Por Pacho Igartua
08 May 2008
Un jueves cualquiera de hace aproximadamente un año, cuando los niños llegaron del colegio corrieron hacia la ventana de la habitación del fondo. En el alfeizar, sobre la tierra sin flor de una maceta de arcilla marrón, una paloma gris, casi negra, estaba empollando dos huevos pequeños, blancos y prácticamente iguales. Se alternaba en ese menester con su palomo del alma que sustituía a su pareja de vez en cuando para que ésta fuese a picotear algo por ahí. Los niños, los tres, empezaron a alborotarse un poco más que lo acostumbrado y pronto comprendimos la razón del griterío: los huevos habían eclosionado y dos polluelos amarillos con los ojos totalmente cerrados insistían en cobijarse bajo el vientre de su madre
La historia de este nacimiento se inició cuando en uno de esos momentos en los que en casa se rompe todo –el lavaplatos, la lavadora, el microondas…-, se estropeó también la persiana de la habitación de Eva, situada al fondo de la casa. La ventana de este dormitorio da a un patio interior, pequeño y silencioso, con lo que la paloma encontró allí un sitio perfecto para poner sus huevos. Nosotros permanecíamos ajenos a la existencia y actividad de los colonos de nuestro alfeizar, hasta que un buen día el persianero nos llamó por teléfono para comunicarnos que tenía a bien dejarse caer por nuestra casa a eso de las cuatro de la tarde. Como es habitual en estos casos el técnico apareció dos horas más tarde y se metió en faena sin contemplaciones. La persiana se había caído hasta abajo de la ventana y era necesario abrir el cajetín para acceder al sencillo mecanismo que había que reparar. El técnico tardó sólo diez minutos en terminar su trabajo y se llevó 60 euros. Uno comprende en esos momentos que una licenciatura muchas veces resulta ruinosa...
Cuando fuimos a la habitación para cerciorarnos de que la dichosa persiana funcionaba correctamente vimos a través de los cristales a una paloma que nos miraba desde el alfeizar de la ventana de un vecino. No le dimos demasiada importancia hasta que cuando salimos del cuarto vimos que la paloma voló hasta la maceta sin flor. Más tarde comprobamos que sobre la tierra del tiesto había dos huevos en período de gestación. Desde entonces fuimos inspeccionando las idas y venidas de unas aves que, sin duda, aunque no entraran dentro de casa, suponían un atractivo más para restar unos minutos de televisión o de playstation. El gato, por su parte, parecía también interesado en los quehaceres de la familia de palomas, a la que observaba con paciencia, asombro y un toque importante de mosqueo. Sabía que no podía echarles la zarpa.
Sólo sobrevivió uno de los dos polluelos, que echó el vuelo en apenas tres semanas. No sabemos nada más de aquella familia tan pintoresca, pero durante estos últimos días una paloma y su pareja merodean por el patio, quizá buscando esa maceta marrón…
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Blog de carácter intimista en el que se describen situaciones más o menos cotidianas y en el que se abordan las cosas del día a día, desde el punto de vista de un periodista.
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