04 Ago 2009
Salta a la vista que el Gobierno está luchando por salir de la crisis. Tan es así, que no hay ciudad que no esté en obras debido al celebrado Plan de Inversión Local. Incluido dentro del Plan E, supone una inversión de 8.000 millones de euros en obras de aplicación "inmediata" como el reasfaltado de calles, el reacondicionamiento de parques y aceras... La idea que subyace a esta lluvia de dinero es que el Estado asuma las veces del dios de Descartes, ése que únicamente servía para dar el primer impulso a la maquinaria del mundo y se retiraba para dejar obrar a las leyes de la física. En este caso, estas leyes serían las del libre mercado. Una vez puesto en marcha el engranaje, a Descartes, como a la mayoría de los economistas, no les hacía faltar echar mano ni de Dios ni del Estado para explicar el funcionamiento del mundo.
Algunos han acusado al filósofo francés de ser el precursor del ateísmo moderno. Al fin y al cabo -dicen- él fue quien explicó el mundo sin la necesidad de la deidad; su reducido papel de relojero no tardaría en ser descartado. De la misma forma, la solución que se da a las crisis económicas actuales cada vez que me convence menos, sobre todo de la forma en que se está aplicando en España. La teoría keynesiana apuesta por la inversión pública para restablecer la buena salud del sistema. Otros causan el temblor económico (especuladores inmobiliarios en 1929, la banca en la actualidad y, siempre, los avariciosos ciudadanos), pero es papá-Estado quien debe volver a dar un impulso al sistema.
La aplicación de este remedio como se está haciendo en España, como digo, no me convence, La "inversión" se está convirtiendo descaradamente en un derroche. Generalizando lo que veo a mi alrededor, una cantidad más que respetable de esos 8.000 millones se dedica a reacondicionamientos innecesarios. Muchas de las carreteras reasfaltadas no lo necesitan en absoluto, como tampoco necesitan retoque alguno muchos de los parques rehabilitados. Cierto que generan empleo, pero hay mucho de contradictorio en esta estrategia de derrochar cuando no se tiene dinero. ¿Está Dios para esto? ¿Leen los economistas a Descartes?
31 Jul 2009
Lo que hoy es noticia mañana ya no lo es. Ésta es una de las máximas que los medios tienen grabada a fuego en su forma de actuar y que nadie parece poner en tela de juicio. Sin embargo, creo que hacer un seguimiento de los que un día fue noticia podría ser igualmente interesante y serviría además para subrayar su condición de noticiable. Los dos ejemplos que voy a poner no tienen relación alguna pero ilustran bien la facilidad de los medios para olvidar lo que un día fue noticia.
El año pasado, sí, en 2008, los medios alertaron de las terribles consecuencias que podía tener la crisis alimentaria que se extendía por el mundo. 37 países y 100 millones de personas corrían serio peligro según la FAO y Ban Ki Moon. La subida del precio de los cereales, debida según muchos a los biocombustibles (ésta es otra de esas explicaciones que se dan por válidas pero raramente se estudia si verdaderamente tienen sentido. Sólo un dato, extraído de un gran artículo de Josep Borrell , refuta su solidez: el arroz, que no se usa para combustible, subió en la misma medida que otros cereales que sí se emplean para estos menesteres, luego habrá que buscar otra hipótesis más verosímil), era la gran responsable de este desastre. Un año después, insisto, sólo un año después, nadie habla de un hecho tan grave. ¿Qué ha sucedido? ¿Ha mejorado la situación o, por el contrario, ha empeorado.¿Por qué no se hace un seguimiento de un hecho tan fundamental?
El otro ejemplo es de una trascendencia infinitamente menor pero revela esta irreversible tendencia al olvido. La temporada 2006-2007 la liga de fútbol se vio lastrada por un sinfín de graves lesiones de rodilla . Eto´o, Maxi Rodríguez, Petrov, Pires, Regueiro, Gonzalo Rodríguez, Valerón y otros muchos fueron los damnificados. Noticia, olieron los medios, que en seguida comenzaron a especular sobre las causas: que si el césped, que si las botas, que si las exigencias del deporte de alta competición... Se anunció incluso una reunión de los médicos de los equipos de Primera división para analizar este fenómeno. ¿A qué conclusiones llegaron? ¿Qué se ha hecho desde entonces? ¿Alguien sabe algo?
¿Alguien sabe algo? ¿Es esto noticia o no lo es? Olvidémoslo.
01 Jul 2009
Ya está. Bernard Madoff, el autor de la mayor estafa de la historia, ha caído. El gran símbolo de los abusos del sector financiero pasará, a lo que parece, el resto de su vida entre rejas. Los medios y el gran público están satisfechos. ¿Qué pasará ahora? Lo que ha pasado desde que existen las burbujas financieras: que se publicitarán una serie de medidas para evitar que se repita la situación (llevamos meses hablando de ellas), que se cargarán las tintas contra algún chivo expiatorio (lo dicho, el propio Madoff) y, lo más importante, se procederá a olvidar lo sucedido.
John Kenneth Galbraith escribió su “Breve historia de la euforia financiera” en 1990, un librito muy esclarecedor sobre la invariable estructura que tienen las burbujas en economía. Un individuo X “descubre” un valor financiero que considera atractivo (generalmente ligados a la construcción, pero pueden ser incluso tulipanes, como ocurrió en Holanda en el siglo XVII); compra activos de forma que otros se sientan atraídos por ellos; los precios suben por la demanda; el valor se dispara hasta que llegado un momento, por la razón que sea, alguien decide vender; la espiral vendedora se extiende; los precios caen, y la burbuja pincha. ¿Resultado? Que muchos inversores, llevados por la euforia (bonito eufemismo éste cuando en realidad se quiere decir avaricia), se arruinan y el Gobierno tiene que intervenir. Como ya se ha dicho en el primer párrafo, comienzan a publicitarse la medidas para evitar nuevos capítulos especulativos y se buscan chivos expiatorios.
Esto ha ocurrido desde el siglo XVII. ¿Por qué sigue sucediendo? Porque la memoria financiera -dice Galbraith- es corta, no va más allá de los veinte años, el tiempo en que una nueva generación de gestores (nuevos Maidoff) irrumpe en el mundo económico y, creyendo en su genialidad, vuelven a arriesgar en sus actividades. El círculo comienza de nuevo.
Lo importante de todo esto es ir más allá de desahogarse con el Maidoff de turno o con cargar contra el sistema capitalista. Señores, no hay sistema sin personas; no hay capitalismo sin capitalistas; los especuladores son iguales que el resto del mundo. En el fondo, la culpa la tiene el afán de beneficio que anida en cada uno de nosotros. El capitalismo (un sistema fabuloso al menos para el que se beneficia de él, que es de lo que se trata) no es más que la encarnación de este deseo de lucro. Y esto no hay Maidoff que lo esconda.
01 Jun 2009
En el anterior post aposté por una "reconversión industrial" en el sector del automóvil. El argumento básico es que se trata de un sector que "está muerto": difícilmente podrá aumentar su mercado tras la incorporación de la mujer al trabajo; la variedad de modelos a la venta es ilógica (los SUV son el mejor ejemplo, pero también hay otros casos como los coches familiares con prestaciones de deportivo -"por si a papá le apetece correr", como leí en una revista especializada) e insostenible; el espacio es un bien escaso en las ciudades, y su dependencia del petróleo los convierte en una inversión arriesgada. El sector está intentado reorientarse con los motores híbridos y eléctricos, pero no creo que sea ésta la solución; más bien me parece una huida hacia adelante. El problema de la dependencia energética (en el caso de España, no tenemos petróleo y sufrimos un déficit energético que nos hace comprar electricidad, por ejemplo, a Francia) seguiría ahí, amén de la cuestión medioambiental.
Un cálculo aproximado
Un seguro a terceros supone alrededor de 300 euros anuales. No tendré en cuenta las posibles averías o los necesarios cambios de aceite o neumáticos; tampoco la parcela de garaje. Como "compensación", supondré que toca pasar la ITV, unos 60 euros, y que el impuesto de circulación ronda los 100 euros anuales. En definitiva, al año saldrían 2.980 euros, es decir, 8,1 euros al día.
Comparémoslo con el uso del transporte público. Supongamos que utilizamos el metro diariamente. Un billete mensual para dos zonas cuesta 35 euros. Por añadidura y dado que hablamos de transporte público, supongamos que gastamos veinte euros al mes en autobuses y tren. Puesto que no es fácil saber qué parte de los impuestos se dedican a este menester y que no puede ser muy elevado por persona, prescindiré de su coste. Con todo, salen 660 euros, es decir, 1,8 euros diarios.
Así las cosas, resulta que la idea de libertad y autonomía que aporta el automóvil cuesta 4,5 veces más que el uso del transporte público. Aun tratándose de una estimación muy aproximada y que deja muchos aspectos fuera (no tiene en cuenta el tiempo perdido en los atascos o buscando aparcamiento ni las molestias de viajar con una multitud alrededor o las inevitables averías), supone un argumento más en esta apuesta por la reconversión industrial del sector automovilístico.
29 May 2009
El mercado del automóvil, especialmente el estadounidense, se tambalea y sus rectores tratan por todos los medios de que los gobiernos eviten su caída. Sus argumentos, sin duda, son de peso: miles de trabajos, por vía directa e indirecta, están en juego, y en un momento de recesión, el hundimiento de este sector no haría sino ahondar este círculo vicioso de la crisis: bajada del consumo-desempleo-mayor bajada del consumo-más desempleo…
07 Abr 2009
Un billón de dólares o 700.000 millones de euros; ayudas públicas de dimensiones colosales a los bancos en dificultades; intervenciones estatales, y una mayor supervisión de los mercados. Ésta es, en resumidas cuentas, la receta que los políticos han ideado para salir de la que dicen es la peor crisis desde la II Guerra Mundial. Que ya es decir. El mundo trabaja para salvar la economía, pero ¿puede ésta hacer algo más que dar créditos, engrasar los mercados y estimular el consumo? En otras palabras, ¿puede la economía contribuir a hacer un mundo mejor?
La economía es una disciplina que trata de la administración más eficaz de unos recursos que de por sí son escasos (obviamente, si sobrara de todo, no haría falta administrar nada). Etimológicamente, la palabra hace referencia a la gestión del hogar ('oikos', en griego, quiere decir casa), pero por extensión, se puede hablar de la administración de los recursos a cualquier nivel, desde el propio individuo hasta el estado. Para simplificar las cosas, centrémonos en el individuo, en cada uno de nosotros.
Supongamos que existe una forma de predecir el comportamiento del ser humano, una teoría que explique por qué las personas hacemos unas cosas y no otras. Hay algunos economistas que así lo creen: es la teoría del comportamiento racional. Para entenderlo, basta con pensar en las compras. Todos efectuamos un cálculo de lo que nos cuesta y de lo que nos ofrece un producto para tomar una decisión. Si los pros superan a los contras, lo adquirimos; si no, optamos por otro.
Más allá del dinero
Esta teoría, sin embargo, va más allá del dinero y asegura que también puede explicar el comportamiento humano. Dicho de otra forma: todo lo que hacemos lo hacemos de acuerdo a incentivos. Steven D. Levitt y Tim Harford son dos economistas que han hecho fortuna en su campo. Los últimos libros publicados por ambos –‘Freakonomics’ en el caso del primero, y ‘El economista camuflado’ y ‘La lógica oculta de la vida’, en el del segundo- han sido todo un éxito explicando precisamente la teoría de los incentivos y del comportamiento racional. Preguntas como ¿por qué se han incrementado las prácticas de sexo oral en Estados Unidos en los últimos años? o ¿por qué delinquen los criminales? menudean en sus páginas para explicar que los incentivos no sólo funcionan con el dinero.
De acuerdo a esta teoría, la práctica del sexo oral se ha incrementado porque las jóvenes son más conscientes del peligro del SIDA y porque en el caso de abortar, algunos estados obligan a informar a los padres de ello. Se trata, por lo tanto, de un cálculo: ¿merece la pena el sexo ‘convencional’ si puede suponer el contagio del SIDA o que se enteren tus padres de lo que hacen con sus novios? En cuanto a la delincuencia, esta teoría explica el crimen por un cálculo entre lo que –pongamos por caso- un ladrón puede ganar en sus robos y la dureza del código penal. A lo que parece, cuando la ley es dura, la tasa de criminalidad baja. O al menos hace pensar a los cacos que quizás no merezca del todo la pena robar si les espera una buena temporada entre rejas.
Estos son sólo algunos de los muchos ejemplos que se podrían poner de la explicación racional utilizada por los economistas. No quiere esto decir que sea la explicación correcta o la única posible; racional tampoco significa la mejor de las elecciones posibles. Las adicciones son un ejemplo de esto último. Bajo (casi) ninguna perspectiva es bueno fumar o beber alcohol, pero los que lo hacen siguen la teoría de la elección racional, porque valoran más el placer que les proporciona que los beneficios que obtendrían de dejarlo.
Conclusión
Así las cosas, esta teoría busca explicar la conducta humana para poder preverla. Sabiendo por qué hacen las personas lo que hacen, los economistas pueden incentivar aquellas actividades que sean más beneficiosas. Los dos ejemplos señalados –el del sexo oral y el de los ladrones- pueden parecer cómicos, pero no lo son en absoluto: el primero aborda el espinoso tema de la educación sexual y el aborto; el segundo, puede ofrecer pistas sobre el camino a seguir respecto a la delincuencia.
17 Dic 2008
A lo largo de los últimos años hemos asistido a un verdadero milagro: la industria del automóvil ha tenido unos niveles de ventas absolutamente irreales. Ayudada por los generosos planes gubernamentales y por la bonanza económica, los coches han pasado de ser casi una inversión (quizás sea mejor decir un objeto de consumo a largo plazo -aunque este concepto parezca contradictorio-, porque raro era cambiar de coche antes de diez años) a un objeto de consumo más. Para hacernos una idea, creo que podría afirmarse que se ha estado cambiando antes de coche que de televisión. ¡De locos!
Pero a este ritmo no se podía continuar. Las crisis económicas del pasado se debían a la escasez. Con la Revolución Industrial la situación cambió y el exceso de producción era la explicación de los derrumbes cíclicos del capitalismo. La actual se debe al exceso de crédito, es decir, a que hemos consumido demasiado (sin tener realmente el dinero; esto es el crédito al fin y al cabo), a que hemos pecado de manirrotos. En definitiva, las crisis del capitalismo ya no se deben a la escasez, sino a la superabundancia que nos lleva a gastar más de lo que tenemos.
Los coches, por su elevado coste, no son objetos de consumo "normales"; no pueden ser cambiados al poco tiempo como puede hacerse con el ordenador. Por eso era imposible mantener el nivel de ventas de años pasados; en algún momento el mercado tenía que decir basta. Y vaya si lo ha dicho. El futuro de esta industria parece complicado: en su momento se vio beneficiado por la incorporación de la mujer al mundo del trabajo, por lo que se pudo introducir un segundo automóvil en las familias; pero ¿hacia dónde podría expanderse ahora?¿Qué nuevos clientes pueden surgir?
El tiempo de los SUV -esos gigantes tan espectaculares como inútiles- ha pasado. Los coches pequeños, baratos y de bajo consumo piden paso. ¿Será suficiente? Desde mi punto de vista, esta industria no puede pretender mantener los niveles de años pasados. El milagro de los peces y los panes sólo fue posible una vez. Y no fue obra de los gobiernos.
07 Abr 2008
A pesar de las palabras de Solbes durante la campaña, a pesar de las declaraciones de los banqueros españoles que decían que sus entidades no habían caído en el error de las hipotecas basura, a pesar de la "fortaleza" de la economía en la zona euro, a pesar de los pesares, parece que los gerifaltes de la economía comienzan a reconocer que la crisis está aquí. Crisis, no desaceleración: Estados Unidos al borde de la recesión, Islandia ha tenido que tocar brutalmente su tipo de interés para proteger su moneda, Trichet avisa de que lo peor está por llegar, Caja Madrid advierte de que las cuentas de algunas entidades van a mostrar unos agujeros notables... Y añaden -los gerifaltes- que ya se está empezando a notar en la economía real. ¿No me digas?
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Carlos Torres Blánquez, economista e inversor en Bolsa, advierte en su libro "Un náufrago en la Bolsa" que existen varias sirenas que engañan a los Ulises de turno. Una de ellas pasa por ser las palabras tranquilizadoras de los mandamases del gobierno: "tranquilos, haremos lo necesario para que la situación no empeore"; "no hay que preocuparse, sólo es una desaceleración pasajera"... Cuando oigamos ese canto, mejor echarnos a temblar y exigir a nuestros compañeros de travesía que nos aten al mástil de la nave.
En este caso, parece que ni siquiera se puede culpar a los chinos, que últimamente están detrás de todos los problemas (ya sabéis, si les da por comer cereales, su precio se dispara; si les da por la leche, lo mismo...). En Estados Unidos están decididos a introducir reformas para poder regular mínimamente el mercado y el Banco Central Europeo sigue insistiendo en que es necesario no tocar los tipos para que la inflación no se dispare todavía más (en España vamos ya por el 4,6% si no me equivoco)... ¿Escucháis aún el canto de las sirenas o la astucia propia de Ulises ha resuelto el acertijo?
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