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29 May 2008

‘Tres eran tres las hijas de Elena. Tres eran tres y ninguna era buena’. La cantinela era poco más o menos así y, aunque yo quisiera establecer un símil con los retoños malditos de mi azotea, sólo el número, el tres, guardaría cierta relación con el dicho popular. Si la resonancia del martes en el Oncológico de San Sebastián muestra tres lesiones, me las quitan con radiocirugía. En el caso de que haya surgido un nuevo foco, habrá que buscar nuevas soluciones. Queda un camino corto para el próximo lunes, pero me temo que hasta entonces las horas se van a dilatar de tal forma, que acabarán agotando una vez más la paciencia del paciente.

Trato de protegerme de los efectos nocivos de la espera originada por pruebas que pueden ser cruciales para que llegue la curación definitiva. Muchas veces lo consigo y otras me tumbo en la cama y dejo que fluyan hacia las sombras de la habitación miles de pensamientos que me llevan por peligrosos desfiladeros. Sé que son situaciones poco recomendables para mantener la mente sana y por eso trato de evitarlas, pero noto que me falta un punto de optimismo que debo recuperar como sea. La ayuda de los míos y la vuestra desde los bellísimos comentarios que aportáis a este blog, me hacen fuerte y me aportan confianza en el futuro

Durante estos cuatro últimos días habéis hecho referencia a un comentario de Fernando, que realmente no estuvo muy afortunado al expresar su opinión sobre el blog de las comuniones. Creo que a través de vosotros mismos entendió que este espacio se mueve entre sensaciones, sentimientos, emociones, anécdotas, cosas de casa que compartimos entre todos. Además, este blog no es un coto cerrado, la puerta está abierta a todo aquel que quiera compartir con nosotros una simple fantasía o un profundo sentimiento que se atreva a confesar…

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15 May 2008

Mil perdones! Quiero pediros disculpas por no haber escrito una sola línea referente a los resultados de las pruebas médicas del lunes, pero es que necesitaba unos días para asimilar las consecuencias. Presiento que quien firma ‘Coches eléctricos en París’ es un familiar muy próximo, que conocerá por esa cercanía buena parte de este punto y seguido en la historia de un hombre que cree firmemente en un futuro muy lejano. Quiero agradecerle al parisino su comentario, al igual que al resto de los que me apoyáis en este guerra sin cuartel, que tiene su siguiente batalla en el Oncológico de San Sebastián.

Tenía auténtico pavor al informe del escáner, que tenía la misión de explorar el cuello, el tórax y el abdomen, pero cuando entramos en la consulta escuché con una gran mueca de felicidad la voz del médico: ¡El tac está bien! Luego, tras un relativamente largo silencio, el doctor llamó a la secretaría porque no tenía las conclusiones de la resonancia craneal. La ‘secre’ no encontraba el documento y el especialista decidió salir de la sala y actuar como apoyo en la misión de búsqueda. Nosotros, mi mujer y yo, nos quedamos mirando a las musarañas, resquebrajándonos las cabezas como si tratáramos de visionar en nuestras mentes los datos que arrojaba la resonancia.

Cinco larguísimos minutos después, el médico entró en la consulta con un gran sobre marrón donde se cobijaban de la luz las placas de la cabeza y una hoja de papel en la que se detallaban los puntos más importantes de la exploración. No quiero ser dramático, pero en esta prueba se detectan tres tumores donde antes había dos, aunque son operables por medio de la radiocirugía. Confieso que yo tenía la esperanza de que las diez sesiones de radio hubieran exterminado al invasor, pero no lo han hecho. ¿Decepción? Mucha. Tengo, sin embargo, la suerte de que la quimioterapia no es todavía necesaria. Y eso es bueno para mi hígado, que sufriría mucho con ella.

La radiocirugía, que prácticamente consiste en quemar el tumor con un rayo certero, sólo se ejecuta en el Oncológico de San Sebastián, donde tengo una cita el lunes que viene. Allí evaluarán los informes del hospital y me otorgarán día y hora para la intervención. Coincidireis conmigo en que de lo malo esto es lo mejor. El resto del cuerpo está bien y hay que felicitarse por ello

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17 Abr 2008

Sobre la mesilla, colgado del aplique de la pared, hay una hoja de algún bloc del colegio que uno de mis hijos me dedicó en Semana Santa. Se trata de un huevo de Pascua con ojos, una gran sonrisa, cubierto de escamas de infinidad de colores. Reside ahí enganchado desde hace ya muchos días, pero ahora siento en él la presencia de una muestra de cariño que va más allá del beso al llegar a casa, preludio de la game-boy. Supongo que este huevo tan alegre vivirá mucho tiempo suspendido en el aplique porque su mirada afectiva me enseña el amor incondicional de mis hijos.

El lunes acudí a la cita con el radioterapeuta. La conversación discurrió por los derroteros previstos, aunque surgieron preguntas y respuestas que dejaron el asunto a expensas de una resonancia y un escáner, que serán los que determinen la próxima actuación. No parece que la radio haya acabado definitivamente con el malo de la película, pero existen algunas opciones. En el caso de que el escáner del cuello hacia abajo no muestre signos de infección, radiocirugía cerebral. De lo contrario, quimioterapia. La resonancia craneal servirá para comprobar los efectos de la radio.

La oncóloga me recibió el martes, pero no aportó nada a lo hablado el día anterior con el radioterapeuta. Ella sólo actuará en el caso de que la solución se encuentre en la quimio.

Cuando entro en el hospital no tengo que dar mi nombre. En el momento que me ven las enfermeras, sólo me hacen un gesto de aprobación. “¡Vale, ya sabemos que has llegado!”.Y es que eso de ser un cliente habitual marca mucho. Lo que no saben es el miedo que me va a recorrer el cuerpo hasta que no se conozcan los resultados de las pruebas, las pesadillas que me van a perseguir durante la noche o el profundo sentimiento de culpabilidad por no darles a mis hijos un padre sano. Estoy seguro de que el huevo con ojos me echará una mano; al menos me mostrará su sonrisa de colores.

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Sobre este blog

Cosas de casa

Blog de carácter intimista en el que se describen situaciones más o menos cotidianas y en el que se abordan las cosas del día a día, desde el punto de vista de un periodista.

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