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15 Sep 2009

Uno de los temas tabú en política es el de los impuestos, en concreto, el de la subida de los mismos. El ciudadano medio tiene bien asumido que su bolsillo, al menos de forma directa, no se toca. Contemplar en la nómina las retenciones con que nos obsequia Hacienda y la terrible posibilidad de que la declaración de la renta salga positiva ("a pagar") son dos de esas emociones líricas que menos enaltecen el alma.

Sólo hay una situación en la que la subida de impuestos es generalmente aceptada: que los afectados sean los ricos. Se suele argumentar que es una cuestión de solidaridad basada en el principio de que los que tienen más deben ayudar a los que tienen menos. Dejando a un lado la vertiente económica (no se puede olvidar que si se les presiona demasiado, la respuesta será llevar su dinero a otros países, con la consiguiente descapitalización) y entrando en la sociológica, detrás de este discurso parece deslizarse -postulo- un cierto rencor hacia los mejores muy arraigado entre la masa democrático-liberal. Ferviente defensora de que todos los individuos son iguales y de que el voto tiene el mismo valor sea de quien sea y haga lo que haga, todo lo que sobresalga es envidiado a la vez que rechazado. Casi todos aspiran a ser ricos, pero a nadie le gusta que lo sea el vecino.

Lo interesante aquí no es centrarse sólo en el dinero (la más evidente señal del triunfo social, pero no necesariamente la única), sino en la relación que tiene la masa hacia los 'aristoi', hacia los mejores. En un post anterior traté este tema centrándome en la figura de Rafa Nadal. De el hasta hace poco número uno de la ATP se destaca su capacidad de lucha, fortaleza mental e, inevitablemente, su humildad. Es, sin duda, uno de los mejores jugadores de tenis del mundo, pero no está bien visto que lo diga. Se puede ser el mejor, pero nunca decirlo. En el mundo del deporte -la intelectualidad suele despreciar este ámbito, pero es un campo ideal para observar los comportamientos sociales dados los millones de personas que se interesan por él-, se encuentran otros ejemplos. De Iniesta se dice que es un genio disfrazado de persona "normal" y se repite una y otra vez que nació en la humilde localidad de Fuentealbilla, y de la selección española de baloncesto, que son sólo unos chicos "normales" que se reúnen los veranos para divertirse.
La realidad, pese a quien pese, es que no son normales. Cuando uno hace lo que prácticamente nadie más puede hacer, tiene todo el derecho a sentirse especial, a sentirse un 'aristoi'. La masa, para contrarrestar esta excepcionalidad, exige a estos individuos un comportamiento ortodoxo, mostrarse como uno más. Si se salen de la norma, son engreídos, chulos y calificados de insoportables. Quizás sea por eso por lo que son aceptables los impuestos para los ricos: sí, tienen más, algunos hacen ostentación de ello y pueden repartirlo, pero ¿no anida un cierto rencor porque ellos triunfan y nosotros no? ¿No es una forma de "compensar" nuestra impotencia y envidia?

Particularmente creo que a los 'aristoi' hay que admirarlos e intentar seguir su ejemplo. Y un "simple" rico no es un 'aristoi'. No es lo mismo, de acuerdo a la meritocracia que teóricamente sustituyó a la sociedad estamental, tener una fortuna heredada que una creada a partir del esfuerzo de uno mismo. ¿Es justo que por ser mejor se deba pagar más? Si lo hacen, debería ser por un principio real de solidaridad, no por una tasa impuesta con el acuerdo de la masa hacia aquellos que superan sus estándares.

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03 Jun 2009

Existe una estirpe de deportistas diferente a los demás. Son geniales por sus triunfos, sí, pero sobre todo, por cómo hacen lo que hacen. Su genialidad, la razón de la fascinación que despiertan, consiste en hacer fácil lo que es extremadamente difícil. Federer, Iniesta y Popov son tres ejemplos de ello.

Se discute si Federer es el mejor tenista de la historia, más ahora que Nadal se ha interpuesto en una carrera que parecía imparable. Para muchos, sólo le faltaría un triunfo un Roland Garros para su coronación, que de paso le serviría para igualar a Pete Sampras en triunfos en Grand Slams. Al margen de estas discusiones, sí es universal la fascinación que despierta que el suizo. Nadal es un jugador ruidoso, estentóreo; lo que hace –levantar bolas imposibles, correr sin descanso…- parece difícil porque lo es. Lo de Federer es diferente: lo que hace es igualmente difícil (es cierta su irregularidad con el revés; sin embargo, cada vez que le entra es algo asombroso), pero lo hace parecer fácil. Aquí reside su genialidad.

El caso de Iniesta es similar. No es el más rápido, no es el más alto, no es el más fuerte, pero causa asombro allí donde juega. Jamás pierde el balón, regatea rivales sin aspavientos, juega en cualquier posición y siempre lo hace bien… ¡Y qué fácil parece cuando lo hace él! Al contrario, por ejemplo, que Cristiano Ronaldo, que hace un tirabuzón y medio para dar un pase de dos metros, Iniesta prescinde del adorno y va al meollo del asunto. Rápido y a la primera. Sin despeinarse. Espectacular.

Alexander Popov es probablemente el mejor nadador de velocidad de la historia. Irrumpió en los Juegos Olímpicos de Barcelona para destronar a Matt Biondi y a los sprinters norteamericanos. Cuatro años después, en Atlanta, reeditó sus victorias en 50 y 100 metros libres frente al grandilocuente Gary Hall junior, el ídolo local, que se presentó en las finales con un pantalón de boxeador y haciendo los gestos propios de un púgil. A su lado, tranquilo, permanecía Popov. La victoria, muy apretada, fue para el ruso. Y su estilo elegante, perfecto y hermoso no se descompuso en ningún momento. Asombroso.

Alguien dijo que la sencillez es el resultado de haber resuelto la dificultad. Estos tres ejemplos son una muestra de ello. Su estilo, su forma de hacer fácil lo extraordinariamente difícil es lo que les hace diferentes. Otros, como Nadal, causan admiración; ellos consiguen algo más: asombrar y fascinar.

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