Por Pacho Igartua
14 Feb 2008
La zona de quirófanos del edificio nuevo del hospital es algo espectacular. La sala de espera, una antigua capilla, es enorme y tremendamente luminosa. Esta estancia está plagada de pequeños ‘saloncitos’, que posibilitan una interesante distancia entre unos y otros enfermos. Allí sólo estuvimos unos segundos porque nos pasaron enseguida a una salita mínima pegada a la entrada a quirófanos, que traspasé sin más preámbulos cinco minutos después.
Una vez dentro y tumbado en una camilla, con la mirada perdida en los confines de un techo anodino, dos enfermeros que me reconocieron como habitual en esas lides me regalaron un recorrido turístico a lo largo de anchos pasillos, sorteando columnas, cruzando puertas… Confieso que no habría sabido cómo llegar al quirófano en el que entramos si me hubieran dejado solo.
Bajo los tremendos focos de la sala de operaciones me despojaron de la camisa y me taparon con sábanas para que no pasara frío. Una enfermera de más alto rango me saludó con un “¿Otra vez por aquí?”. “Ya ves -le dije-. Es que no puedo vivir sin vosotros”. Luego llegó el cirujano, me saludó, me tapó la cara y me acribilló a pinchazos la parte de atrás de la oreja izquierda, que es donde se encontraba el ganflio infectado.
La intervención transcurrió con normalidad, no sentí dolor; sólo la incomodidad de escuchar al lado del oído el corte de la carne y el raspado de la zona durante unos minutos. Cuando terminó de remendar la herida y la enfermera me ponía un apósito un tanto aparatoso, el doctor se acercó al lado en el que podía verle y dijo: “Vamos a tener que radiar , así que vienes el viernes y lo hablamos”. Sólo se me ocurre insinuar que la cosa está que arde, aunque me cuesta mucho verle la gracia.
17 Ene 2008
Hacía mucho calor en la sala de espera junto a los quirófanos, donde aguardaban los familiares de los que estaban operando en aquellos momentos. Intentamos sentarnos junto a ellos pero el único hueco libre estaba al lado de un radiador al rojo vivo. Cuando la megafonía escupió mi nombre, yo deambulaba por los pasillos buscando algún lugar más refrescante que aquel horno infernal. Le dejé la chaqueta a mi mujer y entré sin más preámbulos en la sala de operaciones, siguiendo a una simpática enfermera que me hizo quitarme la camisa y los objetos metálicos, como el reloj y el anillo. Me tumbé en la camilla bajo los focos del quirófano y esperé a que llegara mi cirujano, que se acercó a mi para explicarme lo que iba a hacer, su modus operandi. Ya conocía el mecanismo.
En algunos vuelos, el piloto pronuncia una frase particular antes de acelerar el aparato: “¡Despegue inmediato!”. En cirugía, y más si la anestesia es local, el inicio de la intervención no es tan emocionante.: “Un ligero pinchacito…” . Pues en esta ocasión esa ligereza logró estremecerme; la entrada del narcótico hizo más daño del que yo había calculado. Fue sólo un momento, un pequeño mal rato sin más.
La operación transcurrió con normalidad entre el sonido del bisturí eléctrico, las pinzas y demás artilugios colocados sobre mi pecho y un sudor extremo debido a que me habían cubierto de sábanas hasta las orejas .No sentí nada de dolor y todo acabó con un concienzudo zurcido, que dejará una cicatriz más que añadir a mi frondosa colección.
El cirujano me enseñó un botecito en el que había una bolita de aspecto viscoso y blanquecino, que era ni más ni menos que lo que me había extraído en la operación. Tiene que ser analizado y no sabré el resultado hasta dentro de dos semanas, pero puede ser que no tenga nada que ver con mi enfermedad. Estoy convencido de que no es nada malo. Sólo quería contároslo.
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