01 Jul 2009
Ya está. Bernard Madoff, el autor de la mayor estafa de la historia, ha caído. El gran símbolo de los abusos del sector financiero pasará, a lo que parece, el resto de su vida entre rejas. Los medios y el gran público están satisfechos. ¿Qué pasará ahora? Lo que ha pasado desde que existen las burbujas financieras: que se publicitarán una serie de medidas para evitar que se repita la situación (llevamos meses hablando de ellas), que se cargarán las tintas contra algún chivo expiatorio (lo dicho, el propio Madoff) y, lo más importante, se procederá a olvidar lo sucedido.
John Kenneth Galbraith escribió su “Breve historia de la euforia financiera” en 1990, un librito muy esclarecedor sobre la invariable estructura que tienen las burbujas en economía. Un individuo X “descubre” un valor financiero que considera atractivo (generalmente ligados a la construcción, pero pueden ser incluso tulipanes, como ocurrió en Holanda en el siglo XVII); compra activos de forma que otros se sientan atraídos por ellos; los precios suben por la demanda; el valor se dispara hasta que llegado un momento, por la razón que sea, alguien decide vender; la espiral vendedora se extiende; los precios caen, y la burbuja pincha. ¿Resultado? Que muchos inversores, llevados por la euforia (bonito eufemismo éste cuando en realidad se quiere decir avaricia), se arruinan y el Gobierno tiene que intervenir. Como ya se ha dicho en el primer párrafo, comienzan a publicitarse la medidas para evitar nuevos capítulos especulativos y se buscan chivos expiatorios.
Esto ha ocurrido desde el siglo XVII. ¿Por qué sigue sucediendo? Porque la memoria financiera -dice Galbraith- es corta, no va más allá de los veinte años, el tiempo en que una nueva generación de gestores (nuevos Maidoff) irrumpe en el mundo económico y, creyendo en su genialidad, vuelven a arriesgar en sus actividades. El círculo comienza de nuevo.
Lo importante de todo esto es ir más allá de desahogarse con el Maidoff de turno o con cargar contra el sistema capitalista. Señores, no hay sistema sin personas; no hay capitalismo sin capitalistas; los especuladores son iguales que el resto del mundo. En el fondo, la culpa la tiene el afán de beneficio que anida en cada uno de nosotros. El capitalismo (un sistema fabuloso al menos para el que se beneficia de él, que es de lo que se trata) no es más que la encarnación de este deseo de lucro. Y esto no hay Maidoff que lo esconda.
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