Por Pacho Igartua
05 Sep 2008
A veces me asaltan las dudas mientras las llamadas al orden de mis neuronas son desoídas como si pasaran de mis deseos. Otras veces, mis dedos se resisten a teclear con soltura frases sencillas o incluso palabras cortas. Hay veces en las que la escritura se esconde en algún desconocido recoveco cerebral, donde las letras se burlan de la lógica y parecen sumergirse en una ciénaga de confusión que resulta del todo insondable.
Mi pensamiento deambula sobre un teclado expectante, al que no llegan las ideas con claridad. Mi cuerpo se traslada de un sitio a otro titubeante, buscando algo indefinido que sólo mediante el rastreo se consigue encontrar. Finalmente, me planto ante la pantalla del ordenador y me veo obligado a escribir con mi mente enfocada a cada letra, a cada espacio, a cada nuevo error. Cuando emana una frase de mi cabeza no consigo la rapidez necesaria como para lo que quiero decir circule con suficiente fluidez.
Desde hace quince o veinte días, quizá por la pérdida de peso de las últimas semanas, la debilidad se ha apoderado de mi cuerpo y me ha arrebatado facultades que mantenía intactas. Ahora no puedo conducir porque mi falta mi de reflejos pondría en peligro a mi familia, pero es que no me atrevo a salir solo a la calle, me canso más de lo normal y me siento bastante inútil por no estar a la altura de las circunstancias.
Estas han sido unas líneas muy complicadas para mi, tanto en su ejecución como en su contenido, pero pido disculpas por haber tartado tanto en ponerme en contacto con vosotros desde el último post. Este mismo lunes tengo cita con el oncólogo de Donosti y quizá haya una lógica que yo desconozco y todo esto que me pasa sea lo más normal del mundo,.Yo no lo creo.
26 Ago 2008
Recuerdo muy bien el momento de su nacimiento. Tuve la inmensa fortuna de asistir en calidad de invitado especial a su primera bocanada de aire, a su primer llanto, a su primer turbio vistazo al mundo que le estaba esperando… Fue algo mágico que difícilmente se puede percibir fuera del sendero de los sentimientos. A trancas y barrancas, lo digo por mí, han pasado doce años, calza un cuarenta y dos, mide casi metro sesenta, y si quiero ir a su lado por la calle no sería mala idea robarle la zancada al propio Gasol.
El primero de septiembre mi hijo mayor cumplirá doce años de feliz existencia, que siempre los recordará como los más dichosos de su vida hasta la fecha. Lo celebraremos en la casa que mis suegros tienen en el campo y me pasaré el día despotricando –soy así de gruñón- por la maldita climatología de la zona, capaz de congelar hasta los propios pensamientos. Procuraré ponerme cerca de la chimenea y comportarme como es debido.
Este año no hemos debatido en exceso el tema del regalo porque estaba más que cantado. Revolviendo entre decenas de cacharros almacenados en la parte de atrás del viejo caserón, aparecieron a principios de verano unas cuantas chimberas casi inservibles y algunos arcos, con los que jugaban mis cuñados cuando eran pequeños. Los niños parecen haberse aficionado a estos juegos, así que habrá que estar más tiempo con ellos.
Me causa cierta desazón el asunto de la chimbera. Yo nunca he tenido este tipo de artilugios, pero es que tampoco tenía una casa de campo.
18 Ago 2008
Había romería en la ermita de San Roque y el pueblo entero se concentró en el lugar para celebrar el festejo. El pequeño templo estaba adornado con flores blancas en el altar y en otros puntos donde la luz procedente del exterior destacaba su belleza. Las cuatro paredes estaban impregnadas por una fragancia en la que predominaban efluvios de rosas ligeramente encarnadas, mientras en el agua bendita flotaban pétalos que contribuían a aromatizar gratamente el santuario.
En el exterior, dos aizkolaris se esforzaban en partir varios troncos a hachazos, mientras otros dos cortaban otro en rodajas con una sierra de doble empuñadura. Educadamente, los que allí se hallaban concentrados esperaron a que los deportistas terminaran su demostración. Después, se apostaron todos en torno a una mesa repleta de pintxos y otras viandas, que varias señoras del pueblo habían preparado con mucha dedicación y cierto grado de entusiasmo.
Nadie hizo feos al convite, que fue amenizado por una especie de triki-trixa integrada por tres chicas jóvenes, dos acordeonistas y una panderetera, que mostraba sin rubor gran parte de su trasero cada vez que hacía un movimiento brusco. En honor a la verdad hay que decir que las chicas no tocaban mal, pero sonó mucho mejor cuando una de ellas terminó por fin su cigarrillo y comenzó a darle con ahínco al tecleteo.
Cuando se terminó la comida, la gente fue desfilando a sus distintas casas entre saludos y sinceras ganas de reunirse por la noche en la verbena del frontón. Allí es donde mejor se lo pasaron los niños. Bailaron a saltos, pero se integraron plenamente en la fiesta. Uno de mis hijos me preguntó por los bueyes, sobre los que había leído en un cuento. Hace mucho que fueron sustituidos por los tractores…
12 Ago 2008
Kam está a punto de llevar a cabo sus planes y fugarse unos días a Amsterdam, donde seguro que descubrirá lo bella que puede llegar a ser una ciudad como la capital holandesa. Yo espero que Kam haga ese viaje, que alquile esa autocaravana y se deje invadir por los canales, el museo de Van Gogh, la casa de Ana Frank, los puestos de flores, las bicicletas o el obligado paseo nocturno por el ‘Barrio Rojo’. La ilusión por alejarse de la rutina y hacer realidad los sueños siempre actúa como un eficaz antídoto que ayuda a superar las adversidades.
“Tengo miedo”. No me extraña que tengas este sentimiento porque a mí me pasa lo mismo. En septiembre llegan las revisiones y el temor a que haya cosas nuevas que atenten contra nuestro futuro… Creo que ese viaje te va a venir de perlas y vas a poder enfocar tus pensamientos con toda la carga de optimismo que necesitas. Si te sientes bien es que estás bien, así que aparca el miedo y pon rumbo a Amsterdam.
Durante el mes de julio hemos disfrutado del sol del Mediterráneo, aunque yo estaba escondido la mayor parte del día protegiéndome precisamente de los efectos nocivos que para mi tiene ese maravilloso rey de los astros. Como le ocurre a Olluna, mi querido sol no debe rozar mi piel y eso es algo que yo tampoco llevo muy bien
Sin embargo, mi ilusión era ver a mis hijos cuando venían a casa después una mañana de playa, con caras, casi siempre, de intensa felicidad. Eso no quiere decir que todo era de color de rosa y que no hubiera broncas, pero julio fue un gran mes, en el que yo le torcí el morro a la enfermedad y me olvidé de la cita de septiembre. Ahora trataré de buscar otra excusa.
06 Ago 2008
Fue un viaje tranquilo con principio y final feliz; no hubo excesivo desconcierto entre las parecidas musiquillas de las maquiavélicas ‘nintendo’ y lo único reprochable del viaje es que se haya terminado. Todos los veranos ocurre lo mismo, unos vuelven y otros van. Ahora les toca a los de agosto disfrutar de las cálidas aguas del Mediterráneo, aunque este mes la aglomeración playera está prácticamente garantizada en toda la península.
Volver a Bilbao significa muchas cosas; todo parece estar más cerca del destino terrenal y en poquísimo tiempo se olvida el ruido del mar, disfrazado ahora de ducha matutina diaria. Pero el verano continúa también en la gran ciudad, donde el bochornoso y húmedo calor de esta mitad del verano aplasta a los pobres mortales contra el negro asfalto de la calzada. El olor a ‘humanidad’ se intensifica y en lugares con exiguas ventilaciones actúa como un potente narcótico que se cuela por la nariz y mortifica sin contemplaciones la pituitaria.
El hecho de estar otra vez en Bilbao exige que la nevera esté bien surtida y además no falten los artículos de limpieza, la arena del gato o las cremas antisolares. Es necesario coger el coche, dejar la lavadora echando humo y acercarse al macrocentro más cercano.
La visita al hipermercado, extrañamente rápida, sin bloqueos en los pasillos, ni guerras de carros rebosantes de todo tipo de envases... Tampoco había colas junto a las cajas, ni problemas con las tarjetas, así que salimos del establecimiento con la única pega del precio, que es lo que hay que pagar por tener la nevera llena. Poco a poco la vida se va pareciendo más a una realidad, que durante treinta días se ha establecido a orillas del Mediterráneo.
31 Jul 2008
Cuando uno está de vacaciones parece que el tiempo corre que se las pela. Las horas, los minutos, los segundos van pasando a una velocidad de vértigo y cuando nos damos cuenta hemos agotado otro ‘cortísimo’ día de verano. Es una pura contradicción que sólo afecta a las sensaciones, porque en realidad el período estival de luz solar es sensiblemente superior al del resto del año. El tiempo ha sido estupendísimo y los niños han disfrutado de lo lindo a pesar de la contenida mala leche de su padre, que se ha pasado el mes de julio encerrado para que los rayos de sol no le ablanden más la sesera.
La vida, ahora, tiene que encauzarse de nuevo para afrontar el día a día de esa casa donde residen los problemas. Hay que volver a la rutina poco a poco, empezando por el viaje de vuelta. Será un duro combate contra las ‘nintendo’, pero antes es necesario preparar el equipaje que como todos los años supera con mucho las necesidades reales de cada cual.
Hacer las maletas es una faceta artística en la que se entremezclan la arquitectura, las matemáticas, la física y, sobre todo, el dominio sobrenatural del encaje de bolillos. Mi mujer domina todas esas técnicas a la perfección y siempre ha sobrevivido a este menester, que engulle raciones extra de cabreo galopante. El estado de ánimo al salir de viaje siempre es irritante por nuestra parte –los niños y yo-, porque no ponemos suficiente carne en el asador.
Dentro de unas horas saldremos en medio de un efímero silencio interrumpido por algún que otro grito atronador, que dejará de ser insoportable cincuenta kilómetros más allá, cuando el Mediterráneo deje de sonar y su recuerdo se diluya suavemente en algún lugar de nuestra memoria. Echaré de menos muchas cosas, pero sobre todo el jugar a palas con mi hijo mayor.
27 Jul 2008
Es un día bonito pero el calor aprieta con desmedida presión. Gracias a Dios no hay demasiadas moscas por esta zona, aunque no me extrañaría que de aparecer perecieran todas por feroz achicharramiento. Ahora estoy protegido bajo dos grandes ventiladores estilo ‘Casablanca’ y de cara a una pequeña ventana desde la que se ve el mar. Hoy no hay olas ni apenas viento, pero al fondo se ve un gran velero que se mueve despacio sobre esta gran piscina de agua salada. No parece tener prisa pero supongo que dispondrá de unas buenas provisiones de hidratantes para que el astro Sol no les haga una avería en la piel.
La playa se empieza a alterar. Agosto marca el punto álgido del verano; es cuando los ‘propietarios’ pasan de alquileres y vienen a disfrutar sus vacaciones aquí. La sangre alcanza un estado de ebullición que no se consigue durante el resto del año. Ya se dejan ver las cuadrillas de chicos y chicas mirándose con curiosidad, buscando complicidades, sin recordar que el año pasado eran unos niños y ahora sienten un ‘nosequé’ que les impulsa a enamorarse del musculitos que el verano anterior era un petardo o que la ‘fea’ de la que huían todos se ha puesto lentillas, se ha quitado los braques y está como un tren.
Se empiezan también a ver chicas que pasean por la orilla con los pechos al aire. Ayer, un grupo de chicos con la mayoría de edad al alcance de la mano, se cruzaron con tres esculturas andantes de alto-standing en top-less, que les hicieron zozobrar de tal forma que más de uno se lanzó al agua para refrigerar su subida de presión. A nosotros los adultos sólo nos queda de eso la contemplación pasiva porque, además, lo bueno, lo bonito y el calor de fuera y de dentro lo tenemos, al menos yo, en mi propia casa.
24 Jul 2008
Hoy, como la mayoría de los días, la línea del horizonte está limpia como la patena. Ni una gota de bruma, ni un indicio de que las nubes vayan a aparecer bajo el azulísimo cielo, ni un resquicio del viento que el otro día prohibía el baño en la playa. Ayer por la noche la luna brillaba con autoridad ante una corte innumerable de estrellas que pregonaba su cuarto menguante y anunciaba que el siguiente iba a ser un bello día de sol.
Este rincón del Mediterráneo obliga a que sus residentes se desplacen varios kilómetros para hacer una gran compra de comida o para adquirir ropa de vestir. Esto beneficia en parte a los que aquí pasan sus vacaciones, porque la playa nunca está masificada. Se puede pasear por la orilla sin tropezarse con nadie o jugar a las palas en la ancha parcela de arena que conecta con el paseo.
La playa es larga y recorre en algunos sitios urbanizaciones en las que sus moradores odian a los perros y desprecian a sus propietarios. A Nala le sacamos de paseo cuando la noche se apodera de la Tierra y le dejamos que se bañe en el mar, que es uno de sus grandes placeres; los golden son así. El otro día hicimos el recorrido habitual y cuando llegamos a una zona en la que el mar llega hasta el borde del paseo un grupo de envalentonados jubilados se dedicaron a lanzarnos todo tipo de lindezas.
La cosa no paró ahí, sino que más adelante desde varios apartamentos nos llegaron a llamar “marranos” porque el perro se estaba bañando donde se bañaban los niños, como si el mar fuera una piscina y ésta fuera de ellos. Se da la circunstancia de que ésa es una zona en la que el olor a aguas fecales es sofocante y hay un montón de lanchas y gasolinos que no parece que contribuyan mucho a la limpieza del lugar. ¿Quién sabe? Quizá los marranos sean ellos. Más tarde nos encontramos con otros propietarios de perros que habían sufrido el mismo tipo de agresiones.
20 Jul 2008
La vida da tantas vueltas que uno acaba por marearse. A veces no queda más remedio que descolgarse de un montón de cosas a las que es casi imposible llegar. Voy a la playa a pasear y veo mujeres y hombres de todo tipo: chicos y chicas guapísimos, cuarentones y cincuentones que guardan la línea sin contemplaciones, jubilados que han dado un quiebro a la edad que sin duda no representan… La mayoría, sin embargo, se decanta por cultivar el estómago y pasar olímpicamente del cuerpo.
He pasado por varios trances en mi mediana existencia, he conseguido salir de todos ellos con soltura, reponiéndome con celeridad de las malas coyunturas. Ahora, mira por dónde, mi aspecto corporal deja bastante que desear. Nunca he tenido un busto escultural, ni siquiera atlético, pero mi estado físico no desentonaba en medio de esa jungla que se aprieta a metro y medio de la orilla, ávida de sol y de playa. A la imagen de un ‘enfermo profesional’, marcado por una cicatriz de cuarenta centímetros y adornado por los inevitables gorros que tapan las heridas de mi taladrada azotea, se une la extrema delgadez de un cuerpo que ha dejado de ser serrano hace tiempo.
Y es que tengo nostalgia de tiempos mejores, de cuando sorteaba las olas y me alejaba muchos metros de la orilla, de cuando podía jugar a palas horas y horas sobre la arena caliente, de cuando no me daba vergüenza pasear en traje de baño por la playa, de cuando jugaba con mis hijos y les volteaba una y mil veces sin ningún problema, de cuando conducía sin que el cansancio se apoderara de mi, de cuando podía ponerme moreno y afrontar el invierno con cara de buena salud, de cuando yo era un tipo ‘bien plantao’, que esquiaba sobre la nieve, jugaba al fútbol-sala y era un monstruo del frontenis.
Ahora el oscuro cuerpo del deseo está sumergido en las tinieblas más insondables. Bajo la cálida luz de la luna mi figura ensombrecida se verá desde el paseo como un don quijote sin armadura, ni caballo… ni culo.
17 Jul 2008
Mañana será luna llena, así que el hombre-lobo estará acechando por estos aledaños de aguas revueltas y cielos tormentosos, que hacían peligrar la visión perfecta del satélite de poderoso influjo. No sé si veremos al terrorífico monstruo –nunca se sabe en estos tiempos que corren- pero estamos preparados para lo peor. Hace tiempo que sospecho que esa mezcla de lobo feroz y humano llega continuamente en desordenadas hordas de cucarachones mediterráneos.
Durante los tres últimos días la borrasca no ha dejado de llorar con lamentos más que sonoros que procedían de más allá del horizonte. Las descargas eléctricas dibujaban encabritadas líneas de luz que causaban alaridos en los canes y sobrecogimiento en los asustados felinos. El agua escurrió las nubes y por desconocidas razones que tampoco tienen mucha importancia, las cucarachas gigantes que se meten en las casas nos hicieron descansar a mi hijo el mayor y a mí, que formamos una brigada ya muy experimentada. Nuestras armas: un escobón y un recogedor.
La técnica es sencilla, no hay más que observar la situación. Si descubrimos al cucarachón por los suelos -miden al menos cinco centímetros- le perseguimos hasta atizarle con el escobón y atontarle de tal forma que, a pesar de ese movimiento repugnante de sus patas, quede vista para sentencia. Las que se sitúan en las paredes o techos son más complicadas .Es necesario medir muy bien la jugada porque estos bichos vuelan y si caen en mal sitio luego es difícil atraparlos. En cualquier caso, el destino final es el cubo de la basura.
Hoy hace un día precioso y esos feísimos insectos voladores no nos preocupan demasiado. Uno se acostumbra a todo.
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