Cuadernos de El Cairo
Y de la noche a la mañana me vi expatriada en El Cairo, viviendo entre pirámides, gatos resabiados y turbantes blancos.

Todo el mundo en El Cairo te dice que el tren es, sin duda, la mejor opción para viajar a Alejandría y la razón que argumentan tiene su peso. La autopista que une ambas ciudades, llamada Alexandria Road, es una de las más peligrosas del país, y los conductores, que en Egipto están totalmente asilvestrados, se desmadran ansiosos de llegar al mar y hacen que la cuota de siniestralidad sea una de las más altas del mundo.
La primera vez que viajé a la ciudad de Alejandro Magno, el energúmeno que me llevó me tuvo en vilo los 200 y pico kilómetros de trayecto, saltándose a la torera cualquier norma de urbanidad, chinchando a los demás con el claxon y zigzageando, zig, zag, zig, zag a velocidad de vértigo por todos los carriles, que debían ser suyos.
Así que conociendo el percal, he decidido seguir la recomendación de los amigos y esta mañana he ido a la estación de tren con la intención de subirme por poco más de 3 euros en el vagón de primera clase del famoso tren con destino a Alejandría.
La estación a primera hora de la mañana es un hormiguero. Un intenso ir y venir de pasajeros, empleados, policías y muchos ancianos despreocupados que matan el tiempo en cualquier esquina.
A la hora prevista, un montón de vagones cochambrosos aparece con cierto donaire en el andén. No veo ningún cartel que me indique el destino, así que para estar segura, pregunto y las peores sospechas se confirman, es mi tren.
Sin perder la esperanza, recorro con la mirada las secciones esperando encontrar la primera, más limpia y reluciente, pero rápidamente me doy cuenta que aquí, primera clase tiene otro significado, que creo que es que no se admiten ni pollos ni cabras.
Una vez dentro, aquello es una cámara frigorífica, no se qué pretenden conservar, pero la temperatura te mantiene alucinado todo el viaje. En el asiento delantero van un montón de niños que no dejan de tiritar, pobres.
La tapicería es convenientemente oscura, con unos toques de grasa por aquí y otros de pintura por allá. Por los cristales escurren unos churretes que tupen a la perfección la ventana y que ayudan notablemente a luchar contra el sol si tienes la mala suerte de que te caiga de ese lado. Y del suelo, qué os puedo decir!, una sima inexplorable de colores indefinidos y texturas misteriosas. Eso sí, si consigues abstraerte y entender que las cosas no son siempre como uno espera, el viaje puede ser de lo más agradable y apacible.
El trayecto dura algo más de dos horas. El tren atraviesa el delta del Nilo hasta llegar al mar mediterráneo. El paisaje es muy verde, con campos de cultivo, dátiles, plátanos y maíz y salpicado de pueblos pequeños, carros y burros por todas partes.
El viaje se hace corto y sin darte cuenta llegas a la estación, donde montones de taxistas esperan en el andén a los viajeros más desorientados.
El trayecto hasta el malecón de la playa dura unos 20 minutos. Se circula por una ancha avenida de varios carriles que discurre paralela al mar y que separa la playa de la primera linea de la ciudad con sus edificios residenciales, terrazas y comercios. Aquí no hay semáforos, y los pasos de cebra no tienen ningún significado, por lo cual los peatones se tienen que jugar la vida para llegar al otro lado. Y lo peor de todo, lo tienen que hacer varias veces al día.
El espectáculo es increíble. A pesar de ser el centro de la ciudad, los cientos de coches circulan a unos 80 o 100 kms por hora, en tres o 5 carriles, dependiendo de la zona. Hoy he visto familias enteras cruzando para llegar a la playa, con montones de bolsas, llevando bebés y niños de la mano que apenas podían andar. Los coches no paran, les esquivan, es un milagro que no les pasen por encima...aunque he oído decir que hay muchos atropellos diarios.
Allí me quedo mirando un rato hasta que yo también consigo llegar al otro lado. Me asomo con mucha curiosidad para ver como pasa un día de playa una familia musulmana.
En la playa no cabe un alfiler. El espectáculo me tiene hipnotizada, no veo trajes de baño, ni bikinis ni tumbonas al sol, tampoco hay chiringuitos, ni cervecitas, ni lolailos ni nada de nada, pero la gente parece estar pasándolo bien, o no?.
Sobre este blog
Llevo unos 14 años viviendo por el mundo, de la mano de un marido alemán que como veréis, amplió mis horizontes.
Dejé Bilbao para vivir y trabajar en Alemania, luego fue México y por último Egipto, El Cairo.
En la UPV estudié Ciencias de la Información y trabajé varios años en el sector de las Artes Gráficas, también en Alemania, donde además, continué con mis estudios de especialización y postgrado.
Cuando aterricé en esta increíble ciudad, se me abrieron los ojos de par en par y no me quedó más remedio que contarlo. Si queréis contactar conmigo podéis hacerlo en: cuadernosdecairo(arroba)gmail(punto)com
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