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26 Dic 2008

El senderismo era una de sus grandes aficiones y practicándolo, el día de Navidad, perdió la vida. Evelio Pereda González, un conocido empresario de Villarcayo de 58 años, falleció ayer al caerse por un desnivel de 200 metros en el pico Castro Valnera, de 1.707 metros, en la zona de Espinosa de los Monteros.
El trágico suceso ocurrió poco después de la una del mediodía, cuando una llamada al 112 alertó de que una persona se había resbalado y había caído por un desnivel mientras practicaba alpinismo, concretamente a unos 4 kilómetros de la carretera que se dirige al sendero del Bernacho, al otro lado de la estación de esquí de Lunada. El aviso lo dio el compañero de travesía de Evelio. Al parecer, el accidente se produjo cuando ambos, con piolet y grampones, descendían por una zona sombría cubierta de nieve helada, pero no de especial peligro. Por causas que se desconocen, Pereda resbaló, rodó por un desnivel y quedó inconsciente.
El percance se produjo en una zona de difícil acceso, por lo que se hizo precisa la intervención del Grupo de Rescate de la Consejería de Interior y Justicia. Comunicada la incidencia al Centro de Atención Ciudadana de la Agencia de Protección Civil, se activó el helicóptero de salvamento con dos rescatadores. Tras establecer contacto visual, el equipo de salvamento descendió hasta el lugar en el que se encontraba el herido, pero sólo pudieron confirmar el fallecimiento.
Evelio Pereda, estaba casado y era padre de un hijo. Era una persona muy querida y conocida en los ambientes montañeros de Villarcayo. Junto con su hermano era propietario de un almacén de bebidas en el polígono industrial, que distribuían por la zona de Las Merindades. Montañero federado, recorría semanalmente los montes de la zona, y era uno de los encargados de colocar el belén de Peña Corba, en La Tesla. Descanse en paz.

La amenazadora cara del Castro Valnera que cae sobre el valle encajado de El Bernacho. Foto Mauricio Martín (febrero 2008).

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07 Nov 2008

«Es el peor año de recogida setas que he conocido en mi vida», declaró hace pocas fechas a mi compañero Juanma Velasco de 'El Diario Vasco', el experto micólogo Xabier Lasquíbar, nacido en Tolosa hace 84 años, aunque afincado en San Sebastián. Fundó en 1965, junto a un grupo de aficionados, el departamento de Micología de la Sociedad de Ciencias Aranzadi, a la que pertenece.

Lasquíbar decía en la entrevista, entre otras muchas cosas interesantes que "Yo lo achaco a la polución atmosférica y a la sequía. Pero el hecho de que haya pocas setas no es algo solo de aquí. Ocurre en toda Europa. Así como disminuyen los peces y las aves, pues con las setas ocurre igual. Hace poco, en una de mis salidas al campo, estuve hablando con un cazador que me decía que en el monte no se ven ni pajaritos.
- ¿Qué condiciones se tenían que haber dado para que hubiera habido setas y hongos en el monte?
- Tenía que haber habido más humedad. Los meses de julio y agosto los montes estaban bastante húmedos aunque tampoco hubo setas. En septiembre y octubre, que es una época teóricamente mejor, hasta hace poco los montes han estado muy secos. Ha faltado humedad y ha habido viento sur y para las setas lo peor que hay es el viento sur. Es su enemigo número uno. Además, cada año tenemos más polución atmosférica y con eso no hay nada que hacer...
- El panorama que dibuja es muy negro. ¿Los aficionados pueden tener alguna esperanza?
- Esperanza, siempre. Pero yo veo que cada año que pasa hay menos setas. Puede haber un año, como hace tres, con una salida de hongos excepcional, pero la recogida de setas es cada vez menor. Se notó sobre todo a partir del año 90. Desde entonces ha ido bajando. Hace 30-40 años había muchas más setas que ahora, tanto las comestibles como las no comestibles.
- ¿Tiene algo que ver la masificación de la afición?
- No, no tiene nada que ver. Cada seta produce millones de esporas. Lo único que puede hacer la masificación es que al pisar la zona se destruyan los micelios de las setas -que tienen una función de reproducción o de absorción de nutrientes para las setas- . La masificación quizás es más perjudicial para las setas comestibles, pero a las que cogemos los micólogos, las más raras, nadie las hace caso. Este año tampoco salen.

Hasta aquí lo que dice Lasquíbar, que también asegura que muchas de las setas que se venden en las tiendas especializadas, proceden de Rumanía.

En resumen, que 2008 está resultando catastrófico para los seteros, de manera especial para aquellos que recolectan y comercializan hongos y níscalos (tengo unos amigos en la zona del Tera, en Zamora, que se dedican a ello), y que en un futuro aún puede resultar peor.

En mis paseos montañeros es frecuente que encuentre setas. No salgo a buscarlas, pero tropiezo con ellas. A mediados de octubre estuve en la sierra de Ayllón, entre Riaza y Tamajón. Había llovido y vi muchas setas en la vertiente madrileña y de Guadalajara de la sierra. Eran ejemplares de Edulis, robellones, lepiotas y alguna rúsula. En la zona segoviana había galampernas y poco más. En los prados de Riaza los inmigrantes se dedicaban a coger y vender setas de cardo, pleurotus eringyi.

Después he recorrido los montes de Zalla, en concreto la vertiente de la Garbea, y salvo algún níscalo, nada de nada. Lo mismo me ha ocurrido en la zona de Orozko. El pasado día cuatro de noviembre subí al Garaigorta por el barrio de Arrugaeta y el bosque estaba pelado. Localicé, ¡alegría¡, dos boletos negros en el collado del Unzueta y poco más. El sábado pasado recorrí la zona de robledales de Espinosa de los Monteros y tampoco nada. Finalmente el jueves subí a Castro Grande por Relloso y salvo unos pocos coprinos en el borde la pista, el paseo resultó desolador para un amigo setero que me acompañaba. Por lo demás fue sensacional, tanto por la temperatura, como por el paisaje y el terreno, rebosante de agua, y más verde que nunca.

En resumen, que no hay setas, y salvo ese 'golpe de hongos' que los seteros esperan que aún se produzca, 2008 será considerado como nefasto.

La foto de un minúsculo, pero sanísimo coprino, es de compañero de fatigas Mauricio Martín.

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10 Jun 2008

Rioseco es uno de los cuatro valles pasiegos burgaleses que se abren a partir de Espinosa de los Monteros. Los otros son La Sía, donde el Club Deportivo Bilbao tuvo un refugio; Lunada, el más ancho y que cuenta con un centro de esquí, y Estacas de Trueba, el más luminoso y poblado.
Rioseco comienza en Las Machorras, donde está la iglesia de Las Nieves, patrona de los pasiegos. Debe su nombre a un sumidero que en época de estiaje se traga el agua de su curso fluvial y deja el río como su nombre indica: seco. Era el menos conocido y visitado de los cuatro hasta hace unos pocos años. En la actualidad su ladera derecha, Las Crespas, está erizada de torres eólicas que con sus pistas y casetas afean el conjunto. El camino principal está cementado a tramos y conduce al collado de acceso a cimas tan vistosas y fáciles como La Churra y más alejada, El Nevero del Polluelo.
Por la izquierda, el terreno se mantiene relativamente virgen. La amplia loma que comienza en el mismo Espinosa de los Monteros está ocupada por un amplio cortafuegos que separa los pinares de la vertiente de Sotoscueva de los hayedos de Risoseco. En ella se alzan la cimas, apenas unas pequeñas elevaciones, de La Carrascosa (1.360 metros), con vértice geodésico, y Zurruzuela, que tuvo buzón (no la he visitado desde hace muchos años).
La Carrascosa está cubierta de un espeso hayedo casi hasta la cima. Es un bosque de repoblación natural que el abandono de los pastizales ha permitido regenerarse y progresar. Sirve de escondrijo a todo tipo de animales salvajes: corzos, jabalíes, zorros y lobos, entre otros.
Se alcanza desde Las Machorras por un camino cementado que sube hasta el barrio de cabañas de La Vega. De allí, bien por camino o cuesta arriba por terreno desforestado y cubierto de brezos, llegamos al cortafuegos y luego hasta la cima. En total, dos horas de camino sin forzar el paso para superar casi 600 metros de desnivel. Pues bien, la semana pasada atajamos en el descenso y bajamos hasta las cabañas de El Hoyo, que se refugian a los pies de la cima. Nuestra sorpresa fue tropezar con dos neveras de agua corriente, en perfecto estado de conservación y aparentemente en uso.
En la foto de Mauricio Martín se distingue perfectamente su estructura, de piedra seca perfectamente ensamblada, y su ubicación al borde de un arroyo. Un descubrimiento, especialmente en estos tiempos de cambio, en los que los pasiegos y sus usos llevan camino de pasar a los libros de etnografía.

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