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03 Jul 2009

En la entrada en la que hablé del sudor de los remeros de las trirremes me referí también al papel que juegan las superficies respiratorias en la regulación térmica de los perros. Los canes carecen de glándulas sudoríparas y no sudan. Pero eso no quiere decir que no recurran a la evaporación como vía para perder calor. Lo que ocurre es que jadean cuando tienen que perder calor y la corriente de aire que provoca el jadeo facilita la evaporación del líquido superficial que impregna las superficies respiratorias. Merece la pena detenerse en algunos aspectos de este fenómeno.

El primer aspecto que merece la pena comentar se refiere, precisamente, al jadeo. Cuando jadea uno de nosotros es porque necesita tomar con urgencia oxígeno y eliminar dióxido de carbono y suele producirse como consecuencia de un sobreesfuerzo. Pero los perros no jadean para respirar. Al jadear toman aire por la nariz y lo expulsan por la boca; nosotros, cuando jadeamos, tomamos el aire por la boca y lo volvemos a expulsar por la boca. En nuestro caso, por lo tanto, el movimiento es bidireccional; en el caso de los perros, sin embargo es principalmente unidireccional. Esa diferencia obedece al hecho de que si el movimiento de aire sobre las superficies respiratorias fuese bidireccional, el calor perdido en el movimiento de inspiración se recuperaría en parte con el de expiración.

El segundo aspecto reseñable del movimiento que provoca el jadeo es su frecuencia. El movimiento es rápido, o mejor dicho, rapidísimo. De hecho, si ese movimiento fuese provocado por las contracciones repetidas de los músculos de la caja respiratoria, esa actividad muscular sería tan intensa que produciría más calor que el que se consigue disipar evaporando el líquido superficial de las superficies respiratorias. Y sin embargo, como es lógico, no es así. Lo que ocurre es que los músculos intercostales cuya contracción provoca la actividad de jadeo sólo se contraen activamente al inicio de la secuencia; a partir de ese momento la cavidad torácica se contrae y se expande rítmicamente sin que apenas sea necesario trabajo muscular adicional. Y eso, por sorprendente que parezca, ocurre porque la frecuencia de jadeo es la frecuencia de resonancia de la cavidad torácica. Debido a ello, los perros, como muchos otros animales sólo jadean con una frecuencia determinada, la de resonancia de su caja torácica. Cualquier otra exigiría un trabajo muscular demasiado alto y produciría, por ello, excesivo calor.

Veamos un situación posible. Tras una carrera, por ejemplo, para mantener constante su temperatura corporal, un perro debe disipar el calor que ha producido su musculatura esquelética. Bajo esas condiciones jadeará a una frecuencia aproximadamente constante de entre 300 y 400 movimientos por minuto. Conforme vaya disipando el exceso de calor acumulado, su necesidad termorregulatoria disminuye. Pues bien, no irá reduciendo su frecuencia de jadeo progresivamente, sino que empezará a intercalar periodos de respiraciones cuyos movimientos se producen con una frecuencia muy inferior, de entre 30 y 40 movimientos por minuto. Cualquiera que observe jadear a un perro se percatará de ello. Así pues, no hay reducción progresiva de la frecuencia, sino cambios abruptos, de manera que conforme va teniendo menos necesidad de disipar calor los periodos de respiración con menor frecuencia van siendo cada vez más prolongados. El movimiento de menor frecuencia es eminentemente respiratorio, mientras que el de mayor frecuencia, sin dejar de ser también respiratorio, es ante todo termorregulatorio.

Y el tercer aspecto a comentar se refiere al origen del agua que se evapora en las superficies respiratorias. En los seres humanos, es el sudor el líquido que se evapora en la piel y como sabemos, proviene de las glándulas sudoríparas. En el caso de los perros, sin embargo, el líquido proviene de una glándula nasal. Se tiene conocimiento de la existencia de esa glándula desde el siglo XVII, pero antes se pensaba que su función era la de mantener húmeda la nariz. Sin embargo, parece que además de esa función también surte de agua a los epitelios de las vías nasales internas. Y gracias a ella se mantiene la nariz perruna húmeda y fresca. De alguna forma, la función de esa glándula es equivalente a la que cumplen las glándulas sudoríparas de los animales que sudamos.

Un amigo y compañero del departamento me contó en su día, hablando de la entrada titulada “Inteligencia femenina, nalgas y caderas”, que según un refrán vasco, las dos cosas más frías del mundo son la nariz de los perros y el trasero de las mujeres (Munduko bi gauza hotzenak dira txakurraren sudurra eta emakumeen ipurdia). En esta historia he contado a qué se debe la frialdad de la nariz canina.

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30 Jun 2009

No hay nada como tener un imperio. Permite muchas cosas, y entre esas cosas, disponer de un enorme caudal de información. Tras la II Guerra Mundial el ejército norteamericano se extendió por la geografía de todo el planeta. Sus bases, acuertelamientos y guarniciones llegaron hasta los confines más remotos. Y gracias a ello disponen de abundante información de todo tipo. Saben, por ejemplo, cuánto comen sus soldados en unas y otras localidades. Y no comen lo mismo en unos sitios y en otros.

Lo cierto es que a partir de esa información, hoy sabemos que existe una curiosa relación entre la cantidad de alimento que consumen los soldados y la temperatura media de la localidad en la que se encuentran. La relación es negativa, por supuesto: comen más cuanto más baja es la temperatura ambiental. Expresado en unidades de energía, los soldados acantonados en una localidad cuya temperatura media es 35ºC consumen, en forma de alimento, 3.100 kilocalorías diarias, mientras que aquellos cuyo entorno se encuentra a una temperatura media de -30ºC, llegan a consumir 5.000 kilocalorías por día. Estos son los datos extremos, pero la dependencia negativa existente entre ambas magnitudes, -ingesta calórica diaria y temperatura ambiental-, es muy clara para el conjunto de 22 acantonamientos de los que se tiene información precisa. Ni que decir tiene que esta información es importantísima para el ejército norteamericano, porque les permite presupuestar y planificar correctamente el suministro de provisiones de alimento a sus militares ubicados en diferentes partes del globo. Pero también es una información muy útil para nosotros, los fisiólogos.

A mi juicio, esa relación negativa se deriva de las distintas necesidades que impone la regulación térmica en unas y otras localidades. Como pudo concluirse de la historia de los pingüinos emperadores, resulta carísimo hacer frente al frío. Los pingüinos, al verse obligados a ayunar, deben recurrir a las reservas mientras incuban el huevo. Los soldados, sin embargo, pueden alimentarse y, tal y como indican los datos presentados, comen más en los lugares donde hace más frío.

Por lo tanto, parece claro que se necesita comer más cuando hay que hacer frente a las mayores pérdidas de calor que se experimentan en climas fríos, porque esa mayor ingestión de alimento es la que permite disponer del combustible necesario para compensar las pérdidas de energía en forma de calor. Esto es así porque para poder mantener constante la temperatura corporal, la pérdida y la ganancia de calor deben ser iguales y, por lo tanto, cuanto mayor es la pérdida, mayor ha de ser también el calor que ha de generarse. Debe tenerse en cuenta que, al contrario que la mayor parte de los animales, la principal fuente de calor de aves y mamíferos es endógena, esto es, es su propia actividad metabólica. Por ello, para poder elevar la producción de calor hay que elevar la tasa metabólica y ello implica un mayor gasto de energía. Ese mayor gasto proviene de las reservas lipídicas en el caso del pingüino emperador y, como aquí se ha visto, del alimento en el de los soldados.

No sé si a todo el mundo le ocurre lo mismo, pero al menos a mí me ocurre que cuando hace frío tiendo a comer más. O, al menos, eso me parece.

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09 Jun 2009

Un líquido, al evaporarse, absorbe calor. Por esa razón, cuando se evapora un líquido que se encuentra en una superficie, ésta se enfría. Por ello, no es de extrañar que la evaporación sea uno de los mecanismos más eficaces de los que se valen los animales homeotermos, -conocidos vulgarmente como animales de sangre caliente-, para perder calor cuando lo necesitan y el único al que pueden recurrir cuando el ambiente está más caliente que el propio organismo. Me refiero, lógicamente, a los homeotermos terrestres, claro está, porque a los acuáticos, por razones obvias, les está vedada esa posibilidad.

En algunas especies la superficie respiratoria es donde tiene lugar esa evaporación y, por lo tanto, la pérdida de calor por esa vía. En los perros, por ejemplo, la lengua y la superficie del aparato respiratorio cumplen esa función. Mientras corren, o tras haber corrido, es normal que un perro jadee, también cuando hace calor, aunque esté o haya estado quieto. El jadeo, contra lo que pueda parecer, no tiene por objeto respirar; no es es su función principal al menos. Al jadear, el perro renueva rápidamente el aire que hay sobre esas superficies y, de esa forma, facilita o intensifica la evaporación de agua en las mismas. Esa es la función principal de los movimientos de jadeo.

Otros mamíferos también recurren a la evaporación como mecanismo para disipar calor, pero en vez de valerse de la evaporación del agua de las superficies respiratorias, recurren a la sudoración. Nosotros, los seres humanos, somos un ejemplo claro de ese comportamiento y de hecho, llegamos a perder grandes volúmenes de agua de esa forma cuando necesitamos disipar mucho calor. Un jugador de futbol, por ejemplo, puede perder hasta un 4% de su masa corporal en forma de sudor a lo largo de un partido, y eso que suelen ingerir cierto volumen de agua (en forma de líquidos isotónicos) en el vestuario durante el descanso y cada vez que tienen ocasión cuando se detiene el juego. Y puede ser bastante más lo que llegan a perder los deportistas que participan en pruebas de resistencia de larga duración.

Hablando de sudor, me ha parecido de interés un pasaje de “El Mundo Clásico”, del historiador británico Sir Robin Lane Fox (Editorial Crítica, 2007, 825 pp.; traducción de “The Classical World. An Epic History of Greece and Rome”, Penguin Books, 2005). Se refiere a la Atenas clásica, cuando era la cabeza del imperio ultramarino que llegó a ser en la Antigüedad. Cito literalmente:

“Para el “imperio insular” lo importante era la trirreme. Así pues, durante muchos años sería habitual la presencia en el mar de flotas de cien navíos o más. Aunque parte de sus remeros eran extranjeros asalariados, el grueso estaba compuesto por atenienses de clase humilde que habían acumulado más años de experiencia que cualquier posible enemigo. En las expediciones que se emprendían en pleno verano, esos remeros mostraban una resistencia muy superior a cualquier individuo de nuestros tiempos. En una recreación de este tipo de naves realizada recientemente, los remeros tenían que ingerir un litro de agua por cada hora de trabajo al remo (los remeros actuales de una trirreme habrían necesitado por tanto casi dos mil litros de agua para una jornada de trabajo de diez horas, mientras que una trirreme antigua no podía transportar grandes provisiones de agua). “Casi toda el agua consumida”, cuentan los modernos recreadores de la trirreme, “era eliminada a través del sudor, y los remeros apenas sentían la necesidad de orinar. Buena parte de ese sudor caía goteando sobre los hombres que ocupaban la hilera inferior, lo que resultaba verdaderamente desagradable para ellos. El mal olor de la bodega era tan penetrante, que debía fregarse con agua salada al menos una vez cada cuatro días (aunque los antiguos atenienses probablemente fueran más tolerantes)”. Para mantenerse fresco el cuerpo debe evaporar fluidos, de modo que “la ventilación se hace absolutamente necesaria, pero rara vez resulta suficiente para para la inferior de las tres hileras” (los entrecomillados, tomados de J.S.Morrison, J.F.Coates y N.B.Rankov, 2000, “The Athenian Trireme”, 238 pp.)

Sobran comentarios.

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19 May 2009

En esta entrada voy a hacer una excepción. No voy a referirme a ningún animal o grupo en concreto, sino que voy a dar algunas claves para entender cómo se relacionan los animales homeotermos con su entorno térmico, y también citaré alguna consecuencia práctica de esa relación.

Para que un animal mantenga constante su temperatura corporal, ganancias y pérdidas de calor deben estar igualadas. La mayor parte del calor se lo debemos a la actividad metabólica, que es algo así como nuestro motor interno. Y, simplificando un poco, podemos decir que las pérdidas se producen de tres modos distintos: por conducción, radiación y evaporación. De radiación y de evaporación nos ocuparemos en otras ocasiones.

Para que se pierda calor por conducción se requiere que el cuerpo se halle en contacto con otra masa, ya sea sólida o se trate de un fluido, aire o agua. Consiste en la transferencia de calor del cuerpo del animal al medio con que el animal se encuentra en contacto. Esta modalidad de pérdida de calor requiere que el cuerpo esté más caliente que el medio. Y la cantidad de calor que pierde de ese modo depende, básicamente, de tres factores, la diferencia de temperatura con el medio, la conductividad térmica de éste, y la velocidad a la que se renueva el medio en contacto con la superficie corporal. Todo esto tiene importantes consecuencias prácticas. Veamoslas.

La primera es que cuanto más frío hace, más calor se pierde. Esto es obvio y parece una verdad de perogrullo. Lo que no parece estar tan claro para todo el mundo, aunque sea igual de obvio, es qué ocurre cuando el aire está más caliente que el propio cuerpo. Los ciudadanos europeos suelen aligerar notablemente la vestimenta en zonas donde la temperatura es más alta que la propia, sobre todo si hace viento. Los beduinos del desierto, que de esto saben algo más, se cubren de la cabeza a los pies. Se aislan así al máximo, porque cuando la temperatura exterior es superior a la corporal, no se pierde, sino que se gana calor por conducción, también cuando se mueve el aire.

La segunda consecuencia no es tan obvia, aunque sí conocida: Dada su alta conductividad térmica del agua, la pérdida de calor en ese medio es mucho mayor que en aire; es tan intensa que a cualquier animal le resulta muy difícil mantener su temperatura corporal si ésta es diferente de la del agua. En concreto, a los seres humanos nos resulta imposible regular la temperatura corporal si nos encontramos en una masa de agua cuya temperatura es inferior a 15ºC. La excepción a esta regla son los mamíferos acuáticos, pero no olvidemos que éstos disponen de una gruesa capa de grasa subcutánea a modo de aislamiento térmico (Ver Mila bederatzieun ta lenengo urtian).

Y la tercera consecuencia es conocida, pero no siempre se tiene en cuenta. A bajas temperaturas, el movimiento de aire puede tener un efecto tremendo. Así, un animal expuesto a una temperatura de -40ºC y un viento de 50 Km/h, perderá calor de forma equivalente al que hubiera perdido si se hubiera encontrado expuesto a -80ºC sin viento (tengase en cuenta este dato al leer la historia La vida increible del pingüino emperador).

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08 May 2009

Con esas palabras comienza una canción popular oriotarra, muy conocida entre nosotros desde que Benito Lertxundi la grabase hace ya unos años. En la canción se narra la historia de la caza de la última ballena de cuya aparición en la costa vasca se tiene noticia. Tras su avistamiento, frente a la barra de Orio, a las nueve de la mañana del 14 de mayo de 1.901, la ballena fue arponeada por los arrantzales que partieron a darle caza en cinco traineras. La canción cita a los cinco oriotarras que patroneaban las traineras y también hace una detallada descripción de la ballena, dando las medidas de longitud, anchura y peso, y llegando a precisar incluso el precio, -seis pesetas la tina-, a que fue vendida (la letra completa, en castellano y en vasco están al final de la entrada).

Aunque ya hace más de un siglo que los vascos no se dedican a cazar ballenas, en el pasado esta actividad tuvo importancia económica para los pueblos de la costa. No sólo los vascos; son varios los pueblos que han vivido de la caza de ballenas y, aun hoy, rusos, noruegos y japoneses siguen teniendo su flota ballenera.

Aunque la carne de ballena es una carne apreciada en algunos paises, el producto del que históricamente se obtenía mayor rentabilidad era el aceite, o grasa, porque de un único ejemplar pueden extraerse grandes volúmenes. Todos los mamíferos marinos acumulan grandes cantidades de grasa subcutánea. Esa grasa puede jugar el papel de reserva energética, por supuesto, pero su principal función no tiene nada que ver con esa condición. La grasa subcutánea que acumulan los mamíferos marinos ejerce, ante todo, el papel de aislante térmico.

Las tres vías o los tres modos mediante los que pierden calor los animales son la radiación, la conducción y la evaporación. Pero los animales acuáticos sólo pierden calor por conducción, esto es, por transferencia directa de calor. Por otra parte, el agua conduce el calor mucho mejor que el aire, razón por la cual los animales acuáticos pueden llegar a perder grandes cantidades de calor si el medio externo está más frío que el organismo.

En el caso de los homeotermos, casi todas las masas de agua naturales del planeta están más frías que ellos, y esa diferencia es enorme si los animales en cuestión viven en las zonas circumpolares. Se da la circunstancia de que en esos mares habitan abundantes ejemplares de algunas especies de mamíferos marinos. Entre ellos se encuentran las ballenas, y no es casualidad que haya tantos ejemplares. Por un lado, son aguas muy productivas y, por el otro, se encuentran muy bien adaptados a vivir en esas aguas tan frías. Y el hecho es que el principal elemento que les permite adaptarse y medrar en aguas gélidas es, precisamente, el magnífico aislamiento térmico que les proporciona la abundante grasa subcutánea que acumulan.

Desgraciadamente, el 14 de mayo de 1901 ningún oriotarra se acordó de llevar la cámara de video y grabar las imágenes de la caza frente a la barra. Por eso he recurrido a otra caza épica de ballena, de la más universal de las ballenas:

Aquí tienes la letra completa de la canción (más adelante va la traducción):

Balearen bertsoak
(Herrikoia)

Mila bederatzieun da
lenengo urtian
Maiatzaren hamalau
garren egunian
Orioko herriko
barraren aurrian.
Balia agertu zan
beatzik aldian.

Haundia ba zan ere
azkarra ibilian.
Bueltaka han zebilen
juan da etorrian.
Ondarra arrotuaz
murgil igarian.
Zorriak zeuzkan eta
haiek bota nahian.

Ikusi zutenian
hala zebilela
beriala jun ziran
treineruen bila.
Arpoi ta dinamitak
eta soka bila.
Aguro ekartzeko
etzan jende hila

Bost treinero juan ziran
patroi banarekin.
Mutil bizkor bikainak
guztiz onarekin.
Manuel Olaizola
eta Loidirekin.
Uranga, Atxaga ta
Manterolarekin.

Baliak egindako
salto ta marruak
ziran izugarri ta
ikaratzekuak
atzera egin gabe
ango arriskuak
arpoiakin hil zuten
han ziran hangoak.

Bost txalupa jiran da
erdian balia
gizonak egin zuten
bain nahiko pelia.
Ikusi zutenian
hila edo itoa
legorretikan ba zan
biba ta txaloa.

Hamabi metro luze
gerria hamar lodi
Buztan palak lau zabal
albuetan pala bi.
Ezpainetan bizarrak
beste ilera bi
orraziak bezala
ain zeuzkan ederki.

Gorputzez zan mila ta
berreun larrua.
Beste berreun mingain
ta tripa barruak.
Gutxi janaz etzegon
batere galdua.
Tinako sei pezetan
izan zan saldua.

Gertatu bat jarri det
egiaren alde.
Hau horrela ez bada
jendiari galde.
Bihotzez pozturikan
atsegintsu gaude.
Gora oriotarrak
esan bildur gabe.

Aquí la traducción al castellano:

Los versos de la ballena
(Popular)

En el año de
mil novecientos uno
el día catorce de mayo
delante de la barra de Orio
apareció, a eso de las nueve,
una ballena.

Si bien era grande,
se movía ágilmente,
Ahí andaba a vueltas
yendo y viniendo
removiendo la arena al sumergirse,
pues tenía piojos
y trataba de deshacerse de ellos.

Enseguida que vieron
que así andaba
fueron en busca
de las traineras,
de arpón, dinamita y sogas.
Para traerlo rápido
no era gente adormecida.

Fueron cinco traineras
cada una con su patrón.
Con hombres adiestrados
y fornidos.
Con Manuel Olaizola, Loidi,
Uranga, Atxaga y Manterola.

Los saltos y gritos que daba la ballena
eran inmensos y temibles
sin que les amedrentaran
aquellos riesgos
la mataron con el arpón.
¡Ay de lo que allí sucedió!

Rodeando a la ballena
cinco chalupas.
Dura pelea la que libraron
aquellos hombres.
Cuando la vieron
muerta o ahogada
desde tierra
se oyeron vivas y aplausos.

De largo doce metros,
la cintura, diez de grueso.
La pala de la cola cuatro de ancho
a los lados, dos palas.
En los labios, las barbas
tenía en dos hileras;
tan bien ordenadas
como un peine.

Mil doscientas arrobas
tenía el cuerpo.
Otras doscientas la lengua
y el contenido de las tripas,
por falta de comer
no estaba perdida.
A seis pesetas por barril fue vendida.

He contado lo que ocurrió
en favor de la verdad.
Preguntad a la gente
si no fue así.
Estamos satisfechos
de corazón.
Decid sin miedo
vivan los oriotarras.

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21 Abr 2009

El pingüino emperador, Aptenodytes forsteri, vive en la Antártida. No hay en el mundo ninguna otra ave que viva en un lugar tan frío. Quizás por ello sea tan asombrosa la vida de este animal.

Aptenodytes forsteri, al ser una especie piscívora, sólo se alimenta en el mar. Al aproximarse el invierno, el pingüino macho sale del agua y se dirige, caminando sobre el mar helado, hasta la zona de cría, situada sobre hielo permanente a 50 o 100 km del agua. Allí le espera la hembra. Cuando llega el macho, la hembra pone un huevo, un único huevo y, tras pasarselo al macho, se dirige hacia el mar, en busca de alimento. El macho es, a partir de ese momento, el encargado de incubar el huevo, tarea que desarrollará de modo ininterrumpido durante más de dos meses.

Durante todo ese periodo el pingüino no solamente no come, -recordemos que se encuentra a gran distancia del mar-, sino que además, en numerosas ocasiones la temperatura, durante el invierno antártico, cae hasta los 40 o 50 ºC bajo cero. Por si eso fuera poco, en la Antártida no son infrecuentes las tormentas de viento y nieve. Cuando finaliza el periodo de incubación y sale el pollo del huevo, llega la hembra de su estancia en el mar, y trae el estómago lleno de pescado para alimentarlo. Es en ese momento cuando llega para el pingüino macho el turno de volver al mar. Durante las semanas que siguen, y mientras la hembra alimenta al polluelo con el pescado que ha traido en su estómago, el macho se alimenta y repone sus reservas de energía, casi completamente exhaustas.

El comportamiento del pingüino macho es ciertamente asombroso. Permanecer en ayunas durante tres meses no es heroicidad pequeña para la mayor parte de los animales. Pero por si eso no fuera poco, mantiene su cuerpo a 38 ºC, mientras la temperatura ambiente no se eleva por encima de -20 ºC, llegando en numerosas ocasiones hasta los -50 ºC. ¡La diferencia entre la temperatura exterior y la temperatura corporal nunca es inferior a los 60 ºC! Esto solo es posible gracias a las reservas de grasa que ha almacenado bajo la piel durante el tiempo que pasó alimentándose en el mar. Eso está claro, sí, pero las cuentas no salen.

El periodo de ayuno se puede prolongar alrededor de 100 días, y durante el mismo, el pingüino llega a perder un 40% de su masa. Para hacer cuentas, dos son las fuentas de gasto que se tienen que considerar. Está, por un lado, la energía que debe invertir en el largo viaje de ida y vuelta (entre 50 y 100 km para venir del mar y otro tanto para el regreso); y por el otro, está el combustible que necesita para mantener su cuerpo a 38 ºC durante el periodo de incubación.

Aptenodytes forsteri es un pingüino grande; es el más grande entre las diferentes especies de pingüino. Un ejemplar de 35 kg necesita un aporte de energía para el desplazamiento equivalente a 1’5 kg de grasa aproximadamente. Por otra parte, de acuerdo con los resultados obtenidos en experimentos realizados bajo condiciones controladas y a las temperaturas habituales en el invierno antártico, un pingüino macho perdería del orden 25 kg de grasa durante la incubación del huevo.

Por eso no salen las cuentas, porque la masa que pierde el pingüino durante el periodo de incubación es del orden de 12 o 13 kg, esto es, la mitad del valor estimado a partir de los resultados experimentales. Es evidente, por lo tanto, que no se han tenido en cuenta todos los elementos que intervienen en esta historia. Y lo más probable es que los resultados del laboratorio no sean todo lo representativos de las condiciones naturales que debieran ser. Porque las determinaciones se realizaron de forma individual a unos cuantos pingüinos, pero cuando se encuentran en el invierno antártico, los pingüinos se juntan unos a otros, casi podría decirse que se amontonan. Si estuviesen solos, toda su superficie corporal se encontraría expuesta al frio glacial y a los vendavales, y por toda la superficie corporal perderían calor de forma intensa. Pero cuando se encuentran incubando el huevo en la zona de cría se agrupan, se colocan unos al lado de los otros y durante la mayor parte del tiempo tan solo exponen una pequeña fracción de su superficie corporal al exterior. De esa forma pierden mucho menos calor que el estimado a partir de determinaciones de laboratorio. Y al perder menos calor, también es menos el calor que deben producir utilizando el combustible almacenado en forma de grasa. Así pues, gracias al agrupamiento llegan a gastar la mitad del combustible que, sin él, hubiesen necesitado.

La verdad es que son muchos los animales, -humanos incluídos-, que se agrupan para evitar perder calor, pero en el caso del pingüino emperador sin duda podemos afirmar que se trata de una cuestión de vida o muerte.

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Sobre este blog

Animaladas

Juan Ignacio Pérez, catedrático de Fisiología en la Facultad de Ciencia y Tecnología de la Universidad del País Vasco, quiere ilustrar, mediante ejemplos escogidos, cómo funcionan los animales y los mecanismos que les permiten sobrevivir, crecer y reproducirse con éxito bajo casi cualquier situación ambiental sobre la tierra.

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