23 Sep 2009
Parece ser que la guerra contra el tabaco se recrudece. Trinidad Jiménez apuntó ya en agosto que "la sociedad española está madura para prohibir el tabaco en lugares públicos" y este pasado lunes, en su reunión con Patxi López, aseguró que "no se podrá fumar en lugares públicos". En Euskadi, como sale hoy publicado, esta medida se aplicará antes del próximo verano. Parece evidente que mirado desde el punto de la salud, no cabe duda de la bondad de la medida. El cáncer de pulmón es mal enemigo y si los impuestos no pueden con él, tendrá que ser la ley quien lo haga.
Ahora bien, llama poderosamente la atención la agresividad de las políticas contra el tabaco y la nula atención que se ha prestado al alcohol. Elena Salgado, cuando vio rechazado su proyecto de ley contra el consumo de alcohol entre los menores en 2007, aseguró que no había "la misma sensibilidad social que en el tema del tabaco". En el caso de los menores no es así y los sucesos de Pozuelo de Alarcón lo han dejado bien claro; pero sí lo es en el caso de los adultos. ¿Por qué tanta preocupación por el tabaco -incluidos los adultos, claro está- y no con el alcohol, que sólo "parece" perjudicial para los menores?
Los perjuicios para la salud del alcoholismo y el tabaquismo se antojan similares, pero no cabe comparación en cuanto a las consecuencias sociales. El humo, sí, es molesto, pero difícilmente convierte la vida de una familia en un infierno o es un acicate para la violencia de género. En otras palabras, el tabaco básicamente perjudica a uno mismo mientras que el alcohol se extiende a quienes nos rodean.
El argumento más utilizado para defender la autonomía de los adultos es la libertad. El estado, dicen, no debe entrometerse en nuestra libertad. Buen argumento, sin duda, pero ¿acaso no nos obliga ese mismo Leviatán a educarnos como buenamente le parece o ponernos el cinturón de seguridad en el coche? Pocos ven en ambos casos una intromisión en la libertad individual y sí consideran un abuso las prohibiciones sobre el tabaco y el alcohol. Basta probar con no llevar a sus hijos al colegio y verán si el Estado coarta su libertad o no.
De vez en cuando, cuando algún menor agrede a un profesor, salta la alarma sobre la educación que los padres dan a sus hijos. Aunque no se establezca directamente la relación, esos son los mismos adultos que tienen todo el derecho, como adultos que son, a que nadie les diga lo que tienen que beber o si pueden fumar. Si se pone en duda su capacidad para amansar a las fieras que tienen por vástagos, ¿por qué considerarles responsables para beber y fumar a discreción? Hay imposiciones e imposiciones.
17 Ene 2009
Israel sigue sin dar en la tecla para solucionar la encrucijada en la que se encuentra y la política de línea dura, del ojo por ojo, no parece que vaya a dar los resultados que esperan. Benny Morris, catedrático de Historia de Oriente Medio de la Universidad Ben-Gurión, afirma en un artículo publicado por El País que son cuatro los grandes problemas que azoran al estado hebreo: la presión guerrillero-terrorista de Hamas por el sur y de Hezbolá en el norte; la presenciad de Irán en el este, y el espectacular crecimiento demográfico de la población árabe-israelí, que temen se convierta en una especie de quinta columna. Me quedaré con los tres primeros, porque el último responde a una naturaleza muy diferente y merecería un comentario aparte.
El más convencional de estos problemas quizás sea el iraní. Al fin y al cabo, se trata de un enfrentamiento convencional: sabes quién es el enemigo, sabes dónde está y que puede ser derrotado. Sin embargo, ¿cómo hacer frente a la volatilidad de los guerrilleros-terroristas? El 11-S supuso un cambio estratégico de cuyas consecuencias sólo ahora -gracias a las guerras de Irak y Afganistán- comenzamos a percatarnos: el combate tradicional, en el que dos contendientes (o dos bandos) perfectamente identificables y en equilibrio de fuerzas se enfrentaban y la victoria quedaba clara para uno de los dos; ha dado paso a una estrategia de guerrilla a nivel mundial. Al Qaeda es el mejor ejemplo. En este nueva era, el enemigo ya no es sólido, no es ningún ejército identificable al que pueda derrotarse en el campo de batalla; golpea en cualquier parte y huye; puedes acabar con uno, dos o mil, pero no lo has derrotado.
Hamás, desde el sur, y Hezbolá desde el norte son la gran pesadilla de los políticos-militares hebreos (curiosa convergencia esta en la que gran parte de los políticos en Israel han pasado por el ejército, un hecho similar a lo que sucedía en la antigua Roma), que con su respuesta no hacen sino ganarse enemigos entre la opinión pública internacional. Si esto es tan claro, ¿por qué insisten en una táctica tan poco productiva? En mi opinión, esta contradicción podría explicarse por una cuestión de legitimidad del estado. Acechado como se siente desde todos los puntos cardinales y desde el interior (no me resisto a hacer un pequeño comentario al respecto: ¿cómo resolver el problema de una población árabe que crece mucho más rápido que la hebrea y negarles el consiguiente reconocimiento en las estructuras de gobierno? ¿Acaso un nuevo apartheid al estilo sudafricano? Si con las estrategia del ojo por ojo ya han perdido la batalla de la solidaridad internacional, no me imagino lo que resultaría de esta segunda medida), lo único que no pueden hacer los políticos israelíes es nada. Detenciones, leyes e incluso asesinatos sólo tratan de hacer ver que el estado no está de manos cruzadas ante tantos y tan graves frentes.
¿Se imagina alguien que Estados Unidos no hubiera hecho nada tras el 11-S? Creo
que la política de Israel responde a esa misma necesidad acuciante de autolegitimarse, de hacer ver a sus ciudadanos que vela por su seguridad. La contradicción reside en que para lograr esta autolegitimación, pierde el apoyo de la comunidad internacional. Cierto que cuenta con el actor más importante, Estados Unidos, pero llegará un momento en que no podrán seguir mirando hacia otra parte. La pregunta entonces es: ¿permanecer de "brazos cruzados" y ganar puntos ante la opinión pública mundial o "actuar" y autolegitimarse? Hete aquí la encrucijada.
02 Dic 2008
"Dulce bellum inexpertis" ("Dulce es la guerra para los que no la conocen"), escribió Erasmo de Rotterdam recogiendo un viejo adagio latino. Razón tenía el sabio holandés del siglo XVI, una centuria preñada de conflictos bélicos. Pocos pondrían en duda esta afirmación, pero sí que es cierto que del esfuerzo que los seres humanos hacemos para aniquilarnos pueden surgir grandes creaciones.
Un primer ejemplo podría ser el propio Estado. Algunos historiadores como Charles Tilly han defendido que fue el creciente esfuerzo que requirió la guerra en los siglos XVII y XVIII (más hombres, más medios económicos...) el que alimentó un crecimiento espectacular de la burocracia que daría lugar a la increíble estructura alcanzada ya en el siglo XX, especialmente tras la II Guerra Mundial.
Más sorprendente aún es el caso de Internet. En 1969 el ejérci
to estadounidense decidió desarrollar un sistema de almacenamiento de información que no dependiera de un solo ordenador. De esta forma, en caso de que esa máquina en concreto sufriera algún problema, la información contenida no se perdería. Es el germen de esa asombrosa red que hoy en día es Internet. También la guerra está detrás de los ordenadores. Sus primeros balbuceos surgieron de la mente del matemático inglés Alan Turing, el hombre que logró descifrar el código 'Enigma' de los alemanes. Gracias a sus esfuerzos contra los nazis (y a sus teorías para hallar un método que confirmara los teoremas de Kurt Gödel) y a la nueva orientación que le dio John von Neumann nacieron las primeras computadoras.
La II Guerra Mundial también fue fecunda para la carrera espacial, al menos en lo que a los norteamericanos se refiere. Sabedores de los grandes progresos que el nazi Werner von Braun había hecho con las V-2 que caían sobre Londres, reclutaron a este científico para que desarrollara un programa capaz de rivalizar con los avances que los soviéticos estaban realizando en este campo.
Y, cómo no, la medicina también debe importantes avances al esfuerzo bélico. La quimioterapia es un ejemplo de ello. La idea de que los fármacos podían curar el cáncer surgió de observar los efectos del gas mostaza sobre los soldados en la I Guerra Mundial. Los combatientes afectados por esta sustancia presentaban niveles muy bajos de glóbulos blancos, cuya descontrolada acción es responsable, verbi gratia, de la leucemia. Curiosa forma de dar con una solución (por poco refinada que resulte) para el cáncer.
El caso de la penicilina es hasta cierto punto parecido. Surgió, sí, de la casualidad, que hizo darse cuenta a Alexander Fleming de las capacidades de un hongo (Penecillium notatum) con el que estaba trabajando. Pero el científico británico albergaba muchas dudas de que pudiera producir esta sustancia de forma masiva. Sería el esfuerzo británico en la II Guerra Mundial la que posibilitaría su uso en los soldados y ya en 1946 salió a la venta.
Estos son sólo algunos ejemplos de que cómo la peor de las manifestaciones del espíritu humano -la guerra- puede dar lugar a creaciones trascendentes. Dostoievki, gran conocedor de los entresijos de la mente humana, dejó escrito en los 'Hermanos Karamazov' una cita memorable: "el corazón del hombre es el campo de batalla entre dios y el demonio". Dicho queda.
21 Dic 2007
Hoy toca un tema verdaderamente polémico, de esos que tachan al que los toca de poco menos que reaccionario: la inmigración. No hace falta más que observar que de unos años a esta parte, la variedad racial inunda nuestras calles, lo cual, por principio, no es bueno ni malo; simplemente "es".
Hace unos años tuve la oportunidad de viajar a París, Londres y Amsterdam, y me llamó poderosamente la atención la gran diversidad de gentes que se encuentra en estas grandes ciudades. “¿Cuándo llegará esto a nuestro país?”, me preguntaba, “¿cuándo será común encontrar a un turco, un senegalés o un marroquí paseando por nuestras calles?” Pues bien, tal momento ha llegado y constituye, a mi juicio, el gran reto al que nos tenemos que enfrentar.
Por supuesto, no somos los únicos. De hecho, son las noticias que llegan de Italia las que me impulsan a tocar ahora este tema. El gobierno Prodi, empujado por la alarma social creada por algunos crímenes violentos y (por qué no decirlo) para evitar que la derecha se apropie del tema de la seguridad ciudadana, ha aprobado con grandes dificultades (el ala más izquierdista de su coalición no estaba de acuerdo) una ley que permite expulsar a ciudadanos de la Unión Europea que la policía considere peligrosos. A lo que parece, es ésta una prerrogativa que ya estaba en la legislación de la propia UE (así lo afirmaba un ministro italiano en una reciente entrevista) y no han hecho sino desarrollarla. Los críticos, por su parte, afirman que está dirigida contra los "rom", los inmigrantes rumanos de etnia gitana que abundan en Italia y ya también en España.
Paralelamente, la UE está discutiendo la posibilidad de implantar una política migratoria selectiva por medio de la concesión de la "tarjeta azul", esto es, un permiso de entrada para aquellos que vendrían a ocupar puestos de trabajo cualificados. Algunos países ven esto como una ingerencia en su política migratoria y se oponen; pero Inglaterra está estudiando tal medida siguiendo para ello el ejemplo autraliano.
Como vemos, la solución al problema que se nos plantea no es nada fácil. La colonización que los europeos protagonizamos hace siglos vuelve su cara y ahora son "ellos" los que vienen. ¿Cómo recibirlos? Guilles Kepel, un sociólogo francés estudioso de estos temas, postulaba en una conferencia en Deusto la existencia de dos posibilidades: una, la integracionista, la francesa, que apuesta por hacer de los inmigrantes unos ciudadanos más, por la acomodación a la cultura del país de acogida; y la otra, la "multicultural", la de Inglaterra u Holanda, que respetaría más las nuevas culturas y apostaría por los grupúsculos culturales. En el momento en que dictaba estas palabras, se ufanó de la solución francesa dados los problemas que se habían declarado en Inglaterra y Holanda; pero los disturbios en París y otras ciudades francesas ponen en tela de juicio el triunfo francés.
Volviendo al caso español, la situación está empeorando a marchas forzadas. Estamos más o menos habituados a los vendedores ambulantes de raza negra y seguramente no tanto a la población del norte de África o a los latinoamericanos (no así en Madrid); pero nos ha sorprendido la súbita llegada de los "rom". La causa es clara: la entrada de Rumania en la UE. Guiados quizás por una buena intención (evitar una riada de trabajadores de aquel país que provocarían una gran caída en los salarios), se estableció una moratoria de dos años para que estos nuevos ciudadanos pudieran trabajar en nuestro país. Sin embargo, no contaban con los "rom", los cuales, como nuestros gitanos, llevan una vida nómada y bastante alejada de los cánones que tenemos por normales (no pensemos que esto viene de ahora; ya Cervantes, en "La guitanilla" nos hace un retrato muy familiar de sus costumbres). Basta con escuchar los comentarios en las panaderías o en los supermercados para darse cuenta del rechazo que están generando: rechazan trabajar, reciben cuantiosas ayudas públicas, tienen la sanidad gratis, no paran de tener hijos...
Me gustaría equivocarme, pero la situación es cada vez más peligrosa y tarde o temprano explotará. No creo que pase mucho tiempo sin que aparezca algún político al estilo Sarkozy que diga lo que muchas personas piensan aunque sea políticamente incorrecto (según el planteamiento de la siempre moralizante izquierda). Aquí no se trata de hacer una política de derechas o de izquierdas. Muy al contrario, hemos de ser conscientes de que el estado de bienestar tiene sus límites; de que nuestra sanidad está saturada y cuesta muchísimo dinero, y de que debemos controlar las ayudas que se otorgan (a este respecto, este enlace que ofrezco es muy interesante http: //www.elcorreodigital.com/vizcaya/20071216/vizcaya/ayuntamiento-bilbao-inspeccionara-casas-20071216.html).
¿Qué hacer? Indudablemente, a todos nos parecerá que el mejor inmigrante es el que más se parece a nosotros. Si éste viene con traje y corbata y habla nuestro idioma, la bienvenida es automática (tarjeta azul). Pero esta inmigración “a la tarjeta” no es la mayoritaria y tendremos que trabajar en los modelos de adopción posibles. Nuestro muy querido estado de bienestar está a pique de llegar a su límite y deberíamos ser conscientes de ello. No nos aprovechemos, ni unos ni otros.
Aletheia
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