19 Jun 2008

Otto, nuestro gato, es casi un viejillo de catorce años que se conserva moderadamente bien. El no hace excesos, sale de casa de ciento en viento cuando le llevamos a la casa de campo de mis suegros y su único vicio son los Friskyes de conejo, pollo y verduras. Consume su vida como todos los gatos del mundo, durmiendo18 horas al día en los rincones más calientes de la casa y dedicando el resto a sus necesidades, entre las cuales se encuentra el acercamiento a los humanos de su, y digo ‘su’, actual residencia. Los gatos nos dejan vivir en su casa y el perro así lo reconoce.

Mientras escribo, Otto se suele acercar a mirar la pantalla del ordenador. Se queda un rato, a veces hasta que termino y otras se va antes… ¿Será que no le gusta lo que cuento? No lo sé, pero hoy le veo triste. Creo que intuye que estamos debatiendo el asunto de las vacaciones y él sabe que no va a venir con nosotros. No lo pasará mal porque en verano convivirá con el resto de los gatos de la familia en la casa de mis suegros.

Qué difícil es elegir un destino de vacaciones. Cuando lo haces no piensas en ti sino en los niños y eso condiciona mucho las cosas. Además, somos cinco, una muchedumbre que hace que todo sea carísimo. Me encantaría llevarles a Londres que es una ciudad que conozco y que me gusta pasearla, pero da la sensación de que los gemelos prefieren playa. El mayor si disfrutaría de los encantos de la capital británica.

También se nos ha pasado por la cabeza hacer una de esas travesías por ríos franceses, navegando en barcos de alquiler que uno mismo maneja, salvando alturas a través de decenas de exclusas y haciendo escalas donde les plazca a los navegantes. Cualquier opción es cara, son sueños en el aire, pero quizá con lo que devuelva Hacienda… Tengo claro que habrá que hacer un esfuerzo para que mi familia se sienta lo más alejada de todo cuanto huela a alcohol y betadine. Yo prometo seguir escribiendo durante el verano, aunque durante unos días no me acompañe mi gato. Hoy no se ha movido. ¿Le habrá interesado el relato?

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15 Jun 2008

Tengo un familiar que confía plenamente en las propiedades curativas de la nutrición, que debe alejarse de todo lo que produzca toxinas o sirva de alimento a las células malignas. Hace muy poco tiempo que he ganado una gran batalla de esta guerra cruel y despiadada en la que yo no tenía ninguna intención de participar, pero ahora ha llegado el momento de trabajar a larga distancia, colocando barreras que inutilicen cualquier maniobra del enemigo. El tratamiento alimenticio, en el que no intervienen medicamentos, se basa en verduras frescas, fruta variada con predominio de la piña, cereales, legumbres, pescado azul no muy grande, carne de pollo o conejo, y aceite de oliva virgen. El pan debe ser de cereales o integral y la leche de soja o la que contiene ‘Omega 3’.

Hay que huir de las grasas, de las harinas refinadas, de los azúcares y de las fritangas por ejemplo. El pescado al horno, las patatas cocidas, los huevos duros y poco o nada de carne de cerdo o de vaca. Un absoluto rollazo, necesario por otra parte para debilitar a algún ‘golpista’ que deambule por ahí y perezca en el intento.

Es necesario adelantarse a los acontecimientos y para eso hay que aumentar las defensas. Dentro de esa dieta hay unas cápsulas rellenas de una setas japonesas –nada de perretxikos- que se toman en cada comida y tienen la particularidad de favorecer un aumento importante de las defensas.

Sin embargo, el premio gordo se lo lleva el té verde a granel, que funciona como antioxidante y como antiinflamatorio. Dos tomas al día son suficientes para odiarlo, aunque siempre hablo bajo mi punto de vista, claro. Debo confesar que sigo estas instrucciones casi al pie de la letra. Al enemigo, ni agua.

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12 Jun 2008

Cuando salí el viernes pasado del Oncológico de San Sebastián estaba realmente cansado, agotado del tratamiento, pero con unas inmensas ganas de respirar aire puro y de tomar un café después de mucho tiempo. Eva me llevó a Hondarribia y allí, bajo un enorme chaparrón, miré al cielo mientras se aguaba el café y pensé en lo maravilloso que es cobijarse bajo un enorme paraguas contemplando la paz con la que reposan los botes sobre aquellas tranquilas aguas que dan al paseo.

Han pasado unos días desde entonces y ya me siento más descansado y con la casi total seguridad de que las células que se habían colado justo al lado de donde uno fabrica sus pensamientos, han sido completamente aniquiladas. El problema es que esos bichos ya inactivos, muertos, saldrán de mi cuerpo con el tiempo. Mientras tanto, no pasa nada, yo les pasearé por las calles como si fuera su féretro andante. Desde que me colocaron los tornillos de la máscara de titanio la historia de las malditas células pasó a ser la crónica de una muerte anunciada; conocíamos el final.

Los niños están soñando con esas vacaciones de verano que hace algunas semanas estaban tan en el aire. Los médicos del Oncológico me han citado para la ‘Itv’, la revisión, en septiembre, con lo que podremos ir a alguna parte buscando un rayo de sol o una playa lejana donde enterrar algunos fantasmas. Mi vida va a ser ahora más larga y espero recuperar un poco de mi aspecto físico perdido, poco a poco, pero sin pausa. El gato me lo exige, el perro me lo implora, mi mujer y mis hijos me demandan que ande a su paso y yo me desviviré para cubrir sus expectativas.

p.d. Lamento no haber podido estar junto a mis compañeros en la concentración del pasado lunes en el Arriaga, pero estaba muy tocado todavía por la radiocirugía. Yo me siento vasco como la mayoría de gente que vive aquí, al margen de ser o no ser periodista. Dudo mucho que los que ponen las bombas se sientan vascos; son simples mercenarios de la violencia.

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08 Jun 2008

Tenía un miedo atroz a los tornillos que sujetan al cráneo la máscara de titanio. Era algo con lo que había soñado durante toda la semana, como tratando de descubrir por ciencia infusa la forma de hacer las cosas que tienen los del Oncológico de San Sebastián. No se pareció en nada a lo que yo había imaginado, pero… vamos por partes. En primer lugar, gracias por vuestras muestras de apoyo; estoy seguro de que vuestra influencia ha contribuido en buena medida a que la radiocirugía haya sido todo un éxito. Lo que viene a continuación es la historia de una muerte anunciada.

El jueves pasado me presenté en el Oncológico con una bolsa de viaje y un frasco de moral concentrada para pasar la jornada de la mejor forma posible. A las doce y media nos llevaron a la habitación, que compartimos con una simpática pareja de jubilados de Eibar. El tenía algún problema de próstata, que curaban con un sistema de agujas y de radio, muy difícil de entender por los simples mortales. En el cuarto sólo estaba la señora, a la que mandaron salir porque me iban a extraer sangre y colocar una vía. No lo hicieron del todo mal… serán mis brazos.

La mañana la pasamos sumidos en el aburrimiento de los sudokus, crucigramas, juegos de barcos y algo de lectura de muy difícil concentración debido a la consabida ubicación de nuestras almas. Pasaron las horas y a eso de las seis menos cuarto me llevaron en una silla de ruedas a hacer un tac, un escáner. Me lo hicieron, pero antes me colocaron en la cabeza un artilugio robado en alguna película de Frankenstein, que en principio sólo les servía para señalar con el rotulador cuatro puntos. Luego me anestesiaron localmente alrededor de cada marca y después me atornillaron al cráneo la máscara.

Volví a la habitación y, metidos en esa mecánica de paciencia sin límites, esperamos más de tres horas a que viniera el encargado de bajarme al ‘solarium’, donde iban a dar ‘matarile’ a los ocupas. Estuve anclado a la camilla móvil sin posibilidad de mover el cuello ni un milímetro durante dos largas horas, en las que los doctores masacraron los tumores uno a uno.

El siguiente paso consistió en desenroscar los tornillos y quitar la máscara. Volví a la habitación a las doce de la noche con un dolor de cabeza considerable, que mitigué lentamente con un nolotil en vena. La noche fue terrible para mi vecino de habitación y me costó dormir a pesar del cansancio acumulado, pero mis ojos se cerraron al fin y mi mente se sumergió en un sueño sin imagen ni sonido.

Confieso que aún estoy muy cansado y me cuesta mucho hilar dos frases seguidas, pero os debía este comentario. Gracias de nuevo por vuestro apoyo.

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03 Jun 2008

Ayer fue un día bonito. Cuando dejamos a los niños en el colegio por la tarde, cogimos el coche y nos fuimos al puerto deportivo de Getxo pare ver un trozo de mar, muy revuelto, y pasear bajo el cálido sol de una tarde de primavera. Tomamos incluso un café en una de las terrazas de grandes sillones más cercanas a la Capitanía de Puerto y dejamos que el tiempo fuera pasando hasta que llegaran las seis de la tarde. A esa hora debíamos llamar al Oncológico de San Sebastián para saber si, a la vista de los resultados de la resonancia, era viable la radiocirugía.

La incertidumbre se iba apoderando de nosotros, nos iba encerrando en sus redes y trataba de crear un conflicto entre la llamada que nos sacara de dudas y cualquier otra solución imposible. Llegaron las seis más rápido de lo esperado, pero estábamos al final del muelle de Arriluce, junto al viejo faro, con un moderado viento que impedía tener una conversación fluida a través del móvil con el doctor del centro donostiarra.

Nos acercamos a la zona de tiendas marítimas y desde allí llamamos por teléfono al Oncológico. “Sí. La resonancia muestra las mismas lesiones que en la prueba anterior y del mismo tamaño. Hemos examinado este caso durante la reunión de los lunes y se ha decidido aplicar radiocirugía el próximo jueves. Le llamarán para decirle a qué hora tiene que ingresar”. Todo muy escueto, pero positivo, muy positivo.

Es posible que tarde unos días en escribiros, pero lo haré en cuanto sea posible y os relataré el tortuoso camino de la radiocirugía, que ahora es un maná caído del cielo.

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01 Jun 2008

El estado de ánimo es algo cambiante. A lo largo del día, con sus veinticuatro horas, hay tiempo para un montón de emociones, que provocan a veces situaciones de cabreo y de buen rollo, de sueños y realidades, de tristeza y alegría, de desesperación y ánimo jubiloso… No sólo ocurre durante el día; también por la noche, cuando dormimos, la cabeza retumba en nuestro interior, al menos en el mío, originando fantásticos sueños o recreando situaciones ficticias procedentes del deseo del subconsciente, que aún no están definidas en el mundo real. También llegan sin avisar pesadillas pavorosas, que nos trasladan a cavernosos infiernos y dejan asomar nuestros miedos internos.

Sin embargo, el capricho a veces se ceba en el destino de cada persona y altera su capacidad de enfrentarse a la vida en igualdad de condiciones que otros. Estos días estoy un poco gruñón, aunque quizá sólo sea por la comida, que ha variado un montón desde hace algunas semanas. Mucho pescado azul, mucha fruta, piña sobre todo, y nada de grasas. Puede ser por eso o por el insufrible té verde, que huele y sabe a rayos. Pueden ser muchas cosas, pero las noticias que vamos a recibir mañana crean una incertidumbre tal, que se nubla un poco la visión panorámica de nuestra propia existencia.

Mañana será un día clave en mi vida porque de la decisión que hayan tomado los del Oncológico de San Sebastián va a depender mi futuro, que es el de mi mujer y mis hijos. Nunca había pensado en trágicos destinos y deseo que así sea siempre, pero ahora quiero con más intensidad esa cirugía que incinere lo que tan malos tragos nos hace pasar. Me imagino continuamente como va a ser la intervención, así que espero que se realice. De momento, voy a dibujar una sonrisa que alce el vuelo y desde mi hogar os llegue y os impregne de un puntito de felicidad.

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29 May 2008

‘Tres eran tres las hijas de Elena. Tres eran tres y ninguna era buena’. La cantinela era poco más o menos así y, aunque yo quisiera establecer un símil con los retoños malditos de mi azotea, sólo el número, el tres, guardaría cierta relación con el dicho popular. Si la resonancia del martes en el Oncológico de San Sebastián muestra tres lesiones, me las quitan con radiocirugía. En el caso de que haya surgido un nuevo foco, habrá que buscar nuevas soluciones. Queda un camino corto para el próximo lunes, pero me temo que hasta entonces las horas se van a dilatar de tal forma, que acabarán agotando una vez más la paciencia del paciente.

Trato de protegerme de los efectos nocivos de la espera originada por pruebas que pueden ser cruciales para que llegue la curación definitiva. Muchas veces lo consigo y otras me tumbo en la cama y dejo que fluyan hacia las sombras de la habitación miles de pensamientos que me llevan por peligrosos desfiladeros. Sé que son situaciones poco recomendables para mantener la mente sana y por eso trato de evitarlas, pero noto que me falta un punto de optimismo que debo recuperar como sea. La ayuda de los míos y la vuestra desde los bellísimos comentarios que aportáis a este blog, me hacen fuerte y me aportan confianza en el futuro

Durante estos cuatro últimos días habéis hecho referencia a un comentario de Fernando, que realmente no estuvo muy afortunado al expresar su opinión sobre el blog de las comuniones. Creo que a través de vosotros mismos entendió que este espacio se mueve entre sensaciones, sentimientos, emociones, anécdotas, cosas de casa que compartimos entre todos. Además, este blog no es un coto cerrado, la puerta está abierta a todo aquel que quiera compartir con nosotros una simple fantasía o un profundo sentimiento que se atreva a confesar…

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25 May 2008

Nicolás, uno de mis sobrinos, tiene nombre de Zar y ayer recibió la primera comunión, su primera hostia, esta vez consagrada. Fue, quizá, el día más feliz de su todavía corta existencia, el aliento de consciencia que por primera vez encumbra a un hombre a sentirse el centro de atención de su pequeño mundo. Ayer, vestido de marinero seguro que se sintió todo un apuesto capitán, que no olvidó en el momento preciso pronunciar las frases que le habían asignado en los preparativos. Fue un gran día para todos y mucho más para él, que estuvo rodeado por su familia al completo.

Recuerdo mi primera comunión con cierta nostalgia. Entonces, la hacíamos con algunos años menos y no teníamos que pasar por tediosas sesiones de catequesis, que ahora parecen exigir incluso a los que estudian en colegios religiosos. Aquel día yo era aún un niño de siete u ocho años, tremendamente contento porque me habían regalado un reloj; de niño, pero un reloj. Había que darle cuerda porque entonces yo creo que todavía no nos habían invadido los japoneses. Sólo me lo ponía los domingos y era mi pequeña joya, que hoy en día se ha trasladado a la ‘Ds’ o a la ‘Wii’.

Había algo en aquel uniforme que me cautivaba por su brillo y su sonido: los zapatos de charol. Confieso que me sentía atraído por ese negro tan resplandeciente y ese taconeo que mi padre utilizaba al andar con sus zapatos de suela dura. Durante muchos domingos, cuando iba a misa con mis padres, me ponía el reloj y cubría mis pies con el charol bien pulido. Trataba de seguir el zapateo de mi padre aunque me costaba mucho en aquellos tiempos. Sin embargo, seguí utilizando aquellos zapatos hasta que no me entraron los pies en ellos.

El traje pasó por mis dos hermanos pequeños y se extinguió en Oquendo, cuando el último que lo utilizó se cayó de un columpio y se rompió la nariz. El uniforme, blanquísimo, se tiño de rojo y casi resultó tan escandaloso como la sangre en la nieve. No creo que mi hermano pequeño guarde mal recuerdo de aquel día. Seguro que fue el más feliz de su vida.

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22 May 2008

No sé si hay autobuses que te lleven al Oncológico de San Sebastián, pero el aparcamiento estaba repleto de coches; sólo quedaban algunas plazas en la zona reservada para los trabajadores de la clínica, que está ubicada en un recinto ajardinado, apartado del bullicioso casco viejo donostiarra. Del interior sólo pude ver el gran hall de la entrada, donde un centro de mando capitaneado por tres enfermeras tamizaba la llegada de pacientes y ‘aspirantes’ a serlo, que tras la recogida de datos eran enviados a la sala de espera.

Nosotros llegamos a las cuatro de la tarde, entregamos los informes del hospital y, tras aportar los datos personales para la inevitable ficha de registro, nos dijeron que volviéramos a partir de las seis de la tarde. Los médicos, al parecer, examinan en una reunión los nuevos casos y entre todos deciden el modo de actuación ante cada uno de los ‘candidatos’. Volvimos al centro de la ciudad y nos sentamos en una terraza a tomar un café y una menta-poleo.

A las seis de la tarde estábamos sentados en un rincón de la sala de espera, rodeados de un montón de personas que soñaban, como nosotros, en que nos atendieran lo antes posible. Dos horas después, cuando yo ya había contado todas las losetas del suelo, el número de sillas de la enorme sala y daba vueltas en mi cabeza pretendiendo saber quiénes estaban delante de nosotros, una enfermera pronunció mi nombre mirándome a la cara. Allí no hay megafonía.

Cuando entramos en la consulta, el doctor tecleaba con insistencia en el ordenador, leyendo el informe y mirando luego las placas de la resonancia. Nos dijo que había unas normas inamovibles para realizar una radiocirugía: no debe haber más de tres lesiones y ninguna de ellas pude tener más de tres centímetros. La prueba aportada por el hospital así lo demostraba, pero no servía. El martes tenemos que volver al Oncológico y allí mismo me harán una resonancia para comprobar si la cosa sigue igual. Lo sabré el 2 de junio, por teléfono, bajo la pavorosa penumbra de la incertidumbre. Debo confiar en que algo, por fin, salga perfecto. El lunes fue un día de tinieblas

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18 May 2008

Los médicos me preguntan por mi mano derecha, por mi ojo derecho, que si noto algo fuera de lo normal. Y yo les contesto que no y me miran con extrañeza. Debe ser porque lo que se aloja en mi cabeza sin haber sido invitado, esos bultos que albergan la esperanza de sobrevivir a pesar de no ser bien recibidos, están situados en la parte izquierda de mi cerebro y eso produce efectos adversos en el costado derecho del cuerpo.

No hago más que mirar y mirar el informe que llevaré mañana al Instituto Oncológico de San Sebastián. Dos folios de intervenciones, ‘interferones’, radiaciones, injertos, dolores, costuras, remiendos… Y todo por una ligera mancha en la parte superior de mi cabeza que resultó ser una amenaza para mi vida. Ahora sólo me quedan la serenidad y la confianza en que los galenos del Oncológico apunten bien y liquiden a la huestes enemigas en un abrir y cerrar de ojos; no más de tres guiños.

Hasta hace no muchos días me sentía un poco avergonzado cuando iba a consultas o me sometía a cirugías en las que me preocupaba más que me pusieran una sonda para poder orinar cuando saliera de la anestesia que la propia intervención y su buena ejecución y resultado. Veía a los demás pacientes y me parecía que estaban mucho peor que yo, que sufrían dolores que yo no tenía o que podía soportar sin casi pestañear. Creía y todavía creo que soy un tipo con suerte, pero ahora el vecino maligno de mi ‘azotea’ no hace más que arrastrar sillas durante toda la noche. Confío en que los fotones o lo que rayos sean acaben con los residentes pelmazos y con todo su maldito mobiliario.

Veo a mis hijos sonreír y jugar y, aunque muchas veces no estoy de humor para aguantar tanto ajetreo, quiero seguir viéndoles disfrutar de la vida. Y a veces, entre sollozos, reposo mi cabeza en la almohada cuando me acuesto y recuerdo una playa, un balón y tres niños, los míos, tratando de meterle un gol a su padre. Espero que me queden miles de chutes que parar y millones de besos que dar.

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Sobre este blog

Cosas de casa

Blog de carácter intimista en el que se describen situaciones más o menos cotidianas y en el que se abordan las cosas del día a día, desde el punto de vista de un periodista.

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