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13 Ago 2009

En el anterior post hablé sobre las series de televisión y el rasgo en común que todas ellas tienen: un sentido irreal de la justicia, conocido como "happy ending", que hace que siempre terminen bien. Este terminar bien significa que los forenses siempre dan con el asesino, los policías resuelven todos sus casos (incluso los sucedidos hace veinte años. ¡La perfección de los investigadores es tal, que se aburren con los crímenes del presente para dedicarse a los pasados! ), los médicos dan con un diagnóstico complicadísimo o los presos escapan con éxito... Nada de esto tiene que ver con la realidad, pero habrá que pensar que a la audiencia no le gusta que le cuenten la cruda realidad. Ya la viven todos los días. La televisión como vía de escape, que se suele decir.

Visto esto, me llama todavía más la atención la afición que tenían los antiguos griegos hacia el teatro. Tenían comedias, sí (Aristófanes es sólo uno de los varios autores de comedias que hubo), pero los festivales giraban en torno a las tragedias. Como ocurre en la actualidad con las series, el final ya era conocido: Edipo mataría a su padre y yacería con su madre. El "unhappy ending" estaba garantizado. ¡Qué distinto a nuestra costumbre de que todo termine felizmente! ¡Evadirse sufriendo!

Mirar a la realidad cara a cara es propio del superhombre, que diría Nietzsche; es sonreir, como hacía el Sísifo de Camus, ante su irremediable destino ligado a la maldita roca montaña arriba; pero es demasiado difícil de soportar. ¿Alguien imagina una serie en la que el asesino siempre quede impune o todos los enfermos fallezcan?

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12 Ago 2009

Policías, médicos, bomberos, vampiros, presidiarios..., no hay historia que no sea motivo de atención para los productores de televisión norteamericanos (digo norteamericanos porque los demás, por lo general, se limitan a hacer versiones nacionales de los originales). Nos encanta que nos cuenten historias. Antes eran los aedos, después los profetas, más tarde los juglares, los periódicos, la radio, los abuelos y ahora, las series televisivas. Pero a pesar de esta inmensa variedad, todas ellas comparten un rasgo: el "happy ending", que no deja de ser un peculiar sentido de la justicia. Me explico.

Investigadores para los que no hay crimen irresoluble (CSI, Navy: investigación criminal. Tan es su perfección, que en Caso abierto se dedican a resolver casos abandonados décadas atrás), matemáticos que ayudan a aclarar los más insondables misterios (Numbers), médicos que aciertan con los más raras de las enfermedades (House) o presos inmersos en las más intrincadas conspiraciones (Prison Break). No importa. Todas terminan igual: el criminal acaba entre rejas, la fiebre más rara solucionada o la conspiración de turno fracasada. Describen un mundo imperfecto en el que se busca una perfección finalmente alcanzada. El sueño de muchas religiones y de todos los sistemas éticos habidos y por haber.

Cuando alguno de estos sistemas de comportamiento o visiones del mundo presentan sus ideales es, obviamente, porque la realidad no es así (el Antiguo Testamento narra la historia de un pueblo elegido por Dios que continuamente se sale de sus preceptos morales); nadie aspira al paraíso cuando ya está en él.
En otras palabras, estas series (y la inmensa mayoría de sus películas, claro está) venden una realidad optimista que en verdad revela un mundo imperfecto. La justicia, el bien, la virtud, terminan triunfando siempre. Es lo que les sucede, insisto, a todos los sistemas éticos y a religiones como el judaísmo o el cristianismo. La cuestión está en creer realmente en que es mundo de ilusión puede ser alcanzable o no. ¿Es alcanzable el paraíso? La izquierda tradicional cree que sí; la derecha tradicional se conforma, que no es poco, con el capitalismo, su paraíso terrenal.

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