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01 Jun 2009

En el anterior post aposté por una "reconversión industrial" en el sector del automóvil. El argumento básico es que se trata de un sector que "está muerto": difícilmente podrá aumentar su mercado tras la incorporación de la mujer al trabajo; la variedad de modelos a la venta es ilógica (los SUV son el mejor ejemplo, pero también hay otros casos como los coches familiares con prestaciones de deportivo -"por si a papá le apetece correr", como leí en una revista especializada) e insostenible; el espacio es un bien escaso en las ciudades, y su dependencia del petróleo los convierte en una inversión arriesgada. El sector está intentado reorientarse con los motores híbridos y eléctricos, pero no creo que sea ésta la solución; más bien me parece una huida hacia adelante. El problema de la dependencia energética (en el caso de España, no tenemos petróleo y sufrimos un déficit energético que nos hace comprar electricidad, por ejemplo, a Francia) seguiría ahí, amén de la cuestión medioambiental.

Todas estas razones, como digo, me llevaron a apostar por la reconversión. La clave, desde el punto de vista del ciudadano, será cambiar su mentalidad. Esta industria ha conseguido asociar la posesión de un automóvil con una de nuestras ideas más preciadas, la libertad, por lo que no resultará nada fácil convencernos de que este artilugio no es en absoluto imprescindible (siempre que se mejoren los transportes públicos). La mejor forma de darle un valor a la idea de libertad es traducirla a dinero.

Un cálculo aproximado

Tomo el ejemplo de un coche medio, pongamos por caso un Peugeot 307 de 90 caballos y motor diésel. Su precio inicial es de unos 15.000 euros, que distribuidos en diez años, son 1.500 euros al año (no tengo en cuenta los intereses ni las averías, que serían más frecuentes con el paso del tiempo). Si le suponemos un uso anual de unos 20.000 kilómetros, correspondiente a un empleo diario para ir al trabajo y unos desplazamientos cortos, y un consumo aproximado de seis litros a los 100 kilómetros, nos sale que consumimos 1.200 litros de gasoil al año. A un precio aproximado de 0,85 euros, nos da 1.020 euros.
Un seguro a terceros supone alrededor de 300 euros anuales. No tendré en cuenta las posibles averías o los necesarios cambios de aceite o neumáticos; tampoco la parcela de garaje. Como "compensación", supondré que toca pasar la ITV, unos 60 euros, y que el impuesto de circulación ronda los 100 euros anuales. En definitiva, al año saldrían 2.980 euros, es decir, 8,1 euros al día.

Comparémoslo con el uso del transporte público. Supongamos que utilizamos el metro diariamente. Un billete mensual para dos zonas cuesta 35 euros. Por añadidura y dado que hablamos de transporte público, supongamos que gastamos veinte euros al mes en autobuses y tren. Puesto que no es fácil saber qué parte de los impuestos se dedican a este menester y que no puede ser muy elevado por persona, prescindiré de su coste. Con todo, salen 660 euros, es decir, 1,8 euros diarios.

Así las cosas, resulta que la idea de libertad y autonomía que aporta el automóvil cuesta 4,5 veces más que el uso del transporte público. Aun tratándose de una estimación muy aproximada y que deja muchos aspectos fuera (no tiene en cuenta el tiempo perdido en los atascos o buscando aparcamiento ni las molestias de viajar con una multitud alrededor o las inevitables averías), supone un argumento más en esta apuesta por la reconversión industrial del sector automovilístico.

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29 May 2009

El mercado del automóvil, especialmente el estadounidense, se tambalea y sus rectores tratan por todos los medios de que los gobiernos eviten su caída. Sus argumentos, sin duda, son de peso: miles de trabajos, por vía directa e indirecta, están en juego, y en un momento de recesión, el hundimiento de este sector no haría sino ahondar este círculo vicioso de la crisis: bajada del consumo-desempleo-mayor bajada del consumo-más desempleo…

Sin embargo, cabe plantearse si seguir ayudando al sector es realmente una buena medida a largo plazo. El sector del automóvil ha conseguido ya un milagro: hacer del coche un objeto más de consumo. Hace tan sólo unos pocos años, el automóvil era una inversión como lo podía ser la vivienda; uno sólo cambiaba de coche cada 10 ó 15 años. Además, cada familia tenía sólo un coche para todos sus integrantes. El gran milagro del sector se aprovechó de una circunstancia sociológica como fue la incorporación de la mujer al mundo laboral para incrementar su mercado. De esta forma, con el hombre y la mujer trabajando, muchas familias se hicieron con un segundo vehículo y las ventas se dispararon (en algunos casos, cuando los hijos alcanzaban la mayoría de edad, se podía incorporar un tercer vehículo). En definitiva, casi se cambia más de coche más que de televisión.

Por otra parte, los últimos años de bonanza económica han permitido al sector multiplicar su oferta hasta límites insospechados. Los SUV han sido el mejor ejemplo. Un vehículo con supuestas cualidades de todoterreno pero destinado a la vida urbana. También se ha apostado por los coupé de cuatro puertas y por los SUV coupé. ¿Es posible seguir mezclando segmentos? Sin duda, pero la situación económica no los hará rentables.

Cambio de mentalidad

Como vía de escape, el sector del automóvil está apostando por los motores híbridos y eléctricos y por una reducción drástica de los consumos. Los anuncios de los nuevos modelos se encargan de subrayar estas cualidades. Sin embargo, creo que ésta no es la solución. El sector “está muerto” porque difícilmente podrá aumentar su número de clientes más allá de los actuales y porque el espacio en las ciudades es cada vez menor. De esta forma, apoyar esta industria puede ser útil a corto plazo (para los gobiernos, políticamente le dará no pocos votos), pero a la larga creará más problemas de los que soluciona.

Desde mi punto de vista, es el momento de una reconversión industrial como se hizo en la década de 1980. Se trataría de incentivar el transporte público u otras formas más lógicas y económicas de desplazamiento. Como toda reconversión, será muy dolorosa y habrá que cambiar la mentalidad que asocia automóvil e independencia. La simple constatación de los enormes gastos (impuesto de matriculación, seguros, ITV, combustible, averías…) que genera un coche debería ayudar a cambiar esta arraigada mentalidad.

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