Pasmosa televisión
Siempre he pensado que hay dos clases de películas malas: las que aburren e incitan a abandonar la sala de cine y las que, de tan malas, logran generar una especie de fascinación en el incrédulo espectador; como si la visión de la ridiculez tuviera un imán atractivo.
Algo parecido ocurre en la televisión. Algunos programas llegan a generar fascinación no por sus virtudes, sino por su alucinante amoralidad, como si el espectador se quedara atrapado en lo peor. La fórmula es muy antigua. La combinación de fotos de mujeres desnudas y tragedias bélicas ha sido siempre una garantía de venta de revistas en el quiosco: carne y sangre, voluptuosidad sensual y mutilaciones tenebrosas. Hoy en día, la única fórmula exitosa para la prensa convencional es regalar descuentos en electrodomésticos y televisiones, hasta el punto de que ya no es necesario acudir a Ikea para decorar la casa, siempre y cuando uno tenga la menguante costumbre de comprar el periódico a diario. Son las televisiones quienes han rescatado lo peor del periodismo para perfeccionarlo hasta extremos alarmantes.
La noche de los viernes y sábados la tele es un peligro siempre al acecho y ¡ay de aquel que caiga en la tentación de encenderla! Corre el riesgo de presenciar sin respirar, sumido en un estupor paralizante, el interrogatorio que sedicentes periodistas de la prensa rosa perpetran al invitado de turno, como si fueran agentes de la CIA en Guantánamo. Una de las periodistas, que dice ser rosa pero es amarilla, iracunda y cuya carótida se hincha cuando grita a sus víctimas, me resulta especialmente llamativa. Entre otras lindezas cargadas de hipocresía y mala uva, suele acusar a sus invitados de acudir al programa para ganar dinero. Como si cobrar por acudir a la tele fuera un delito; ella, que vive gracias a ese estercolero. Vivir para ver. Y ver para apagar la televisión, si es que uno consigue salir del pasmo.
Anuxi Varilla
Sevilla
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