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10 Feb 2008

Ya ha entrado en campaña el gran tema de los próximos años: la inmigración. Hasta este momento, la economía había acaparado la precampaña electoral (dejando a un lado la escisión evidente del PP entre Aguirre y Gallardón. Por cierto, ¿cómo es posible que una persona tan aborregada como Aguirre -recordemos su paso por el ministerio de Cultura- tenga semejante poder?); pero la propuesta de contrato para el inmigrante de Rajoy ha levantado la liebre.

Las respuestas han sido las que cabían esperar: xenofobia, racismo, insolidaridad..., respuestas típicas de la izquierda. En un post anterior aposté por tratar de estudiar las ideas sin atender a un posible origen en la izquierda o en la derecha; pero está visto que los políticos prefieren aferrarse a su sistema doctrinario. Desde mi punto de vista, habría que analizar si verdaderamente podemos aceptar más inmigrantes, si nuestro fabuloso sistema sanitario puede absorberlos, si nuestro estado de bienestar puede asumir más costes de los que ya tiene... De nada sirve hablar de insolidaridad, de infraclase, de desechos humanos (véanse los libros de Z. Bauman, el conocido sociólogo polaco) en el vacío.

Ojalá que el mundo no fuera como es y pudiésemos encontrar respuestas globales a problemas igualmente globales (pobreza, desigualdad...). Sin embargo, la distancia entre poder (global) y política (local; sigo aquí al citado Bauman), es decir, entre fenómenos que afectan a todo el globalizado planeta y lo que podemos hacer cada uno de nosotros o de nuestras pequeñas comunidades; es cada vez mayor. ¿Qué hacer entonces? Difícilmente puede impedir la acción local la desigualdad que arrasa, por ejemplo, África y que origina esa marea de refugiados; pero eso no significa que sea beneficioso abrir las puertas sin cortapisas, porque nos llevaría a la ruina a nosotros y a ellos (situación en la que, por otra parte, ya están, por lo que sería ahondar en tan horrible situación). Y esta ruina es la que enciende los ánimos de la población, que ve cómo vienen gentes de todos los lugares, reciben ayudas, son atendidos en hospitales... Es aquí donde empiezan verdaderamente los problemas, cuando se ve a los inmigrantes como parias y aprovechados.

Tenemos que ver que países con una larga tradición multicultural como Holanda han comenzado a exigir el conocimiento de su lengua y algunos otros requisitos que podríamos denominar "de sentido común". Dejemos a un lado la estupidez del contrato y pidamos un mínimo de integración: idioma, respeto a las normas por nosotros compartidas (consideración respecto a la mujer, por ejemplo), trabajo...
Quienes quieran aferrarse a un país monocolor, mejor que vayan olvidándose; pero aquellos (Zapatero lo hizo ayer) que proclaman el respeto a la diferencia han de responder entonces a cuestiones como la ablación del clítoris, maltrato, etcétera. Imagino que no estarán de acuerdo y si no queremos juzgarlo moralmente (los autoproclamados multiculturalistas no tienen base para ello), podemos decir que aquí esas prácticas son, como poco, ilegales. Guste o disguste.

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21 Dic 2007

Hoy toca un tema verdaderamente polémico, de esos que tachan al que los toca de poco menos que reaccionario: la inmigración. No hace falta más que observar que de unos años a esta parte, la variedad racial inunda nuestras calles, lo cual, por principio, no es bueno ni malo; simplemente "es".

Hace unos años tuve la oportunidad de viajar a París, Londres y Amsterdam, y me llamó poderosamente la atención la gran diversidad de gentes que se encuentra en estas grandes ciudades. “¿Cuándo llegará esto a nuestro país?”, me preguntaba, “¿cuándo será común encontrar a un turco, un senegalés o un marroquí paseando por nuestras calles?” Pues bien, tal momento ha llegado y constituye, a mi juicio, el gran reto al que nos tenemos que enfrentar.

Por supuesto, no somos los únicos. De hecho, son las noticias que llegan de Italia las que me impulsan a tocar ahora este tema. El gobierno Prodi, empujado por la alarma social creada por algunos crímenes violentos y (por qué no decirlo) para evitar que la derecha se apropie del tema de la seguridad ciudadana, ha aprobado con grandes dificultades (el ala más izquierdista de su coalición no estaba de acuerdo) una ley que permite expulsar a ciudadanos de la Unión Europea que la policía considere peligrosos. A lo que parece, es ésta una prerrogativa que ya estaba en la legislación de la propia UE (así lo afirmaba un ministro italiano en una reciente entrevista) y no han hecho sino desarrollarla. Los críticos, por su parte, afirman que está dirigida contra los "rom", los inmigrantes rumanos de etnia gitana que abundan en Italia y ya también en España.

Paralelamente, la UE está discutiendo la posibilidad de implantar una política migratoria selectiva por medio de la concesión de la "tarjeta azul", esto es, un permiso de entrada para aquellos que vendrían a ocupar puestos de trabajo cualificados. Algunos países ven esto como una ingerencia en su política migratoria y se oponen; pero Inglaterra está estudiando tal medida siguiendo para ello el ejemplo autraliano.

Como vemos, la solución al problema que se nos plantea no es nada fácil. La colonización que los europeos protagonizamos hace siglos vuelve su cara y ahora son "ellos" los que vienen. ¿Cómo recibirlos? Guilles Kepel, un sociólogo francés estudioso de estos temas, postulaba en una conferencia en Deusto la existencia de dos posibilidades: una, la integracionista, la francesa, que apuesta por hacer de los inmigrantes unos ciudadanos más, por la acomodación a la cultura del país de acogida; y la otra, la "multicultural", la de Inglaterra u Holanda, que respetaría más las nuevas culturas y apostaría por los grupúsculos culturales. En el momento en que dictaba estas palabras, se ufanó de la solución francesa dados los problemas que se habían declarado en Inglaterra y Holanda; pero los disturbios en París y otras ciudades francesas ponen en tela de juicio el triunfo francés.

Volviendo al caso español, la situación está empeorando a marchas forzadas. Estamos más o menos habituados a los vendedores ambulantes de raza negra y seguramente no tanto a la población del norte de África o a los latinoamericanos (no así en Madrid); pero nos ha sorprendido la súbita llegada de los "rom". La causa es clara: la entrada de Rumania en la UE. Guiados quizás por una buena intención (evitar una riada de trabajadores de aquel país que provocarían una gran caída en los salarios), se estableció una moratoria de dos años para que estos nuevos ciudadanos pudieran trabajar en nuestro país. Sin embargo, no contaban con los "rom", los cuales, como nuestros gitanos, llevan una vida nómada y bastante alejada de los cánones que tenemos por normales (no pensemos que esto viene de ahora; ya Cervantes, en "La guitanilla" nos hace un retrato muy familiar de sus costumbres). Basta con escuchar los comentarios en las panaderías o en los supermercados para darse cuenta del rechazo que están generando: rechazan trabajar, reciben cuantiosas ayudas públicas, tienen la sanidad gratis, no paran de tener hijos...

Me gustaría equivocarme, pero la situación es cada vez más peligrosa y tarde o temprano explotará. No creo que pase mucho tiempo sin que aparezca algún político al estilo Sarkozy que diga lo que muchas personas piensan aunque sea políticamente incorrecto (según el planteamiento de la siempre moralizante izquierda). Aquí no se trata de hacer una política de derechas o de izquierdas. Muy al contrario, hemos de ser conscientes de que el estado de bienestar tiene sus límites; de que nuestra sanidad está saturada y cuesta muchísimo dinero, y de que debemos controlar las ayudas que se otorgan (a este respecto, este enlace que ofrezco es muy interesante http: //www.elcorreodigital.com/vizcaya/20071216/vizcaya/ayuntamiento-bilbao-inspeccionara-casas-20071216.html).
¿Qué hacer? Indudablemente, a todos nos parecerá que el mejor inmigrante es el que más se parece a nosotros. Si éste viene con traje y corbata y habla nuestro idioma, la bienvenida es automática (tarjeta azul). Pero esta inmigración “a la tarjeta” no es la mayoritaria y tendremos que trabajar en los modelos de adopción posibles. Nuestro muy querido estado de bienestar está a pique de llegar a su límite y deberíamos ser conscientes de ello. No nos aprovechemos, ni unos ni otros.

Aletheia

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