Por Pacho Igartua
25 May 2008
Nicolás, uno de mis sobrinos, tiene nombre de Zar y ayer recibió la primera comunión, su primera hostia, esta vez consagrada. Fue, quizá, el día más feliz de su todavía corta existencia, el aliento de consciencia que por primera vez encumbra a un hombre a sentirse el centro de atención de su pequeño mundo. Ayer, vestido de marinero seguro que se sintió todo un apuesto capitán, que no olvidó en el momento preciso pronunciar las frases que le habían asignado en los preparativos. Fue un gran día para todos y mucho más para él, que estuvo rodeado por su familia al completo.
Recuerdo mi primera comunión con cierta nostalgia. Entonces, la hacíamos con algunos años menos y no teníamos que pasar por tediosas sesiones de catequesis, que ahora parecen exigir incluso a los que estudian en colegios religiosos. Aquel día yo era aún un niño de siete u ocho años, tremendamente contento porque me habían regalado un reloj; de niño, pero un reloj. Había que darle cuerda porque entonces yo creo que todavía no nos habían invadido los japoneses. Sólo me lo ponía los domingos y era mi pequeña joya, que hoy en día se ha trasladado a la ‘Ds’ o a la ‘Wii’.
Había algo en aquel uniforme que me cautivaba por su brillo y su sonido: los zapatos de charol. Confieso que me sentía atraído por ese negro tan resplandeciente y ese taconeo que mi padre utilizaba al andar con sus zapatos de suela dura. Durante muchos domingos, cuando iba a misa con mis padres, me ponía el reloj y cubría mis pies con el charol bien pulido. Trataba de seguir el zapateo de mi padre aunque me costaba mucho en aquellos tiempos. Sin embargo, seguí utilizando aquellos zapatos hasta que no me entraron los pies en ellos.
El traje pasó por mis dos hermanos pequeños y se extinguió en Oquendo, cuando el último que lo utilizó se cayó de un columpio y se rompió la nariz. El uniforme, blanquísimo, se tiño de rojo y casi resultó tan escandaloso como la sangre en la nieve. No creo que mi hermano pequeño guarde mal recuerdo de aquel día. Seguro que fue el más feliz de su vida.
22 May 2008
No sé si hay autobuses que te lleven al Oncológico de San Sebastián, pero el aparcamiento estaba repleto de coches; sólo quedaban algunas plazas en la zona reservada para los trabajadores de la clínica, que está ubicada en un recinto ajardinado, apartado del bullicioso casco viejo donostiarra. Del interior sólo pude ver el gran hall de la entrada, donde un centro de mando capitaneado por tres enfermeras tamizaba la llegada de pacientes y ‘aspirantes’ a serlo, que tras la recogida de datos eran enviados a la sala de espera.
Nosotros llegamos a las cuatro de la tarde, entregamos los informes del hospital y, tras aportar los datos personales para la inevitable ficha de registro, nos dijeron que volviéramos a partir de las seis de la tarde. Los médicos, al parecer, examinan en una reunión los nuevos casos y entre todos deciden el modo de actuación ante cada uno de los ‘candidatos’. Volvimos al centro de la ciudad y nos sentamos en una terraza a tomar un café y una menta-poleo.
A las seis de la tarde estábamos sentados en un rincón de la sala de espera, rodeados de un montón de personas que soñaban, como nosotros, en que nos atendieran lo antes posible. Dos horas después, cuando yo ya había contado todas las losetas del suelo, el número de sillas de la enorme sala y daba vueltas en mi cabeza pretendiendo saber quiénes estaban delante de nosotros, una enfermera pronunció mi nombre mirándome a la cara. Allí no hay megafonía.
Cuando entramos en la consulta, el doctor tecleaba con insistencia en el ordenador, leyendo el informe y mirando luego las placas de la resonancia. Nos dijo que había unas normas inamovibles para realizar una radiocirugía: no debe haber más de tres lesiones y ninguna de ellas pude tener más de tres centímetros. La prueba aportada por el hospital así lo demostraba, pero no servía. El martes tenemos que volver al Oncológico y allí mismo me harán una resonancia para comprobar si la cosa sigue igual. Lo sabré el 2 de junio, por teléfono, bajo la pavorosa penumbra de la incertidumbre. Debo confiar en que algo, por fin, salga perfecto. El lunes fue un día de tinieblas
18 May 2008
Los médicos me preguntan por mi mano derecha, por mi ojo derecho, que si noto algo fuera de lo normal. Y yo les contesto que no y me miran con extrañeza. Debe ser porque lo que se aloja en mi cabeza sin haber sido invitado, esos bultos que albergan la esperanza de sobrevivir a pesar de no ser bien recibidos, están situados en la parte izquierda de mi cerebro y eso produce efectos adversos en el costado derecho del cuerpo.
No hago más que mirar y mirar el informe que llevaré mañana al Instituto Oncológico de San Sebastián. Dos folios de intervenciones, ‘interferones’, radiaciones, injertos, dolores, costuras, remiendos… Y todo por una ligera mancha en la parte superior de mi cabeza que resultó ser una amenaza para mi vida. Ahora sólo me quedan la serenidad y la confianza en que los galenos del Oncológico apunten bien y liquiden a la huestes enemigas en un abrir y cerrar de ojos; no más de tres guiños.
Hasta hace no muchos días me sentía un poco avergonzado cuando iba a consultas o me sometía a cirugías en las que me preocupaba más que me pusieran una sonda para poder orinar cuando saliera de la anestesia que la propia intervención y su buena ejecución y resultado. Veía a los demás pacientes y me parecía que estaban mucho peor que yo, que sufrían dolores que yo no tenía o que podía soportar sin casi pestañear. Creía y todavía creo que soy un tipo con suerte, pero ahora el vecino maligno de mi ‘azotea’ no hace más que arrastrar sillas durante toda la noche. Confío en que los fotones o lo que rayos sean acaben con los residentes pelmazos y con todo su maldito mobiliario.
Veo a mis hijos sonreír y jugar y, aunque muchas veces no estoy de humor para aguantar tanto ajetreo, quiero seguir viéndoles disfrutar de la vida. Y a veces, entre sollozos, reposo mi cabeza en la almohada cuando me acuesto y recuerdo una playa, un balón y tres niños, los míos, tratando de meterle un gol a su padre. Espero que me queden miles de chutes que parar y millones de besos que dar.
15 May 2008
Mil perdones! Quiero pediros disculpas por no haber escrito una sola línea referente a los resultados de las pruebas médicas del lunes, pero es que necesitaba unos días para asimilar las consecuencias. Presiento que quien firma ‘Coches eléctricos en París’ es un familiar muy próximo, que conocerá por esa cercanía buena parte de este punto y seguido en la historia de un hombre que cree firmemente en un futuro muy lejano. Quiero agradecerle al parisino su comentario, al igual que al resto de los que me apoyáis en este guerra sin cuartel, que tiene su siguiente batalla en el Oncológico de San Sebastián.
Tenía auténtico pavor al informe del escáner, que tenía la misión de explorar el cuello, el tórax y el abdomen, pero cuando entramos en la consulta escuché con una gran mueca de felicidad la voz del médico: ¡El tac está bien! Luego, tras un relativamente largo silencio, el doctor llamó a la secretaría porque no tenía las conclusiones de la resonancia craneal. La ‘secre’ no encontraba el documento y el especialista decidió salir de la sala y actuar como apoyo en la misión de búsqueda. Nosotros, mi mujer y yo, nos quedamos mirando a las musarañas, resquebrajándonos las cabezas como si tratáramos de visionar en nuestras mentes los datos que arrojaba la resonancia.
Cinco larguísimos minutos después, el médico entró en la consulta con un gran sobre marrón donde se cobijaban de la luz las placas de la cabeza y una hoja de papel en la que se detallaban los puntos más importantes de la exploración. No quiero ser dramático, pero en esta prueba se detectan tres tumores donde antes había dos, aunque son operables por medio de la radiocirugía. Confieso que yo tenía la esperanza de que las diez sesiones de radio hubieran exterminado al invasor, pero no lo han hecho. ¿Decepción? Mucha. Tengo, sin embargo, la suerte de que la quimioterapia no es todavía necesaria. Y eso es bueno para mi hígado, que sufriría mucho con ella.
La radiocirugía, que prácticamente consiste en quemar el tumor con un rayo certero, sólo se ejecuta en el Oncológico de San Sebastián, donde tengo una cita el lunes que viene. Allí evaluarán los informes del hospital y me otorgarán día y hora para la intervención. Coincidireis conmigo en que de lo malo esto es lo mejor. El resto del cuerpo está bien y hay que felicitarse por ello
11 May 2008
Mañana será uno de los días más trascendentales de mi vida, será cuando me entere de los resultados de las últimas pruebas, será el inicio de lo que me depare el futuro, será quizá un punto y aparte en este recorrido tortuoso, será sin duda lo que Dios quiera. Durante las últimas semanas he permanecido en una especie de zona muerta, como si tratara de olvidar el estado en el que se encuentra mi imprevisible existencia. He incidido poco en la enfermedad a través de este blog, porque no he pensado en ella. Dicen que no hay mayor odio que el de la indiferencia, aunque para eso son necesarios los sentimientos y qué saben esos bichos de cosas tan superfluas, tan carentes de sentido para ellos, unos seres que perdieron su alma hace ya demasiado tiempo.
Ahora llega el momento de tener los nervios a flor de piel, de esperar noticias con ansiedad, con demasiado agobio. Pero, bueno, la incertidumbre, la profunda niebla que vela mis ojos no podrá disisparse hasta mañana. Tengo confianza en que mi futuro sea inalcanzable a simple vista y que las pruebas así lo confirmen.
Siempre he tenido facilidad para sumergirme en mis sueños, adentrarme en un mundo más o menos feliz donde es sencillo abastecerse de evasiones que hagan olvidar los malos momentos. La vida me ha dado palos como a otros muchos y eso te ayuda en forma de experiencia a capear más de un temporal.
Confieso que durante las últimas semanas me he sentido terriblemente cansado en el plano físico, pero el aspecto psicológico no se ha desviado demasiado de lo políticamente correcto. He transitado por los aledaños de la enfermedad, pero buscando sueños que me saquen de la obsesión y evitando conversaciones que se refieran al mela… Mañana asumiré mi victoria con júbilo pero con la caballerosidad propia del guerrero triunfante.
08 May 2008
Un jueves cualquiera de hace aproximadamente un año, cuando los niños llegaron del colegio corrieron hacia la ventana de la habitación del fondo. En el alfeizar, sobre la tierra sin flor de una maceta de arcilla marrón, una paloma gris, casi negra, estaba empollando dos huevos pequeños, blancos y prácticamente iguales. Se alternaba en ese menester con su palomo del alma que sustituía a su pareja de vez en cuando para que ésta fuese a picotear algo por ahí. Los niños, los tres, empezaron a alborotarse un poco más que lo acostumbrado y pronto comprendimos la razón del griterío: los huevos habían eclosionado y dos polluelos amarillos con los ojos totalmente cerrados insistían en cobijarse bajo el vientre de su madre
La historia de este nacimiento se inició cuando en uno de esos momentos en los que en casa se rompe todo –el lavaplatos, la lavadora, el microondas…-, se estropeó también la persiana de la habitación de Eva, situada al fondo de la casa. La ventana de este dormitorio da a un patio interior, pequeño y silencioso, con lo que la paloma encontró allí un sitio perfecto para poner sus huevos. Nosotros permanecíamos ajenos a la existencia y actividad de los colonos de nuestro alfeizar, hasta que un buen día el persianero nos llamó por teléfono para comunicarnos que tenía a bien dejarse caer por nuestra casa a eso de las cuatro de la tarde. Como es habitual en estos casos el técnico apareció dos horas más tarde y se metió en faena sin contemplaciones. La persiana se había caído hasta abajo de la ventana y era necesario abrir el cajetín para acceder al sencillo mecanismo que había que reparar. El técnico tardó sólo diez minutos en terminar su trabajo y se llevó 60 euros. Uno comprende en esos momentos que una licenciatura muchas veces resulta ruinosa...
Cuando fuimos a la habitación para cerciorarnos de que la dichosa persiana funcionaba correctamente vimos a través de los cristales a una paloma que nos miraba desde el alfeizar de la ventana de un vecino. No le dimos demasiada importancia hasta que cuando salimos del cuarto vimos que la paloma voló hasta la maceta sin flor. Más tarde comprobamos que sobre la tierra del tiesto había dos huevos en período de gestación. Desde entonces fuimos inspeccionando las idas y venidas de unas aves que, sin duda, aunque no entraran dentro de casa, suponían un atractivo más para restar unos minutos de televisión o de playstation. El gato, por su parte, parecía también interesado en los quehaceres de la familia de palomas, a la que observaba con paciencia, asombro y un toque importante de mosqueo. Sabía que no podía echarles la zarpa.
Sólo sobrevivió uno de los dos polluelos, que echó el vuelo en apenas tres semanas. No sabemos nada más de aquella familia tan pintoresca, pero durante estos últimos días una paloma y su pareja merodean por el patio, quizá buscando esa maceta marrón…
04 May 2008
Las fiestas de cumpleaños no suelen ser un gran problema, pero se complican un poco más cuando se celebran por partida doble. Y es que los gemelos, Carlos y Eva, nacieron con siete minutos de diferencia un 4 de mayo de hace ocho años. Durante los tres últimos meses hemos respondido varias veces al día, casi siempre con un resoplido de inmensa paciencia, a la misma pregunta: ¿Cuánto falta para nuestro cumpleaños? Las últimas semanas han ido enterándose de este acontecimiento el panadero, la frutera, el kioskero, todos y cada uno de los vecinos, hasta el ciego que vende el cupón en la esquina, que tiene un labrador íntimo amigo de nuestra perra.
La particularidad de este octavo cumpleaños es que cae en domingo y en un largo puente con buen tiempo en casi toda la península, que nos ha obligado a retocar un poco los planes. Además, Eva tiene sus amigas y Carlos tiene sus amigos. Las ‘chuches’ para toda la clase del colegio se repartirán mañana, lunes, pero las celebraciones con los ‘amigos’ hay que hacerlas por separado y en días distintos para que no se desquicien las neuronas. ¿Complicado? No, el año que viene será peor.
Cuando empieza a hacer buen tiempo solemos pasar los fines de semana en una casa de campo que mis suegros tienen en un pueblo cercano a Vitoria, prácticamente a los pies del Gorbea, donde el frío vive a cuerpo de rey. Hoy nos juntaremos unos cuantos mayores y una pila de niños, que serán los que verdaderamente disfruten de la fiesta. Los gemelos recibirán un montón de regalos. No diré cuáles han sido los nuestros, pero, aunque sé que les van a encantar, no estoy seguro de haber acertado.
Aunque no podemos olvidar que aún quedan los festejos con los amigos o amigas, mañana será otro día. No será tan especial, pero si más valioso porque sabrán un poco más de la vida que ayer y, además, será el principio de la cuenta atrás para la vacaciones de verano, la Navidad o el próximo cumpleaños.
01 May 2008
Siempre había pensado que Lucifer era poco más que una fábula creada por la Iglesia para aterrorizar a los creyentes que no querían pasar la eternidad entre llamas infernales. Lo había madurado así desde que me introduje en el mundo real tras pasar un montón de años en un colegio religioso. Durante estos últimos días esa convicción se me ha desvanecido como el último aliento de la vida. El demonio ha aparecido en la localidad austríaca de Amstetten y, aunque se haga pasar por Josef Fritzl, se trata sin duda de la reencarnación pura y dura del ángel caído.
Por desgracia estamos acostumbrados a leer, escuchar o ver noticias relacionadas con crímenes, violaciones, mujeres maltratadas que en muchas ocasiones son asesinadas por sus maridos. En estos casos también está presente el demonio, aunque el que se hace llamar Josef reúne todas las cualidades para conformar una realidad que nunca podría ser concebida en la ficción. No quiero entrar en detalles que ya conocemos todos, pero el infierno tiene que ser prácticamente igual que esos 24 años que ha pasado Elisabeth encerrada en una celda de castigo, violada día tras día, convertida en una tiranizada esclava sexual, tratando de sobrevivir junto a tres hijos que nunca han pisado una acera.
La angustia que me produce la situación supongo que será compartida por mucha gente, por todos los que tienen hijos a los que quieren por encima de todo, que nunca encomendarían su alma al diablo como el aparentemente humano Josef. No creo que los maltratadores y este austríaco en el punto jerárquico más alto sean unos descerebrados, porque el grado de premeditación es enorme y el raciocinio está indudablemente intacto.
En mi caso, los demonios me rondan en forma de células malignas. El día 12 de mayo me dirán cómo están de salud y confío en que me digan, más o menos, que han caído en coma profundo irreversible. No creo que la Justicia se me eche encima si a esos demonios se les aplica la eutanasia activa.
27 Abr 2008
La envidia no es buena compañera, pero a veces es inevitable que a uno se le pongan los dientes largos cuando presencia el disfrute privilegiado de algunos de los muchos que nos cruzamos por la calle, porque vivimos a pocos metros. Desde mi ventana se pueden ver tiendas, bares, agencias de viajes y de lotería, bancos, kioscos de periódicos, peluquerías… Si miramos un poco más arriba, podemos certificar que el del cuarto piso de la casa de enfrente tiene muy bien cuidados sus geranios, o que la señora de la limpieza del segundo hace que los cristales de los balcones brillen como el sol, o que el viejecillo del quinto nos enseñe su arrugado torso desnudo cada mañana…
Ayer por la noche, con una excelente temperatura, miré un poco más arriba, justo en el último piso, uno que tiene una gran terraza. Allí, con unas cuantas velas sobre la mesa, cinco personas cenaban en la más estricta intimidad bajo la atenta mirada de las estrellas. Desde esa altura estoy seguro de que las luces de la ciudad no impiden la visión de las constelaciones o la luna en su máximo esplendor. Esa es mi pequeña envidia, supongo que como tantas otras, que aportan a nuestra existencia un cierto toque de aspiración contenida.
Lo cierto es que mis pretensiones se centran en cosas tan evidentes como la felicidad de los míos o la curación definitiva de un cuerpo maltrecho por las agresiones de Lucifer en forma de mela… Ambas cuestiones son ineludibles, pero cómo sería el mundo sin fantasías, sin locos sueños o quimeras imposibles. Mi vida está muy centrada en los resultados de un escáner y una resonancia, pero no puedo evadirme de lo que considero un auténtico placer: cenar con la cálida luz de las velas, bajo un techo plagado de estrellas, en la terraza de enfrente.
24 Abr 2008
El pasado martes me hicieron el escáner, al que acudí recordando la última experiencia con la guapa enfermera de los bellos ojos. Allí estaba ella esperando con la sonrisa de alguien que supuestamente está segura de lo que va a hacer en los próximos minutos. Aunque yo albergaba serias dudas al respecto, entré ataviado con la bata de recluso hospitalario en la sala donde habita el radiológico aparato, me tumbé en la camilla boca arriba y me encomendé a todos los dioses del universo y aledaños para que la aguja del contraste entrase a la primera sin perturbar mi desfallecida concentración. Los dioses estaban dormidos o, posiblemente, de vacaciones, porque no escucharon mi ahogado grito de dolor tras el tremendo aguijonazo en el dorso de la mano izquierda. La aguja se movía bajo mi piel como si tratara de sacar petróleo, pero no encontró nada. Los ojos de la enfermera, que sólo fue capaz de susurrar un tímido lamento, ya no me parecían tan bonitos. Ella sacó el punzón de mi mano y se fue a mortificar las venas del brazo, donde falló una vez más. Al final, cuando al parecer supuso que yo ya había sufrido bastante, acertó en algún lugar que resultó ser muy doloroso. No dije ni pío, sólo me quejé para mis adentros, pero llegué a la conclusión de que esa mujer era una bruja disfrazada de enfermera. Estoy harto de sufrir dolores, de aguantar en silencio, resignado, las judiadas de los maestros del bisturí, que parecen no entender que sus ‘clientes’ también lloran. Puedo soportar un grado alto de dolor, lo sé por experiencia. Es más, no le tengo miedo al dolor físico; más me duelen las cosas ingratas de la existencia que me toca sentir. Me hace daño la tristeza, la soledad, la indiferencia. A eso le tengo mucho respeto, pero cuento con una tropa de gente, comandada por mi familia, que me estimula para sobreponerse, por ejemplo, a brujas con agujas asesinas.
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