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05 Nov 2009

La semana pasada me di una vuelta por el Tontorramendi, ese pequeño cordal que se alza sobre Ondarroa, divisoria natural con Gipuzkoa. Hacía tiempo que no visitaba esa zona y me apetecía recordar las bonitas vistas del puerto desde las alturas de la ermita de Santakurutz.

Decidí subir por Mutriku, por el barrio de San Jerónimo. No es una ascensión muy montañera que digamos, ya que las pistas de servicio a los caseríos más altos permiten llegar hasta prácticamente el cordal cimero pisando asfalto a cemento, pero quería descubrir nuevos caminos. Y así me planté en el cordal cimero. Y lo que descubrí me dejó atónito. Coches y coches por doquier, en cada recodo de las pistas, en cada cruce. ¡Aquello parecía el centro de cualquier ciudad en hora punta más que un monte! Entonces recordé que la temporada de contrapasa acababa de empezar ese fin de semana.

El ambiente no era el más agradable para un paseo montañero, pero ya que estaba allí... entre tiros, ladridos de perros, cuchicheos desde las copas de los árboles y coches llegué hasta el buzón cimero. Y allí me encontré un coche (foto de arriba), cuyo dueño, por cierto, estaba todo orgulloso de haber podido llegar hasta tan arriba con su vehículo, según comentaba a otro cazador.

A los cazadores, y a sus defensores y portavoces, les gusta hablar de respeto a la caza y a los cazadores. Y me parece muy bien. Efectivamente tienen sus derechos. Pero para exigir respeto no estaría de más que comenzaran respetando su entorno y a los demás. Y si el cordal cimero del Tontorramendi está copado por los puestos de la contrapasa, te encuentras con un cazador cada 50 metros y te están lloviendo perdigones durante toda la mañana, a los demás no nos queda más remedio que respetarlo. Pero no creo que eso incluya la invasión de coches de todas las pistas aledañas, incluida la cima de la montaña.

Así que desde aquí animo a los cazadores a que la próxima vez dejen el coche un poco más lejos del puesto de caza y se den un paseo por el monte. Los médicos dicen que es muy bueno para la salud; y sus columnistas más ilustres, que es uno de los placeres de la caza, además de apretar el gatillo, por supuesto.

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05 Feb 2008

No quisiera convertir este cuaderno de bitacora en un monográfico, pero no me resisto a comentar aquellas muestras de 'ecologismo' escopetero que me encuentro en mis paseos montañeros. El caso es que el otro día fui a dar una vuelta por Itzarraitz, concretamente por el modesto cordal de Urnobitza. El macizo de Izarraitz se alza en el corazón de Gipuzkoa y esta sucesión de lomas que comienza en Elgoibar y muere en el puerto de Azkarate es uno de sus cordales secundarios, que lucha por sobrevivir entre valles industriales. En todo caso, todo un pulmón para esta comarca. Tras remontar desde el polígono industrial que hay frente a la salida de la autopista -cantera incluida- me las prometía muy felices tras dejar atrás el ruido industrial y alcanzar por fin los pinares del cordal. En el camino, el refugio de Etun todavía se muestra como un buen ejemplo de nuestra obsesión por colonizar las alturas. Pero la peor de las sorpresas aún estaba por llegar. Un poco más arriba, en la loma conocida como Barrenkorta, no muy lejos del vértice geodésico, sobre el gran caserío de Mandazurieta, los restos de una gran estructura de mecanotubo permanecen en medio del pinar, convenientemente camuflados entre las coníferas. Los no habituales se preguntarán qué pinta allí arriba, en medio de un pinar, una construcción de ese tipo. Por degracia, los habituales de los montes vascos lo sabemos muy bien: son los resto de un puesto de caza. Concretamente de un puesto para palomas o torcaces que se cazan en la modalidad de 'contrapasa'. Ésta consiste en que el avezado cazador se aposte en lo alto de la estructura -su puesto-, convenientemente camuflada y ubicada habitualmente en un cordal elevado, y aguarde a que las aves crucen sobre él en su migración anual. Después de miles de kilómetros, es normal que las migratorias bajen la guardia y no remonten vuelo al aproximarse a las elevaciones. El resto de esta lucha tan 'equilibrada' entre el hombre y el animal os la podéis imaginar. Pero no nos desviemos del tema principal. Evidentemente, el puesto del que hablo cumplió con su cometido tiermpo atrás, pero nadie se ha encargado de retirarlo. Y no creo que sea muy dificil saber quien es el responsable. Cada uno de esos puestos tiene un propietario o se alquila. Pero ahora que ya es una ruina se ha quedado huérfano. Así que animo desde estas líneas a todos esos cazadores ecologistas que se van a manifestar en Madrid dentro de una semanas a que después de reivindicar sus derechos por las calles de la capital dejen por un día la escopeta en casa y organicen una salida a los montes para limpiarlos de los restos de sus particulares 'batallas': puestos abandonados, basura acumulada, torres de mecanotubo para la contrapasa derrumbadas, cartuchos...
Y como no quiero ser tachado de corporativismo, aprovecho estas líneas para recordar a clubes de montaña que cuando organizan una marcha y la señalizan con cintas de plástico, al final de la misma deben retirarlas y no dejarlas anudadas en las ramas. No olvidemos nunca uno de los puntos del decálogo montañero: el objetivo de todo montañero debe ser siempre no dejar en la montaña más rastro de su paso que sus huellas.

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