Por Pacho Igartua
13 Mar 2008
No estoy pasando por los mejores días de mi vida, tampoco los peores, pero siento una especie de remolino en mi interior que no sé si es el efecto de la radio o el recelo que infunde una máquina tan poderosa como la que me recorre el cerebro con su maquiavélico rayo. He cumplido ya con mis tres primeras sesiones y de momento no noto ni mejora ni empeoramiento; sólo un tremendo cansancio que me impide afrontar una simple comida con normalidad. No hay más remedio que pasar por el aro, aunque ello implique, además de la curación, un debilitamiento de la moral, la fuerza interior que me asiste. El miedo, sin duda, turba la mente y el estómago.
La sala de espera del acelerador no está muy concurrida. Es pequeña, luminosa y tranquila. Todos los que allí se dan cita aspiran a lo mismo: que el poder de la radio les reporte una rápida curación. Pero mientras se espera siempre hay algún acompañante que no es capaz de reprimir sus inmensas ganas de conocer la dolencia que le afecta al del gorrito, o al del pañuelo o el que se frota con insistencia el abdomen, o el que simplemente dormita a la espera de que llegue su hora. La verdad es que no suelo satisfacer la curiosidad de esos maestros de la indiscreción y me limito a decir que tengo una herida muy grande en la cabeza.
Cuando llaman por megafonía o a gritos, como he oído en alguna ocasión, traspaso la puerta donde están los controles y transito por un largo pasillo que va a parar al majestuoso aparato. Allí, me tumbo, me colocan una máscara a mi medida que me impide mover la cabeza y en poco más de treinta segundos salgo por el mismo pasillo con la sensación de que me han achicharrado las neuronas. Luego me siento cansado, sin muchas ganas de hacer nada y con la cabeza caliente caliente, colorada como un tomate maduro y pensando, al menos durante unos segundos, que he dado un importantísimo paso para acabar con el intruso.
Ah! Me alegro por Kam, a la que parece que todo se le ha quedado en un susto.
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Blog de carácter intimista en el que se describen situaciones más o menos cotidianas y en el que se abordan las cosas del día a día, desde el punto de vista de un periodista.
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