Por Pacho Igartua
06 Mar 2008
Una persona, a la que yo considero sabia, me dijo una vez que para estar enfermo hay que tener muy buena salud. Parece una contradicción, pero es que para afrontar una situación adversa es ineludible tener las armas necesarias para combatirla y siempre en perfecto estado de conservación. Mi salud, al margen de esas dos intrusiones en mi mala cabeza, es bastante buena. No tengo dolores; no he notado anomalías en mi sistema motriz, ni en la vista, que son los posibles afectados por la situación de los tumores; mi salud mental es, creo yo, mejor que buena, y la contemplación del futuro está limpia y clara porque estoy seguro de que habrá muchos presentes y pasados en mi próxima existencia.
Han transcurrido unos días desde que recibí la fatídica noticia de que algo no iba bien en mi cerebro. Ahora estoy mas tranquilo porque he asumido la situación y el radioterapeuta me ha dado esperanzas de cara a la reducción de los intrusos o, incluso, a su completa exterminación. Sólo son esperanzas, pero habrá que agarrarse a ellas porque de ello, pienso que en una parte importante, depende el éxito de la misión.
El carrusel de idas y venidas al hospital se inició el lunes con furia desenfrenada. Un pariente especialista en neurocirugía descartó una posible intervención; al parecer no es conveniente operar cuando el caso afecta a dos lóbulos. Los departamentos de Plástica, Radioterapia y Oncología decidieron que era mejor aplicar radio y en eso eso estamos, calentando sillas de sala de espera, preparándome para achicharrar a los malditos bichos del demonio.
Tiene gracia, creo que olvidé ponerle sello a la carta que le envié el otro día al odioso invasor pariente del diablo. No importa porque sabe lo que pienso de él y de su maldita forma de actuar, sabe que tengo una familia a la que proteger, sabe que es lo más importante, lo más trascendental y lo más valioso que hay en mi vida y sabe que con mis hijos, mi mujer y, por qué no, el perro y el gato, ¡no se juega! No podrá con la esperanza.
17 Feb 2008
Me siento como un auténtico veterano forjado en mil batallas, con una hoja de servicios vasta e intachable. En realidad, mi historial pesa más de la cuenta; no sé si en el gran carpetón hay mucho espacio para seguir añadiendo pruebas, biopsias, intervenciones quirúrgicas, ingresos… Y es que las células diabólicas trabajan en tres frentes: lanzan sus dardos envenenados en cirugía plástica, radiología y oncología. Yo sólo soy el burro de carga, el medio de transporte que les trae y les lleva de un sitio a otro. Procuro ir lento, pero recibo unos latigazos del ‘cochero’ que son de lo más sangrientos. El último fue hace menos de una semana y, aunque falta la confirmación, el papel que lo certifique, el bulto extraído no parece dejar lugar a dudas: es maligno.
El viernes acudí a la consulta para que el doctor me examinara la herida y para parlamentar sobre el asunto de la radio. El remiendo estaba tan sumamente bien hecho, cosas de la estética, que prácticamente no dejaba ver la cicatriz. Con el aspecto quirúrgico casi solventado, había que hablar de los posibles remedios que pudieran evitar nuevos brotes en la línea que van marcando los dos últimos ataques.
El cirujano tiene claro que hay que cortar el camino a los invasores y ve la posibilidad de hacerlo con la radioterapia, que ya se utilizó en la parte superior de la cabeza. También contempla una nueva práctica a base de lingotazos de quimioterapia, aunque para eso supongo que es necesario conocer el destino exacto de la sustancia. Este asunto debe tratarse entre las tres partes implicadas, en una comisión que va a examinar mi caso con detenimiento. Para ello debo realizarme una revisión de pies a cabeza.
Confieso que estos dilemas no me sientan muy bien, que hay momentos en los que sólo puedo mirar hacia dentro con la vista perdida en el infinito, que esta película es un auténtico tostón, que aunque la esperanza es lo último que se pierde hay sensaciones que uno no puede evitar. Me gustaría que mi familia no tuviera que soportar todo esto.
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Pacho IgartuaBlog de carácter intimista en el que se describen situaciones más o menos cotidianas y en el que se abordan las cosas del día a día, desde el punto de vista de un periodista.
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