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30 Mar 2009

Ha comenzado la temporada de Fórmula 1 y me han llamado la atención dos cosas: una, lo feos que son los coches, que parecen cosechadoras con esos alerones delanteros tan anchos; y dos, la escasa innovación en la retransmisión. No es culpa de la Sexta, que lo hace igual que T5, sino de la realización que hace la propia empresa de Ecclestone. Salvo el tema del Kers, prácticamente no hay novedades.

Una forma de hacer más atractiva la retransmisión sería personalizarla al máximo, es decir, ofrecer la posibilidad de cada aficionado vea la carrera con el piloto que desee. Poniendo una cámara en cada uno de los bólidos y conectarla a Internet serviría para que los grandes aficionados no sólo disfrutasen de la carrera, sino que siguieran a su piloto favorito en todo momento. Evidentemente, el coste sería muy alto, pero habría que tener en cuenta que se podría introducir una publicidad diferenciada por países (es de esperar, por ejemplo, que la mayoría de españoles siguiera a Fernando Alonso) e incluso precisar más haciendo registrarse a los usuarios para conocer sus intereses -esto se hace muy a menudo cuando a uno le piden rellenar un formulario para registrarse en cualquier tienda digital-. Si me apuran, y siguiendo el modelo de los videojuegos, se podrían ofrecer varias posibilidades de visión: perspectiva del piloto, desde la parte trasera, desde arriba (ya se hace, por ejemplo, con el tráfico; se puede ver la situación de la A-8 en varios tramos)...

De esta forma, habría dos formas de ver las carreras. Una, la tradicional y uniforme que vemos ahora en la televisión. La otra, que conllevaría un pago extra, la personalizada gracias a Internet. Las sesiones de los viernes ya se ven en la Red, por lo que no me parece que estemos tan lejos de esta propuesta. Tiempo al tiempo.

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04 Feb 2009

Una pregunta carcome en los últimos años al sector de la prensa: ¿qué pasa con los periódicos?; es decir, ¿por qué no nos leen?, ¿por qué caen las ventas? Las hipótesis más habituales son la competencia de los diarios gratuitos, el bajo índice de lectura, el poder tradicional de la televisión y el cada vez mayor peso de Internet; mientras que las respuestas son innovar con diseños más atractivos que incluyan más imágenes e infografías, potenciar las promociones o apostar por titulares más llamativos. Aun así, la situación no mejora y la pregunta sigue en el aire.

Parece claro que la televisión, desde su irrupción en la década de 1950, ha cambiado la forma de ofrecer la información. El poder de las imagen no tiene comparación debido a que la vista es el más desarrollado de los sentidos humanos. Ningún otro ofrece tanta información ni es absorbido con tanta facilidad (seguramente por eso la radio no haya influido tanto en este fenómeno). A esta su gran ventaja se le ha de añadir su mayor capacidad para actualizar la información. Los acontecimientos del día aparecen reflejados ese mismo día y no hay que esperar al periódico de la jornada siguiente para informarse.

Creyendo que era el poder de la imagen la clave del éxito de la televisión, la prensa ha apostado en los últimos tiempos, como ya he dicho, por hacer más amena la información con fotografías, gráficos e imágenes de todo tipo. Una apuesta plausible pero creo que fútil. La clave está en el segundo aspecto, en la capacidad de actualización, una capacidad incrementada todavía más por Internet. La nueva pesadilla del periódico escrito cuenta, como la tele, con el poder de la imagen, pero con una velocidad de actualización todavía mayor. Ya no hay que esperar a una conexión o a los informativos del día, sino que prácticamente al instante se puede conocer lo que sucede al otro lado del mundo. ¿Cómo competir con esto?

Muchos se refugian en el hecho de que el periódico es un medio más reflexivo y "profundo" donde uno puede leer unas noticias más elaboradas con mayor tranquilidad. Otro error, creo. Realmente el mundo del periodismo es puramente horizontal, es decir, no está orientado a analizar en profundidad los acontecimientos (sobre el tema de la horizontalidad en la sociedad actual, Alessandro Baricco escribió un recomendable -en algunos aspectos- 'Los bárbaros. Ensayo sobre la mutación'); no es un mundo de especialistas. Los periódicos, cuando nacieron, perseguían ofrecer noticias lo más rápidamente posible; de hecho, la propia estructura de las noticias permite enterarse de los que ha sucedido con el titular y el primer párrafo (Y los periodistas tampoco son especialistas en nada. Conocen, en teoría, una técnica -trasladar al lector la noticia-, pero no es un contenido específico). Ahora se han visto superados por la propia necesidad que les dio la vida: la velocidad y necesidad de actualización de la información. Otra época, otra velocidad, otro medio.

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02 Dic 2008

"Dulce bellum inexpertis" ("Dulce es la guerra para los que no la conocen"), escribió Erasmo de Rotterdam recogiendo un viejo adagio latino. Razón tenía el sabio holandés del siglo XVI, una centuria preñada de conflictos bélicos. Pocos pondrían en duda esta afirmación, pero sí que es cierto que del esfuerzo que los seres humanos hacemos para aniquilarnos pueden surgir grandes creaciones.

Un primer ejemplo podría ser el propio Estado. Algunos historiadores como Charles Tilly han defendido que fue el creciente esfuerzo que requirió la guerra en los siglos XVII y XVIII (más hombres, más medios económicos...) el que alimentó un crecimiento espectacular de la burocracia que daría lugar a la increíble estructura alcanzada ya en el siglo XX, especialmente tras la II Guerra Mundial.

Más sorprendente aún es el caso de Internet. En 1969 el ejército estadounidense decidió desarrollar un sistema de almacenamiento de información que no dependiera de un solo ordenador. De esta forma, en caso de que esa máquina en concreto sufriera algún problema, la información contenida no se perdería. Es el germen de esa asombrosa red que hoy en día es Internet. También la guerra está detrás de los ordenadores. Sus primeros balbuceos surgieron de la mente del matemático inglés Alan Turing, el hombre que logró descifrar el código 'Enigma' de los alemanes. Gracias a sus esfuerzos contra los nazis (y a sus teorías para hallar un método que confirmara los teoremas de Kurt Gödel) y a la nueva orientación que le dio John von Neumann nacieron las primeras computadoras.

La II Guerra Mundial también fue fecunda para la carrera espacial, al menos en lo que a los norteamericanos se refiere. Sabedores de los grandes progresos que el nazi Werner von Braun había hecho con las V-2 que caían sobre Londres, reclutaron a este científico para que desarrollara un programa capaz de rivalizar con los avances que los soviéticos estaban realizando en este campo.

Y, cómo no, la medicina también debe importantes avances al esfuerzo bélico. La quimioterapia es un ejemplo de ello. La idea de que los fármacos podían curar el cáncer surgió de observar los efectos del gas mostaza sobre los soldados en la I Guerra Mundial. Los combatientes afectados por esta sustancia presentaban niveles muy bajos de glóbulos blancos, cuya descontrolada acción es responsable, verbi gratia, de la leucemia. Curiosa forma de dar con una solución (por poco refinada que resulte) para el cáncer.

El caso de la penicilina es hasta cierto punto parecido. Surgió, sí, de la casualidad, que hizo darse cuenta a Alexander Fleming de las capacidades de un hongo (Penecillium notatum) con el que estaba trabajando. Pero el científico británico albergaba muchas dudas de que pudiera producir esta sustancia de forma masiva. Sería el esfuerzo británico en la II Guerra Mundial la que posibilitaría su uso en los soldados y ya en 1946 salió a la venta.

Estos son sólo algunos ejemplos de que cómo la peor de las manifestaciones del espíritu humano -la guerra- puede dar lugar a creaciones trascendentes. Dostoievki, gran conocedor de los entresijos de la mente humana, dejó escrito en los 'Hermanos Karamazov' una cita memorable: "el corazón del hombre es el campo de batalla entre dios y el demonio". Dicho queda.

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