a México, aunque escritos para que los leyese cualquiera, en el fondo, iban dirigidos directamente a ti. Por eso decidí crear este otro blog con autonomía propia.

Crecerás y yo envejeceré. Quizás el destino nos separe algún día. Podría ocurrir que tuvieras que seguir los pasos de mamá o que yo tenga que buscar un trabajo lejos de ti.

De todas formas, aunque sigamos juntos, bien sabes que no soy el mejor conversador. Pocas veces hemos hablado de mí… porque mi memoria se olvida de sí misma cuando alcanza las cuerdas vocales.

Sin embargo, me siento a gusto escribiendo, acompasado al ritmo de los recuerdos.

Así quiero que sea éste nuestro medio de transmisión de anécdotas, vivencias, encuentros, sentimientos de nuestra esencia mexicana.

Simplemente, conectándote a elcorreodigital tendrás acceso a mis palabras. Sin embargo, el papel nunca desaparecerá. Por eso voy a recopilar todo lo escrito en este 2008 en un libro, que lo editaré –¡ya sabes!, con los medios a mi alcance- para que lo guardes en tu biblioteca.

¡Felices fiestas campeona!

Argentona, 24 diciembre 2008

Carlos Benito CBC
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Para la gente de buena voluntad y buen corazón
FELIZ NAVIDAD

y

para el 2009, mis deseos:

a los políticos, orden de alejamiento de la sociedad civil,
a los sindicatos, exilio al planeta habitable más cercano,
a los ex-presidentes, ex-ministros y otras sanguijuelas con rentas vitalicias, un poco de dignidad para que devuelvan lo que no es suyo,
a los consejos de administración del sistema financiero y grandes corporaciones, voto de pobreza,
a los terroristas, piratas, señores de la guerra, traficantes de lo-que-sea, bandas organizadas, delincuentes de sangre..., el castigo eterno ¡desde ya!,
a los dirigentes de las televisiones, un transplante de cerebro,
a los tertulianos, columnistas y cotillas del corazón, que empiecen a currar ¡desde ya!,
a la SGAE, que abra una rosticería de pollo frito -si no saben, que les asesore el rey del pollo frito- y no nos roben más,
a los fanáticos religiosos, que les ilumine su dios,
a los colectivos necesitados, como los dependientes, los incapacitados y los enfermos con "enfermedades raras", mi bendición y organización para exigir sus derechos,
al planeta Tierra, que resista un poco más, hasta que la necedad humana sea vencida por la cordura,
a mí, que estoy en caída libre, que se abra pronto el paracaídas, que, si no, el leñazo será morrocotudo,
a mi familia mis amigos y al resto de la buena gente de buen corazón, que somos la mayoría, salud, que nos respete el trabajo, y que se nos cumplan nuestros deseos.

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Sobre este blog

... desde los 27 que no vivo en Portu, hace ya casi dos décadas. Me convertí en un nómada, nómada laboral, en pos de un plato de garbanzos. Primero Castilla y León, más tarde Madrid... a pesar de no haber salido de la península me sentía extranjero en esas tierras -mi Portu es mucho Portu-. Más tarde viví casi diez años en México -ellos agradecen que utilicemos la x y a nosotros no nos cuesta nada- y curiosamente allí nunca me sentí extranjero. Ahora me toca vivir en Cataluña... y soy doblemente extranjero... porque añoro más que nunca mi Euskadi y porque me obligan a utilizar un idioma que me cuesta horrores aprender -yo lo siento más que nadie pero lo de los idiomas no es mi fuerte y a estas alturas de mi vida...-.
… desde la adolescencia me ha acompañado un utópico pensamiento: “Libertad… hermosa bandera, desgarrada pero erguida… que se abre paso como el trueno, contra el viento…” Que nadie se equivoque… cualquier cosa menos pretensiones políticas.
Carlos Benito CBC

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