Ayer y después de varios meses de inactividad, retomé mis clases de yoga. Aunque tenía varias opciones que prometían comodidad y limpieza, decidí elegir la más arriesgada. Así que anteponiendo tradición y autenticidad, llegué hasta el Centro Cultural de la India en El Cairo. Qué lugar podría ser mejor, me dije, al fin y al cabo el yoga es originario del Valle del Indo.

Lo encontré en la misma calle que el edificio Yacoubian, entre tiendas chillonas iluminadas con neón rosa y amarillo, típicas heladerías y locales de comida rápida con sabor a comino. Ya en el portal, no conseguí descubrir ninguna indicación que me guiara a través de los pisos. Así que elegí la primera puerta en la planta baja, junto a una placa sujeta por un único clavo roñoso que indicaba el horario de alguna oficina. Aquel pasillo oscuro no conducía más que a un patio interior por donde me salieron al paso unos gatos hambrientos que parecían vigilar su feudo.

Subí al primer piso con cierto susto pasando entre hojas de periódicos atrasados, cartones y objetos varios. Entonces vi el letrero que decía YOGA. Entré en un amplio salón y me sorprendió la pulcra sencillez y confort del lugar que encontré. Perfectamente alineadas estaban las alfombras individuales con las colchonetas. El profesor, sentado en una tarima, se preocupaba por los achaques que traían los alumnos.

Busqué un lugar libre y como en los tiempos de la universidad, cuando tocaba examen, sólo encontré algo en la primera fila, nariz con nariz con el yogi. Desde allí observé con curiosidad al resto de los compañeros.

Las caras que vi, me resultaron simpáticas y sobre todo me maravilló la indumentaria de la mayoría de ellos. En cuestión de ropa deportiva, uno se encuentra de todo, pero lo que había allí, juro que no lo había visto jamás.

Una mujer guapísima, de pelo cubierto, estaba dispuesta a hacer contorsiones con jersey de cuello alto, pantalón de franela y por encima de todo aquello, un vestido de lana marrón que le cubría las rodillas. Otras llevaban varias piezas superpuestas que colgaban como en jirones hasta el suelo ocultando toda la piel. Había hombres que se disponían a hacer el "pino" con pantalones vaqueros y algún que otro con pana gruesa.

Yo, que me había imaginado algo parecido, decidí dejar en casa los pantalones de deporte para adolescentes que vende Zara y que logran tapar apenas las vergüenzas y me busqué uno que me llegara hasta la cintura-ombligo, de manera que cuando tuviera que saludar al sol, no tuviera que mostrar por escasez de tela, el trasero o la rabadilla, algo que sin duda me hubiera dado popularidad inmediata.

Empezó la clase con solemnidad y desde luego, el hombre sabía lo que hacía. Las explicaciones a cada práctica fueron precisas. Sólo hubo un pequeño detalle con el cual no contaba y es que el hombre tenía un deje "pelín" cerrado y los que habéis oído hablar inglés a un oriundo de la India, me entenderéis lo que digo. Hablan fluidamente, pero con un acento de los mil demonios.

A la orden de "birrrrreiiiiiiitiiiIN" "bereeeeertiOT", no supe qué hacer y acabé guiándome por los gestos y sonidos que emitía el profesor, hasta que comprendí que aquello debía ser "breathe in" "breathe out". Más tarde, tuvimos que cerrar los ojos y seguir su voz y no me quedó más remedio que espiarle sigilosamente con ojos entreabiertos intentando vislumbrar lo que estaba haciendo. Si me descubría en alguna ocasión, me decía "clorousss yarrr aiis" plis (léase close your eyes). Y así fui siguiendo una clase que , a pesar de tanto "erererrrrrr" acabó siendo magnífica.

Llegamos al final y hubo que presentarse. Cada uno fue explicando los motivos por los cuales se había inscrito en el curso. Me sorprendió que la mayoría, entre los que había varios universitarios, buscaban armonía y controlar su estrés y me pareció que cada vez es más joven la gente que necesita un manual de instrucciones para esta vida loca.

Salí caminando y llegué hasta los puentes que conducen a la isla y comprobé aliviada que no me alteraba nada, ni siquiera el barullo enloquecido de esta inmensa ciudad.

7 comentarios | Enlace permanente

7 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Saray

Saray dijo

Hola de nuevo Celia,

Sigue siendo un magnífico placer leerte, lo haces todo tan divertido....
Seguro que el yoga en El Cairo con un monitor hindú debe de ser genial.
Cuidate y besitos.

Celia Ruiz dijo

Hola Saray!!
pues si es divertido, además los participantes son simpáticos y exóticos y el profesor, es de verdad muy bueno...ya os contaré cómo siguen las cosas.
besos!!

Mikel

Mikel dijo

En las grandes ciudades, todo convive y siempre se viven buenas experiencias como la que relatas.
Divertido relato.

Saludos

Anasan

Anasan dijo

No está nada mal: una clase de yoga, para luego salir a la efervescente ciudad de los contrastes.......parece contradictorio y a la vez necesario¡¡¡
un abrazooooooooo de osoooooooooo

aizpuruisabel dijo

Hola Celia, soy Pepito. O sea, que el profe hablaba como Apu, el de los Simpsons ¿no? Jo, pues a mi me hace mucha gracia. Otra cosa ¿has visto las pirámides? ¿son muy grandes? Bueno, que lo pases bien en ese sitio tan lejos.

lari

lari dijo

Buenas noches,

(Bilbao sigue en su sitio, parece que se ha calmado el Nervión).

Como para no salir relajada, después de afinar tanto el oído y contonearte, salir a la calle y fue la gloria.

Ja, ja, ja. Un beso, Celia.

Celia Ruiz dijo

Hola Pepito,
vaya que has llegado lejos!! lo sabe tu madre??

Lari,
si se le ocurre al Nervión hacer una de las suyas, el agua llega a mi casa,así que tiemblo....

Mikel, las grandes ciudades ofrecen de todo, sólo que hay que quemar mucha energía hasta encontrar lo que merece la pena.

Anasan, cuando salgo de clase, me puede pasar una apisonadora por encima, no me entero, o no me importa, mejor dicho.

Un abrazo a todos

Escribe tu comentario


Si prefieres firmar con tu avatar, haz login

Sobre este blog

Llevo unos 14 años viviendo por el mundo, de la mano de un marido alemán que como veréis, amplió mis horizontes.

Dejé Bilbao para vivir y trabajar en Alemania, luego fue México y por último Egipto, El Cairo.

En la UPV estudié Ciencias de la Información y trabajé varios años en el sector de las Artes Gráficas, también en Alemania, donde además, continué con mis estudios de especialización y postgrado.

Cuando aterricé en esta increíble ciudad, se me abrieron los ojos de par en par y no me quedó más remedio que contarlo. Si queréis contactar conmigo podéis hacerlo en: cuadernosdecairo(arroba)gmail(punto)com

ver perfil [+]

ver otros blogs [+]

Sígueme en Twitter. Lo que pasa en mi mundo y en el de otros.

    Suscríbete

    Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):

    Lo que cuentan otros

    PUBLICIDAD