Este fin de semana por fin he descansado. Por una vez en mucho tiempo he conseguido ignorar las voces de sirena de la noche de Shanghai y pasar un par de dias tranquilo, disfrutando de mi casa, mi barrio y sus geniales habitantes.
Por desgracia, a veces ando tan acelerado que me puedo pasar semanas sin pararme a hablar un rato en la tienda de la florista Wen, o en el puesto del reparador de bicicletas Li. Y ellos, siempre tan pacientes, como si el tiempo no pasara, me sonrien encantados cada vez que vuelvo. Saben que no vengo a comprar nada, y por eso mismo es una visita especial. Toman asiento, sacan un te y se preparan para una larga conversacion.
Mi calle es una de las mas pequeñas de Shanghai. La mayoria de los taxis no la conocen, aunque es tambien una de las mas antiguas. Formaba parte de la concesion francesa a principios de siglo, y es curioso pensar que estuvo poblada por Europeos antes que por Chinos. Eso si, de verla ahora, dudo mucho que los antiguos franceses pudieran reconocerla. Ahora es un mundo distinto, como los restos de un viejo naufragio en el fondo del mar, un mundo de hierro roñado colonizado por fantasticas criaturas.
Como la vieja carcasa en el arrecife de coral, la calle es una explosion de vida. Las diferentes formas y colores en que se presentan los Han son interminables: el del Mercedes con chofer trajeado y el chatarrero de la campanilla; los que tienen su anemona anclada a un portal, y los que vienen de paso con sus ventas ambulantes, segun la temporada. Los hay de todas las profesiones, hasta de las que no sospechaba que existian. Y todos en la misma calle, a la misma hora, a todas las horas. Es la magica vida del arrecife Han.
El vendedor de nueces amante del motociclismo
El vendedor de nueces de Shanxi habia montado un motor de 49cc a su bicicleta, gracias a un amigo de Shanghai que sabe soldar. Notar el deposito de gasolina colgado del marco de la bici. Habia muchos clientes, asi que no fue posible probarla para ULN.
Los ultimos hielos del verano
En dias de bochorno, los repartidores de hielo aseguran que los mercados esten abastecidos, para que no huela la ciudad a pescado. Cuando pasa de cerca, se nota el fresquito.

Uno de las decenas de costureros que trabajan en mi callejuela. Se selecciona un tejido, te toman tres medidas, y luego solo tienes que elegir la marca de la camisa. Recordatorio: indicar siempre hacia que lado debe mirar el cocodrilo.
Otro de los especimenes que sube y baja por la calle en los dias soleados. Se puede encontrar merodeando en busca de compradores, o bien estacionario, como en la foto. Los colores mudan segun la temporada.

El Sargento Wiggum, en mision de vigilancia
La calle esta llena de sillas. Todo el mundo las saca de su casa y las deja toda la noche ahi sin miedo a que las roben. No hay bancos publicos, pero uno puede utilizar una de estas sillas para descansar, a condicion de que su duenyo no la este usando. Incluido la silla del Sargento Wiggum.
Las casas vistas desde el Castillo
Por encima de las hileras de casitas francesas, hace sombra el mole de una construccion tenebrosa, para recordar a los pobladores del arrecife lo cerca que estuvieron sus casas de desaparecer, y lo cerca que pueden estar aun en el futuro si no saben estar unidos ante las amenazas.
El Castillo de Kafka
Mas sobre el barrio en proximas entregas.