Por Pacho Igartua
24 Abr 2008
El pasado martes me hicieron el escáner, al que acudí recordando la última experiencia con la guapa enfermera de los bellos ojos. Allí estaba ella esperando con la sonrisa de alguien que supuestamente está segura de lo que va a hacer en los próximos minutos. Aunque yo albergaba serias dudas al respecto, entré ataviado con la bata de recluso hospitalario en la sala donde habita el radiológico aparato, me tumbé en la camilla boca arriba y me encomendé a todos los dioses del universo y aledaños para que la aguja del contraste entrase a la primera sin perturbar mi desfallecida concentración. Los dioses estaban dormidos o, posiblemente, de vacaciones, porque no escucharon mi ahogado grito de dolor tras el tremendo aguijonazo en el dorso de la mano izquierda. La aguja se movía bajo mi piel como si tratara de sacar petróleo, pero no encontró nada. Los ojos de la enfermera, que sólo fue capaz de susurrar un tímido lamento, ya no me parecían tan bonitos. Ella sacó el punzón de mi mano y se fue a mortificar las venas del brazo, donde falló una vez más. Al final, cuando al parecer supuso que yo ya había sufrido bastante, acertó en algún lugar que resultó ser muy doloroso. No dije ni pío, sólo me quejé para mis adentros, pero llegué a la conclusión de que esa mujer era una bruja disfrazada de enfermera. Estoy harto de sufrir dolores, de aguantar en silencio, resignado, las judiadas de los maestros del bisturí, que parecen no entender que sus ‘clientes’ también lloran. Puedo soportar un grado alto de dolor, lo sé por experiencia. Es más, no le tengo miedo al dolor físico; más me duelen las cosas ingratas de la existencia que me toca sentir. Me hace daño la tristeza, la soledad, la indiferencia. A eso le tengo mucho respeto, pero cuento con una tropa de gente, comandada por mi familia, que me estimula para sobreponerse, por ejemplo, a brujas con agujas asesinas.
20 Abr 2008
Hoy es 20 de abril, el día que nació Hitler y, casualmente, el día que nació mi ex-mujer. No hay comparación posible en esta sinsorga coincidencia, pero debo decir, en honor a la verdad, que el demonio austriaco no me hizo nada. Lo cierto es que no merece la pena dedicar ni medio segundo a recordar desabridos episodios de un pasado que no ocupa casi nada en el disco duro de mi delicado cerebro. Prefiero dirigir mis energías a sentir las emociones del día a día y mis pensamientos a la mujer excepcional que tengo a mi lado y de la que estoy profundamente enamorado.
Hace unas semanas me encontré con un buen amigo que salía de un funeral visiblemente afectado. Me dijo, apesadumbrado, que había fallecido su médico. Mi amigo ha tenido ya dos transplantes de riñón y tiene una especie de válvula instalada en el brazo, denominada reservorio, para que, cuando le pueda fallar el órgano afectado, entre directamente en diálisis. Su vida es muy dura y complicada por múltiples razones, pero la lleva como un auténtico campeón. Su pena es que había sobrevivido a su doctor.
Mi amigo suele decir con cierta sorna que ambos somos ‘enfermos profesionales’. El, por su riñón defectuoso, y yo, por todo lo que me ha ocurrido desde el famoso ‘efecto 2000’. Cuando el mundo entero se preocupaba por la informática, yo me debatía entre la vida y la muerte tras un error médico en una simple operación de vesícula, que acabó destruyéndome medio hígado. Fueron cinco terribles años con interminables ingresos e intervenciones de siete horas. Llegué al final de aquel trance con la salud hecha trizas y una cicatriz de cuarenta centimetros, pero... cuando estaba saliendo del túnel me introduje en este oscuro sendero de más pena que gloria.
El martes me han dado cita para realizar el escáner, que espero que confirme que no hay ninguna cosa sospechosa del cuello para abajo. Esa sería una estupenda noticia, que elevaría los ánimos a alturas estratosféricas. Confío en que esta vez la guapa enfermera que se encarga de colocar al paciente bajo el aparato, se resista a volverme a romper una vena. Que recuerde con ahínco que soy un ‘enfermo profesional’.
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Blog de carácter intimista en el que se describen situaciones más o menos cotidianas y en el que se abordan las cosas del día a día, desde el punto de vista de un periodista.
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