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07 Ago 2009

Quizá los más jóvenes no conozcan a Ángel Landa (Sestao, 1935). Un rápido vistazo a su perfil en wikipedia sirve para hacerse a la idea de su trascendencia en el devenir del alpinismo vasco. Efectivamente, se trata de uno de los pioneros de la escalada en Euskadi, un hombre que acumula multitud de aperturas en Pirineos y Picos de europa, así como invernales, muchas de ellas formando cordada con Pedro Udaondo, otro hístórico del alpinismo vasco, en los años 50. Más tarde, fue director técnico de la primera expedición vasca a la Cordillera Blanca, en los Andes peruanos (año 1967), efectuando la primera ascensión absoluta el Atunrraju (5.987 m.), y de la primera expedición vasca al Everest (año 1974), en la que se quedaron a apenas 300 metros de la cumbre.

Pero más allá de la simple enumeración de sus logros personales, Ángel Landa es todo un referente en el mundo de la escalada vasca, con unos planteamientos éticos sobre el alpinismo radicalmente contrarios a la comercialización y masificación que vive actualmente. Con todo este bagaje, Ángel Landa ha querido plasmar sus pensamientos, su filosofía alpinística, por escrito. El texto que a continuación reproducimos es el resultado de esa reflexión.

ALPINISMO, ESCUELA DE VIDA

La montaña

Es cierto que, de todos los placeres inocentes, ninguno tanto como el alpinismo puede considerarse de provecho mental y físico, ya que a través de los esfuerzos que exige escalar en medio del aire enrarecido de la montaña, se renueva la energía y, por efecto de las dificultades vencidas, el alpinista queda mejor preparado y fortalecido para afrontar las dificultades de la vida y resistirlas”. Así lo expresaba el primer alpinista que escaló hasta el trono de San Pedro: Achille Damiano Ambrogio Ratti (Pio XI). No pocas son las veces, cuando vamos a la montaña que llevamos en la mochila el peso de nuestras preocupaciones y a la vuelta, el peso es menor, es como si por la pureza del aire hubiéramos alimentado el espíritu y el peso se notara menos. En la montaña vamos aprendiendo a ser solidarios, compañeros y que somos algo más que animales, a medida que nos vamos dando cuenta de lo pequeños que somos y que nuestra grandeza está en lo que sabemos, y sabemos hacer, que es la parte superior del saber. En la vida, te pueden traicionar y decepcionar muchas cosas, pero la pasión tan profunda que penetra en el alma por la gracia que la montaña tiene, espanta la idea de la muerte y produce una sana e inenarrable alegría.

Con toda la humildad que me permite mi carácter y naturaleza, sabiendo que cuando más me aleje de dicha humildad más lejos estaré de la realidad, deseo expresar algunas ideas sobre los derroteros por los que está discurriendo hoy en día el alpinismo, basándome en las experiencias y conocimientos que he obtenido a lo largo de más de 50 años de práctica en este deporte. No pretendo hacer creer a nadie que lo sé todo sobre el alpinismo; pero sí les puedo decir que, por la cuenta que me tenía, debía saber a dónde iba, por dónde, cómo y cuando, para poder regresar sano y salvo a casa.

Ética

Los de mi generación nos hicimos alpinistas gracias a la conducta y gracia de aquellos grandes guías (Terray, Bonatti, Cassin y un largo etcétera) que nos marcaron el camino con su forma y estilo, dando ejemplo de honradez y ética. Nos dijeron que subir a la montaña no es una cuestión de vida o muerte, sino de algo más importante: la moral, la ética, la elegancia y el estilo, y dejando siempre claro cómo lo haces y porqué lo haces; pues todo no vale, ni en este deporte ni en nada, sin ética.

Si, hay grandeza y belleza en la montaña, y también generosidad, compromiso y ética en los alpinistas. Esa es la gran lección que nos dejaron aquellos maestros. Y es una lección que la repetiré cuantas veces sea necesario.

Un gesto elegante, por ejemplo, fue protagonizado por escaladores vascos cuando hubimos de realizar dos rescates en la cara Oeste del Naranjo de Bulnes. El primero de los rescates se efectuó en 1969, cuando desgraciadamente ya estaban muertos Berrio y Ortiz. Escalar la pared helada y vertical de la montaña durante más de 48 horas seguidas fue de sumo riesgo de muerte. Al año siguiente, también en invierno, en el mismo lugar y, en peores condiciones, logramos rescatar esta vez con vida a los madrileños Lastra y Arrabal. Cuando el rescate se acabó, sin esperar ninguna recompensa, nos vinimos para casa, con la satisfacción de haber hecho bien los deberes. Esto es lo que se puede llamar un bello gesto. Hay quien puede decir que los tiempos han cambiado, ya lo sabemos, que ahora nadie va con el burrito a moler trigo a los molinos de viento, pero no obstante el viento sigue el mismo. Lo clásico no envejece ni muere nunca.

Nada puede seguir adelante sin memoria, ya que ésta es la maestra de la vida; no para la nostalgia, sino para el futuro. La memoria son las sensaciones, y lo que queda de ella es el alma. No debemos olvidar nuestro pasado, porque en él están nuestros sueños, experiencia e historia. La montaña tiene magia, el alpinismo, más.

Otro momento mágico, pleno de estilo y de ética, fue la extraordinaria y singular hazaña deportiva y humana –ante la cual hay que descubrirse, con reverencia incluida- que protagonizaron dos grandes alpinistas, uno vasco y otro italiano, para salvar la vida de otras dos personas. Generalmente, los alpinistas suelen ser cortos en palabras y largos en hechos, ellos no han narrado al público su hazaña, porque no quieren medallas mediáticas, por lo tanto no seré yo quien desvele aquí sus nombres. Aquel día, la Parca le había ganado la partida a la pareja que rescataron en el K2, era una muerte anunciada, pues no son pocos los que momificados duermen el sueño eterno en esas alturas sin posibilidad de rescate. Pues bien, esos dos bravos alpinistas, en 14 horas de extenuante esfuerzo desde los 8.500 metros se jugaron la vida para salvar la de sus compañeros, pues ellos, en hora y media, podían haber estado a salvo. Aunque parezca extraño, ningún medio de comunicación se hizo eco de tal proeza, porque no saben lo que es eso, ni creo que les importe. Sin embargo, yo si quiero que sepan que no conozco hazaña parecida, ni desinterés igual, por parte de los propios medios. ¡Aquella hazaña sí merece el premio Príncipe de Asturias!

Qué es un verdadero alpinista (y quién no lo es)

El alpinista que quiere ser reconocido y valorado como tal, el primero de cuerda, es como el pintor (artista) que pinta un cuadro, él lo idea y lo realiza. Pero es absurdo pensar que, con unos pinceles y un lienzo, uno ya es un artista. Del mismo modo, tampoco con un “jumar” en la mano se es alpinista; esta falacia sólo sirve para engañar a los que nada saben de este deporte y provocan una sucia herida a la dignidad que siempre ha caracterizado al alpinismo.

En una escalada se aprende a medir con el calibre más fino y preciso todo lo que acontece en esos instantes en tu entorno y dentro de ti mismo, poniendo en marcha todos tus conocimientos, que no se aprenden en ninguna universidad, eres dueño y responsable de tus actos (capitán de tu vida) y no puedes perder el control de ti mismo ni un segundo, pues puedes ser “hombre muerto”. La montaña a veces es muy dura y no puedes esperar a que nadie te venga a empujar del trasero; tienes que ser dueño de ti mismo, enfrentándote a la realidad; es entonces cuando comprendes la grandeza (no exenta de dureza) de este deporte; es cuando te das cuenta que, en la montaña, o eres dueño de ti mismo o no eres nada (“para qué quieres más poder, si eres dueño de ti mismo”, dijo Séneca). Tu aplomo, intuición, percepción y prudencia te hacen recapacitar y pensar quién eres y lo que vales; y que lo que vales... ¡eso es lo que vales!; ese es el momento de la verdad (en la montaña se producen muchos momentos parecidos), y tienes que conocer las fuerzas que tienes, para poder ir y volver sin depender, otra vez, de aquellos que te colocaron las cuerdas fijas y campamentos para que vayas con tu jumar a la cima.

¿Qué es un “jumar”? Es un aparejo que sirve para subir por una cuerda, ya colocada, y que, si no hay cuerda, no sirve para nada, pero si la hay, es para arrastrar por la montaña peso y personas que de otra forma no subirían.

Por tanto, no se puede ni se debe llamar alpinista, porque no lo es, a aquel a quien, acompañado de una cohorte ingente de anónimos alpinistas, de contrastada valía, le colocan cuerdas fijas hasta la cima, para que con el jumar vaya a donde las cuerdas le lleven.

Es un tópico vulgar y muy manoseado eso de que en este país la envidia es el deporte nacional. No lo tengo claro, pues no es mi caso, pero lo que si es cierto es que la estupidez, la zafiedad y la mentira se han instalado en la montaña, al amparo de la opacidad y la ignorancia que existe sobre este deporte. Johnny Weissmuller (Tarzán, el rey de los monos) terminó creyéndose que era Tarzán, y en su desvarío andaba dando gritos, llamando a los monos. Confundió lo ficticio con lo real. Algo parecido le puede pasar a quien piense que los monos siempre tienen que estar a su servicio. Para que el respetable público y lector sepa el alpinista no lleva con él un mono amaestrado que le sube y le fija las cuerdas por arriba, ni tampoco es un fakir que con una flauta hace que la cuerda suba. Eso no es así, ni nada parecido. No es de recibo que aquellos a quienes desde la irresponsabilidad hay quien llama “su equipo” siempre tengan que estar pendientes para salvar la vida de quien lleva los galones de alpinista, sin serlo. Los amigos, esos que “son la hostia”, no colocan las cuerdas y los campamentos por nada, y no hace falta indagar mucho para saber que hay intereses creados.

El papel de los medios

En la montaña, luz si suele haber, pero no taquígrafos para levantar acta de lo que sucede en ese momento, por eso se miente tanto. Pero, curiosamente, no es en la montaña, sino cuando se desciende a la ciudad y cerca de los medios cuando aparecen las mentiras disfrazadas de medias verdades que hacen que se mantenga la impostura, que siempre persigue un fin lucrativo. En el fraude siempre hay intencionalidad, fama, dinero o poder; en este caso, también el engaño para quien nada sabe lo que es el alpinismo. En este deporte no hay ningún reglamento escrito, (esta es una de sus grandezas), pero si tiene una ética que lo sustenta.

Ni la altura ni la supuesta pureza del aire que existe en el Himalaya son suficiente barrera para frenar en los ochomiles la gran cantidad de detritus que van dejando los que frecuentan estas montañas por las vías normales hoy llamadas “autopistas del Himalaya”. El espanto y la degradación se han instalado en muchos de los campos base de los ochomiles, que se han convertido en lo más parecido a una sala de fiestas subida de tono, sin hacer ascos a nada. Parece ser incluso que las autoridades chinas han prohibido el alcohol en el campo base situado en la cara norte del Everest (no tengo noticias de las autoridades de Nepal).

¡La virtud porta honor!; las mentiras ensucian y degradan todo lo que tocan. A los medios se les debe pedir ser didácticos, con el fin de ensanchar la mente humana y tratar de sacarla de las tinieblas de la ignorancia, alejándoles de una visión pequeñita, provinciana y mezquina, con el fin de intentar lograr una visión ancha, generosa y plural; afinar la sensibilidad, estimular la imaginación, refinar los sentimientos que despiertan en las personas un espíritu crítico y autocrítico que nos hace capaces de diferenciar lo feo de lo bello, lo inteligente de lo estúpido, lo bueno de lo malo y lo tolerable de lo intolerable. Esas son las enseñanzas que se pretenden inculcar en la montaña, las que debíamos haber inculcado los profesores de la Escuela Nacional de Alta Montaña a las jóvenes generaciones. Mucho me temo que no lo logramos en muchos casos. Todas esas enseñanzas están muy lejos de lo que está sucediendo ahora, que los medios conceden erróneamente el titulo de alpinista (con lo que eso conlleva) a alguien que no lo es y que está muy lejos de llegar a serlo, pues no es capaz de ir nunca en cabeza de cuerda. Es más: desde los medios y sobre todo desde la divina providencia, la TV, encumbran a diversos personajes como “mejores montañeros del mundo” o “reinas del jumar”, y los que promueven como candidatos a premios multimillonarios. Parece ser que el cómo les importa poco a los patrocinadores con tal de que alcance la cima, pero hay cosas que no se pueden comprar con todas la riquezas que hay en la tierra ni las que el mar encumbren, que es hacer de una mentira una verdad, aunque sí trampearla. No obstante, por muchas vueltas que des, el trasero siempre te queda por detrás.

Pero a los medios lo que más les pone de la montaña es el drama, y de esta forma se convierte en más héroe el rescatado que el rescatador. La naturaleza tiene su voz. Ésta es otra de las lecciones que hay que aprender en la montaña, y hay que respetarla, pues no es infrecuente caer en la irresponsabilidad que hace arriesgar la vida de otras personas por estúpidas ambiciones para regocijo de los medios del reality show, que lo que quieren es carnaza. Todo ello convierte en un grave peligro tener que trabajar para mayor gloria de los vanos protagonistas.

Todas estas cosas suceden porque no hemos ido a vomitar a la raya de lo tolerable antes de que estas miserias terminen corroyendo el alma de los valores básicos y el corazón de uno de los deportes más ricos en convivencia humana. La impostura es el camino por el que por arrastramiento están siendo llevados los valores de nuestra libertad, que, según Don Quijote; y también los alpinistas, es “el más grande don que los Cielos han dado a los seres humanos”. Gracias a los medios, sobre todo a la TV, el alpinismo se ha convertido en motivo de discusión en bares y bodeguillas, donde es sabido que se habla de todos los deportes con pleno conocimiento. La gente necesita ídolos, y los medios hacen héroes y villanos, según sus intereses, desde la prepotencia del poder. No olvidemos que, con la misma sinrazón, Calígula nombró cónsul a su caballo.

Una anécdota de los tiempos heroicos. En el año de gracia de 1974 (Expedición Tximist al Everest), aún estábamos bajo el régimen cuartelero, y nos impusieron un periodipoli con la misión de comunicar, si procedía: “bandera española en la cima del Everest”. ¡Ja! Ahora mandan o va la TV, que es la que paga. Si me diesen a escoger, yo no me quedaba con ninguno de los dos.

Mujer y alpinismo

Desde hace muchos años, las mujeres han conseguido retos deportivos de gran alcance en todas las disciplinas de montaña; han ocupado un puesto muy destacado en el alpinismo, y no es por ser mujeres, sino por las extraordinarias hazañas conseguidas yendo de primeras de cuerda y haciendo expediciones solamente de mujeres, Sin embargo, no las conocen ni en su portal (algo parecido para con los hombres a los que les interesa muy poco los ochomiles por sus vías normales, porque saben que eso está carente de valor alpinista, y de gracia). Por eso sentimos vergüenza ajena cuando desde algunos medios, por ignorancia, se pretende entronizar a quien nada tiene que ver con el espíritu de esas alpinistas, anteriores y actuales. A este respecto, recomiendo leer Cuerdas rebeldes, de Arantza López Marugán, (Ediciones Desnivel), con el fin de saber lo que las mujeres han hecho y siguen haciendo en alpinismo.

Ya en el verano de 1931, la norteamericana Miriam O’Brien escribió que la única manera de que una mujer escale de verdad es que no haya ningún hombre alrededor. Igual que una que yo se. Las cosas que con dinero se pueden comprar son baratas, sobre todo en el alpinismo. Si las mujeres en la montaña quieren ser verdaderamente libres, no deben esperar a que los hombres les hagan el trabajo colocando campamentos y cuerdas fijas, difuminando las carencias técnicas que puedan tener, para que ellas, explotando su condición femenina, cojan su jumar y vayan a la cima; eso es trampa, y ninguna mujer alpinista se puede sentir representada por semejante falacia.

Conclusión

Cada uno puede hacer en la montaña lo que sepa y pueda... ¡faltaría más! Ir a pasear al Pagasarri, sin prisa, un domingo por la mañana, coleccionar los tresmiles del Pirineo, escalar vías de Vº grado en Atxarte, intentar hacer un sietemil sencillo (o el Cho Oyu) con una expedición comercial, gastándose los ahorros de toda una vida para satisfacer una ilusión, o escalar vías difíciles de primero de cuerda, vías a menudo vírgenes; esta es la única forma de experimentar el deporte del alpinismo en toda su dimensión, porque lo más interesante y auténtico es resolver uno mismo los problemas, no que otros lo hagan por ti. Por ello, no es de recibo que un montañero de domingo, o un alpinista de vías trilladas, incluso de expediciones comerciales a las más altas montañas del planeta, se arrogue una condición o un mérito que no le corresponde. Por mucho que sean los medios los que se los otorguen, son ellos los primeros que deberían negar su condición de “mejores alpinistas del mundo” o “reinas de los ochomiles”. No basta con compararse con los mejores alpinistas de la historia (¡pero qué tupé!), y con la boca pequeña, decir que no llegas a ese nivel; así, se da a entender que estás solamente en un escalón inferior, cuando la verdad es muy diferente. Algunos ya sabemos quién es quién con el jumar y sin él. Las comparaciones son odiosas, y en algunos casos, blasfemas.

Pero ¡cuidado!, porque lo que si existe es gente dispuesta a discutir sin tener ni idea de lo que dice; y lo que están haciendo es repetir la voz de su amo: la TV. No pocas son las veces que, después de un intercambio de opiniones, la gente termina reconociendo que desconoce la cuestión que discutía con vehemencia. La negación es el ingenio de los tontos, y la contradicción su agudeza.

Ojalá sirva este escrito para que al menos toda esa gente se interese y se informe más, y de esa forma tenga más elementos de juicio para poder discernir quién es quién en este deporte que tanto amamos algunos.

Ángel Landa Vidarte

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21 Abr 2008

Alberto Iñurrategi concluyó hace ya seis años el proyecto de ascender los 14 ochomiles. Ya lo dijo entonces. «Me he quitado un peso de encima». Luego ha seguido escalando, pero en proyectos mucho más personales –Cho Oyu en invierno, segunda absoluta al G-III, intentos al Ogro y el Everest por el corredor Hornbein–, en los que el éxito o el fracaso no venía dado por la consecución de la cumbre. Reservado por naturaleza, también ha descubierto un vehículo para dar a conocer sus inquietudes personales: los documentales. Primero fue el multipremiado ‘Hire Himalaya’, una deuda saldada con su hermano. Luego surgió ‘Gure Himalaya’, los recuerdos personales de una década de expediciones. Y ahora llega ‘Begiz Begi’, una reflexión personal y muy crítica del alpinista reconvertido en viajero. Un viajero que mira. Pero al que también miran.
–No deja títere con cabeza en el documental. Es muy crítico con casi todo: el turismo, la religión, la explotación infantil y de las mujeres...
–Y conmigo mismo.
–... con el alpinismo actual.
–Si me incluyes dentro de él, sí.
–Concretamente con la actual forma de hacer alpinismo.
–A mí no me parece que sea tan, tan... es duro, sí, pero yo creo que es una crítica muy asumible. Por parte de todos. Tampoco se trata de tomarlo a título muy personal. Yo me quedaría más con el mesaje general. Y creo que es muy evidente: que las actitudes de la gente, de los montañeros, a la hora de viajar, en la mayoría de los casos deja mucho que desear.
–También critica la religión.
–No se critica la religión. Se critica la hipocresía de los montañeros en el uso de las banderas de oraciones, por ejemplo. ¿Qué tiene que ver eso con la montaña? Es sólo folclore. La crítica no se hace tanto al individuo que vive su fe como a la clase dirigente que dirige la religión, a sus palacios, como ocurre en el catolicismo y en todas las religiones.
–En un momento del documental afirma «nosotros venimos al pillaje, nosotros venimos a profanar»...
–Claro. Y si tienes en cuenta lo que pasa... Te pongo un ejemplo. ¿Conoces esas piedras cultivadas que suelen llevar los tibetanos en collares, no? Pues los japoneses en particular y los occidentales en general hemos esquilmado Tíbet de esas piedras. Las hemos comprado, las hemos robado como quien dice pagándoles cuatro rupias, cuando son unos artículos que ellos han heredado de sus antepasados y han ido pasando de generación en generación.Y nosotros hemos ido allí, nos han gustado y hemos arramplado con ello. Y que profanamos tumbas, es evidente. Vamos a Pashupatinath y los occidentales entramos con las cámaras hatsa las mismas piras crematorias. No somos nada respetuosos cuando vamos de viaje. Eso, por ejemplo, difícilmente nos lo plantearíamos hacer en casa.
–¿Se incluye en esa crítica?
–Por supuesto. Las imágenes de la proyección están hechas por mí o por los que me acompañaban. Y me incluyo porque el documental es una autocrítica. Quedaría hasta muy feo excluirme de ese grupo.
–¿Cómo se llega a esta visión tan crítica del viajero?
–En mi caso hay dos elementos que me han influido muchísimo. Uno es la relación con la gente local que he ido conociendo viaje tras viaje, sobre todo en Pakistán, donde los pueblos desde los que parten las expediciones son siempre los mismos y eso te permite entablar una relación más estrecha y profundizar un poquito más. Y el otro elemento es la estrecha colaboración que he tenido, casi desde el primer momento que empezamos a montar proyecciones, con Koldo Izagirre. Me ha enseñado a valorar esa vertiente humana, ese lado social y lo importante que es. Porque cuanto más somos capaces de enriquecernos de ella, más peso va a adquirir también la actividad deportiva, que toma otra dimensión. En las anteriores proyecciones, tanto ‘Hire Himalaya’ como ‘Gure Himalaya’, creo que ese lado social del os viajes se dejaba ver mucho. Ha sido un componente que siempre ha estado presente, tanto en las proyecciones como en nuestros dos libros. Siempre hemos intentado que no queden ignorados un porteador de altura, un cocinero o un ayudante cuando hemos recurrido a ellos, cuando nos han acompañado en una expedición.
–¿Hay mala conciencia personal en la necesidad de hacer un documental así?
–Deberíamos de tenerla. Pero la verdad es que no se ha hecho por eso. Ni tampoco para lavar culpas. Sino con la intencion de aportar algo positivo. Porque con este mensaje tampoco se está diciendo que no se viaje, sino que se puede viajar con otra actitud, de otra forma mucho más enriquecedora. Yo creo que al final el viajar es algo muy universal y un elemento con el que los pueblos se han ido desarrollando y enriqueciendo. Y hoy es el día en el que todavía todos tenemos mucho que aprender de otros países y de otras gentes. Y el viaje es un instrumento inmejorable para ese desarrollo.
–¿Pero es posible hoy en día viajar no con las perspectiva de conquistar, sino con la de aprender? ¿Con el objetivo de ver, no de mirar? –Yo creo que sí, aunque para eso hay que viajar con menos prisa y sabiendo que somos bastante menos de lo que pensamos. Y acercarnos a la gente con otro respeto, con otra actitud. Claro que es posible, aunque evidentemente no todo el mundo lo va a hacer con esa actitud. Eso es imposible. Pero sí se puede influir en muchos y que una parte de la gente que viaja lo haga de esta manera.
–El turismo se ha convertido en una nueva forma de colonización. ¿Pasa lo mismo con el alpinismo?
–Sí, si la globalización la entendemos como el neocolonialismo pues si que la montaña es parte de la globalización. No hay más que ver la cantidad de gente que va al Aconcagua, al Kilimajaro, al Monte Kenia, al Himalaya, etc. Se ha globalizado y es parte de ese neocolonialismo.
–¿Pero esa globalización es buena o mala? Porque algunos le podrán responder que así se ha democratizado la montaña.
–No debería de ser malo si se hiciera repetando unas formas y unos mínimos. Me explico. Si me preguntas si es malo que los montañeros vayan a Nepal o a Pakistán, te diría que no porque es beneficioso. Me parece positivo.
–¿La llegada del alpinismo ha sido positivo para pueblos como el nepalí?
–Yo creo que sí. Es palapable el desarrollo que ha habido en el valle de Khumbu, en el de Annapurna o en un montón de valles de Nepal. La gente ha mejorado en nivel de vida, en educación, en sanidad. Es algo notorio. En Pakistán, donde el desarrollo ha sido algo menor, en los años malos, como durante la guerra de Afganistán, cuando ha habido epocas duras, siempre por temas políticos, ha habido bajón de turismo y expediciones y la gente de alrededor del Karakorum ha tenido que emigrar a los Emiratos Arabes, a Karacho o a Lahore para buscar trabajo porque en sus pueblos no tenían ningun otro recurso para sacar adelante a sus familias.
–¿Cómo ve la situación que está viviendo en Tíbet?
–No me pilla de sorpresa. Todo el mundo sabe que China vulnera los derechos humanos, en general y más concretamente en Tíbet, y los tibetanos están aprovechando la publicidad de los Juegos Olímpicios y la antorcha para llamar la atención sobre sus derechos. Por otra parte, existe una respuesta por parte de occidente que yo sospecho que va muy unido a una moda. Al budismo y a todo lo que conlleva. Porque la vulneración de los derechos humanos se da en mucho otros países, e incluso en casa. Pero ahora parece que sólo pasa en Tíbet. Los intereses económicos también están muy presentes en la actitud que adopta cada Gobierno. Es todo muy complejo.
–¿Es partidario del boicot?
–Lo que pasa es que a mí todo me parece un teatro, un despropósito. Por las dos partes.
–¿Es un documental para el público o para otros alpinistas?
–Yo creo que es para todo el mundo, aunque el alpinista puede sacar más conclusiones que el simple turista. El montañero puede entender esto sólo como una forma de viajar de otra forma pero también como una forma distinta de actuar en la montaña. Porque esa misma cultura del viaje ‘fast food’, del viaje conquistador, actualmente también se aplica en la montaña. Hoy en día en la montaña la gente cada vez valora menos como se hacen las cosas y lo único que se tiene en cuenta es la cumbre. Al final se extrapola la actitud del viaje a la montaña. Y si el montañero reflexiona sobre su actitud en el viaje, esa misma reflexion la puede trasladar a su actividad en la montaña y aprende a valorar mas otras cosas como el propio acercamento a la montaña, el como se hacen las cosas, por donde se sube... La camaradería incluso, de la que tanto hemos hecho gala siempre los montañeros. Ponerla más en práctica porque últimamente ha habido un montón de situaciones en las que se ha antepuesto la consecucion de la cumbre a ayudar a un compañero incluso moribundo.
–También se muestras crítico con el alpinismo mediático. Sin embargo, usted es un alpinista mediatico. Es un profesional de la montaña gracias a la publicidad que le dan los medios de comunicación.
–Pero es que yo nunca he estado en contra del alpinismo mediático. A mi el alpinismo que no me gusta es el que no es honesto. El discurso falso. Eso es lo que me incomoda. Cómo voy a ser yo crítico con el alpinismo mediático si he vivido y sigo viviendo de ello. Sería echarme piedras a mí mismo. A mí lo que no me gusta es la falta de sinceridad. El no contar las cosas como han sido. Siempre y cuando se cuenten las cosas como han sucedido no veo nada malo en mediatizar esa experiencia.
–Actualmente, ¿la importancia de las ascensiones lo son más en función de la publicidad que tienen que su propio merito alpinístico?
–No tengo ninguna duda de ello. En estos momentos tiene bastante más trascendencia una ascensión al Cho Oyu por su ruta normal de lo que tenía hace 20 años, cuando no existía el teléfono satelite, ni el ordenador, ni la posibilidad de mandar imágenes y sonido desde un campo base. Cuando nadie te atendía a la vuelta de una expedición y nadie te dedicaba un titular o dos minutos en televisión. No tenía trascendencia. Lo contabas a tus amigos y lo que hacías lo hacías para ti y para tu entorno, que era muy reducido.
–Entonces, ahora mismo no se hace alpinismo para uno mismo, se hace alpinismo para los demás.
–Siempre se ha hecho alpinismo para uno mismo y para los demás. Sólo que esos ‘los demas’ antes eran una cuadrilla muy reducida y ahora son grandes masas debido a los medios de comunicación. Pero el reconocimiento de los otros siempre ha existido como impulso para los montañeros, es algo innato a su actividad. Sentirte reconocido en tu actividad es algo que todo el mundo agradece. Lo que pasa es que hoy en día las nueva tecnologías y la sociedad global nos permiten llegar con cosas bastante menos meritorias a muchisima más gente. Y además con un mensaje mucho más sobredimensionado. Haciendo bastante menos de lo que se hacía antes, ahora te consideran bastante mejor de lo que te consideraban tus amigos, que tenían una visión mucho más real de lo que hacías que la que tiene ahora de lo que haces esa masa general.
–Quizás ahora sea más importante ser un buen comunicador que un buen alpinista.
–Sin ninguna duda. Y por eso hoy lo único que se tiene en cuenta es si has hecho cumbre. Porque el que te valoraba antes tenía unos conocimientos y un criterio para valorar las ascensiones de los que carecen ahora los medios y el publico en general. A parte de que entiendo que para los medios también es difícil. No es lo mismo valorar una actividad alpinística que un partido de fútbol o una carrera de atletismo.
–¿Y esta dirección que ha cogido el alpinismo tiene vuelta atrás?
–Sí Yo creo que llegará un momento en el que ya a nadie le llame la atención la actividad de montaña. Y luego vendrá otra fase, porque los montañeros seguirán estando ahí, en la que la gente que sigue las actividades de montaña se especialice y las vuelva a contar, pero con criterio y sin la pretensión de llegar a las masas, dando una información mucho más objetiva.

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