Grandiosa herida
Me duele este niño hambriento, como una grandiosa herida. Se cumplirá pronto (en 2010) el centenario del nacimiento de Miguel Hernández, el autor de los versos que encabezan este post. Llegará el aniversario y señores encorbatados vendrán a darnos la lata con plaquitas y premiuchos, tvmovies y otras chorradas varias. En lugar de leer, de sentir, sus poemas. En lugar de dolerse como se dolería él de esos niños que alimentan tiburones, de esas pieles negras horadadas por el sol, torturadas por la sal, que sus madres aterradas entregaron al océano. Qué horror. Que horror de almuerzos presidenciales con estrellas Michelín, qué horror de cumbres diplomáticas alzadas sobre un abismo moral, qué horror de frases hechas para levantar barreras de papel, qué retórica infame, qué incapacidad tan grande, qué criminal idiotez.
Cuando en los años 40 del siglo pasado Europa y América gemían superpobladas de huérfanos y de viudas, cuando la vergüenza y la sangre manchaban los muros semiderruidos de las ciudades bombardeadas, tras la feroz carnicería de la II Guerra Mundial, las Naciones Unidas aprobaron la Declaración Universal de Derechos Humanos. Leedla hoy, sesenta años más tarde, y asomaros luego a la estrecha ventana que los noticiarios abren sobre África. Comprenderéis que esos treinta artículos sagrados que constituyen los pilares de nuestro mundo moderno no cuentan, no valen, no rigen al otro lado de la calle, allá en el suburbio desde el que los miserables oyen sonar la música de una fiesta a la que no están invitados.
Quién salvará a ese niño, menor que un grano de avena, de donde saldrá el martillo verdugo de esa cadena. Ese niño, ese chiquillo yuntero que conmovió el corazón de nuestro desventurado poeta no está ya, como entonces, uncido al yugo de un arado en los campos mesetarios. Ese niño de vivir ceniciento habita más al sur. Pero igual de indefenso. Igual de necesitado.
Anuxi Varilla
Sevilla
Inmigrantes
Quería hacer mención al tema de los Latin Kings. Me da mucha rabia que aquí quieran formar grupos que se dedican a a pegar a chavales, a jóvenes sin ningún motivo; vienen a utilizar la violecia cuando todos estamos intentando que se evite con manifestaciones y campañas publicitarias. No sé qué hacen aquí, si vinieran a trabajar, sería otro cantar.
Yo también admiro a los inmigrantes que tienen que dejar su país, su casa e incluso a los suyos para poder trabajar aquí y poder comer y mantener a sus familias, los admiro mucho y los respeto, vienen a trabajar, no vienen a delinquir.
¿De qué sirve que nos manifestemos en contra de estas pandillas violentas si luego cuando cometen algún acto violento no los expulsan? Los meten en la cárcel 24 ó 48 horas y, a la calle a seguir pegando. La justicia en este país está muy mal y ellos se aprovechan porque conocen las leyes suaves de este país.
Luis Santos
(Diario 20 MINUTOS Alicante, 28/04/2008)
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